Elegía.

Elegía.

 

Supe que se había marchado incluso antes de abrir la puerta.

Flotaba en el ambiente su olor, ese olor tan peculiar que solo desprendía ella. La casa estaba en ruinas, el yeso se desprendía del techo y los rincones estaban quemados y mugrientos. La fuente de agua que habíamos restaurado estaba ahora quebrada, sus figuras descabezadas y los pilones cubiertos de herrumbe.

Su hechizo se había ido con ella. Ahora de nuestro palacio solo quedaban los restos y las arañas.

Paseé por los corredores con lentitud, observándolo todo como en un sueño, aun sin creer que aquel estercolero fuera el mismo lugar en el que ella y yo habíamos sido felices, administrando el fuego que iba creciendo lentamente en mi interior. La había visto pasearse con aquél poeta. Los había visto besándose y acariciándose. Sabía la verdad.

Ella también la vio en mis ojos en el pasado. Mis movimientos febriles frente a la máquina de escribir. Mi manera de ignorarla y de convertirla en una extraña para mí. Nuestras discusiones en frente de la chimenea, la crispación, sus celos, mi absentismo.

Nadie que nos hubiese visto hubiera imaginado otro resultado.

Su poeta era atractivo. O eso les parecía a todas las mujeres. Recitaba palabras bellas en verso libre, simplezas mundanas para mentes planas. Hijo de la gran puta. Un escritorzuelo del tres al cuarto que necesitaba plagiar el manido concepto del amor gongorino para sacar de su floja sesera una frase blandurria y falaz, tópica y repulsivamente melosa. Era un poeta de esos que te hablan de sentimientos metiéndose en el cuerpo popper y antidepresivos, de los que te follan mirando a la pared mientras lloran por el amor perdido. Un hipócrita de la palabra escrita, un fraude desorejado con ínfulas de puta de arrabal.

Un mierdas. Eso es lo que era.

Por su culpa tuve que exiliarme. Pero me adelantaría a los acontecimientos. Y huelga decir que su imagen jamás pesó en mis pesadillas.

Tomé de la repisa de nuestra preciada chimenea, ahora solo polvo y esquirlas de mármol, nuestra foto. Rasgada, claro. Mi imagen estaba borrosa y arañada y la suya había desaparecido por completo. El fuego no dejó de crecer en mi interior.

Me tumbé en nuestra cama, donde tantas veces habíamos hecho el amor. Una carta de despedida me esperaba bajo el esqueleto de mi almohada. Tan solo decía mi nombre. Nada más. El resto eran borrones y lágrimas.

Cerré los ojos y me dispuse a soñar.

Vi aquél árbol alzarse ante mí. Era distinto al roble en el que me tumbaba con ella. Sus raices eran grises y el tronco se abría, mostrando un témpano de hielo encajonado y derritiéndose con lentitud. Me acerqué con miedo, dándome cuenta que a mi alrededor el claro se iba encogiendo, provocándome punzadas de miedo y claustrofobia. Las ramas del árbol estaban peladas y marchitas, sin vida. Tuve que esquivar las más bajas y una de ellas al rozarme me provocó un corte. Dolía.

Me acerqué al témpano de hielo y oteé en su interior. Algo, o alguien estaba ahí dentro, fosilizado como un mamut en un glaciar. Me acerqué un poco más, intentando reconocerlo. Fue un error.

Una mano que no había visto me agarró repentinamente del cuello. Unos ojos rojos, brillantes en el interior del hielo me miraron. Sangraban por las cuencas y su sonrisa me heló el alma.

-Te veo – Susurró el ser.

Logré zafarme de su presa y corrí hacia el bosque, tropezando numerosas veces con las ramas y las hierbas que por mi paso se cruzaban. No paré de correr hasta que estuve a punto de caer por un acantilado que daba al mar más oscuro que jamás había visto.

Te he visto – dijo una voz a mi espalda – Ya nunca jamás podrás esconderte.

Era él. El poeta. Se alzaba a 3 metros de mí, deformado por el horror de mi pesadilla, con la mano alzada y su sonrisa maníaca esgrimida como un cuchillo sangrante.

No lo dudé. Antes de que sus dedos me rozasen de nuevo, me arrojé al vacío.

Me desperté bañado en sudor y gritando como jamás lo había hecho en mi vida. Arrojé por las paredes todo lo que me iba encontrando. La mesa, los barrotes rotos de la cama, el armario, un despertador antiguo. Cuando no me quedaba nada que lanzar me rompí la mano golpeando la pared, que se hundió bajo mis acometidas febriles. Presa del odio, con el fuego liberado y consumiendo mi mente hasta convertirla en cenizas ardientes, rebusqué por el caótico suelo una caja de plástico que guardaba mi pistola.

Calibré con las dos manos su peso e introduje un cargador lleno en ella.

Luego me puse el abrigo y escondí la pistola en su interior.

Me miré en un trozo de espejo que había en el recibidor. Mis ojos ya no eran del mismo color del mar en calma. Ahora eran cuencas vacías, sin vida.

Había llegado la hora de hacer que el poeta escribiese su última elegía.

 

Preludio: Y ahora…¿Qué nos toca?

Preludio

 

Después de darle muchas vueltas, y teniendo en cuenta los sucesos acaecidos esta última etapa de mi vida, he decidido hacer una serie de relatos que van en línea recta, superponiéndose y conectándose, protagonizados por el mismo personaje, un ser antes encerrado y ahora libre que se pasea por los rincones más oscuros y deprimentes de mi imaginación.

No son relatos agradables. Ninguno de ellos va a tratar de caca, penes, sexo u orangutanes.

Van a hablar de amor. O de lo que quien esto escribe considera amor.

Pero no son agradables.

Si nos ponemos en situación, imaginemos un pequeño pueblo a las orillas del Mediterráneo. Un pescador viejo, canoso, puede que en en el cénit de su vida atrapa en su red, junto con algunas sardinas, un pequeño libro envuelto en una bolsa de plástico. La gran mayoría de sus páginas están destrozadas y la tinta no es que esté borrada, es que es inexistente. Pero algunos capítulos de ese libro estaban intactos.

El pescador, gran amante de la literatura gracias a la pasión contagiosa de su difunta mujer y de sus hijos, lo lleva a casa y, junto al pequeño de ellos, que aún sigue viviendo con él mientras estudia para ser juez, transcribe en varios folios lo que el autor en él relata.

El título de la portada aun era legible. “El Gólem de Ceniza”

Espero que los que leais esto seais conscientes de lo jodido que es para un escritor de ficción escribir este tipo de cosas. Es abrirse de verdad, no disfrazar la realidad con florituras o metáforas rebuscadas. Es contar algo que nace de las cavernas de la emoción humana y de los sentimientos que normalmente se esconden. Es algo que viene desde la tristeza, desde la soledad y desde el odio, pero que a su vez, está contrarrestado por el amor.

Disfrutadlo.

Yo fundé Babilonia.

1492360356826

 

Despierto. Una masa pringosa y maloliente me roza la oreja.

Joder, parece mentira… son las babas de Marilyn, inclinada como una contorsionista en el respaldo del sofa, que ronca como un becerro. Su vestido blanco parece incitarle a no llevar ropa interior, por lo que ahora mismo su coño apunta directamente a la cara de Nietzsche, como un cañón infernal. Este no parece notarlo, ocupado como está con los crucigramas del sábado. Maldice y perjura en alemán, moviendo los bigotes a toda pastilla.

Me desperezo y me levanto haciendo crujir todas mis articulaciones. ¿Qué cojones hacía durmiendo en el sofá? La luz del sol me abrasa los ojos y rebusco entre los cojines del diván en busca de mis gafas de sol. Las localizo por fin. Me cago en Judas… están partidas por la mitad. Me las pongo igualmente y me miro al espejo. Parezco un psicópata, o tal vez un politoxicómano. Ninguna de las dos opciones me tranquiliza.

Alguien acaba de pegar un grito desde la habitación de al lado. Irrumpo en ella como una exhalación y efectivamente, Kant y Ortega y Gasset han vuelto a las andadas.

-¡Yo soy yo mismo y mis circunstancias, pedazo de anormal! – grita uno.

-¡Pienso, luego existo! – replica el otro.

-¡Eso es de Descartes, imbécil!

-¡Yo soy cola, tú pegamento!

Les agarro de las orejas, separándoles, y empiezan a darme excusas de quien ha empezado y quien no. Me importa tres cojones. La resaca está a punto de hacerme perder la cabeza y necesito un descanso. Les amenazo con la mano del anillo y prometen portarse bien. Más les vale.

Hacen las paces, les dejo jugando con los legos y me dirijo a la cocina. Necesito un jodido café. Ghandi ha hecho tortitas, le suelen salir bastante bien. Mientras las engullo y empiezo a sentirme mejor, escucho su conversación con Fernando VII. Ya estamos otra vez con el temita de los negros… Afortunadamente Fernandito no es demasiado inteligente y se balancea de un lado a otro de la banqueta, sorbiéndose los mocos con sonrisa bobalicona. Sobre su paletó tenía anudado un babero con cara de cerdito sonriente. Un hilillo de líquido amarillo gotea por la pernera de sus polainas.

Mierda, ahí está Reagan. Otra vez no.

-¿¡QUIEN COJONES SE HA VUELTO A CAGAR EN MI TABURETE!? ¡LENIN, HIJO DE LA GRAN PUTA, COMO TE PILLE…!

Salgo a hurtadillas de la cocina con el café en la mano, justo cuando Lenin entraba motosierra en mano. Me choco con Góngora y su loro.

-Ah, estás aquí. Mira lo que le he enseñado a decir – exclama con una sonrisa.

-Brrrwak, por detrrrrás otrrrra vez no – grazna el loro desencajando los ojos.

Reprimiendo una arcada, me deslizo por la puerta de mi cuarto, dejando al poeta con sus filias sodomitas. Necesito una cabezada.

Tienes que estar de coña…

-¡¡Tómame!! – exclama Frida Khalo, tumbada en porretas sobre mi cama – ¡¡No puedes seguir evitando lo nuestro!! – modula su voz y la transforma en un susurro. Su ceja se inclina peligrosamente hacia mi paquete – ¿Te pongo un disco de TamTam Go? – Bizquea.

Huyo despavorido por el jardín trasero. Beethoven y Curie juegan a la brisca en el césped y comparten ideas junto con un canuto. Ella se descojona cada vez que el compositor se atraganta con el humo. Rembrandt vomita sobre un seto que Freddy está recortando, dándole forma de polla gigante. Los Pink Floyd, probablemente colocados de anfeta, caballo y estramonio, pasan tambaleándose por mi lado con decenas de bolsas colgando de sus cuerpos.

-¡Eh, J! ¡Fiesta de pijamas en el garaje! ¡Amy y Kurt van a preparar su brebaje secreto! – me invitan al pasar.

Me siento agotado. No ha hecho más que empezar el día y ya tengo a toda esta panda de subnormales dando la nota. Un coro celestial pasa por la acera de enfrente mirando con desaprobación. Retiran la cara cuando les saludo tímidamente. Agacho la cabeza, para alzarla de nuevo y mirar al letrero que cuelga de la verja que da a la entrada del chalet.

“BABILONIA”.

Papá tenía razón. Ha sido una mala idea.

Danza africana tras el biombo translúcido.

Danza

Paso atrás. Vuelta.

Danzaba.

La observaba tras el biombo translúcido. Estaba desnuda, lo sentía. Lo intuía.

Bum.

El ruido sordo movía sus piés y sus brazos. Su melena se agitaba suavemente, trazando ondas de luz y marcando un lento retroceso al propio agitar de sus caderas. Sedante, dulce, tribal.

Tantas sensaciones inacabadas. Una infancia terrible, un suspiro de alivio al huir de casa. Mendigar en la calle, buscar un refugio del viento bajo un puente. Me desplazaba por los momentos más duros de mi vida, perdonando en todos y en cada uno de ellos al chaval impetuoso e inocente el daño que me había hecho.

Heroína, cocaína, éxtasis y jaco. Cristal a veces, sedado. Muerto en vida, renaciendo y alzándome más fuerte que antes. Recordaba como en el hospital recompusieron mi cuerpo, reemplazaron mi corazón y mi hígado. Y ella bailaba entonces.

¿Cómo la conocí?

Creo que fue detrás del biombo. Sus ojos. Una sonrisa sincera. La primera que recibía en años. Una figura que a mí se me antojaba celestial, a un creyente que odiaba a Buda.

Hicimos el amor aquella noche. A mí me faltaban 3 dientes, estaba demacrado, pálido y pesaba 59 kilos. Ella era una dama sutil y liviana, hermosa por fuera y cálida por dentro. Me mostró que todo era posible. Que mi nombre no era Lázaro, sino Abel. Me susurró palabras tiernas y llenas de consuelo. Lloré mucho.

Creo que era la primera vez que lloraba en toda mi vida. Me sentó bien.

Bum.

El ritmo aumentaba. La luz se hacía cada vez más intensa. Su cuerpo rugía, se abalanzaba sobre mí como león hambriento.

Puenting, senderismo, parapente, marihuana medicinal. Estaba completo. Gritaba. Adrenalina y júbilo. Y ella gritaba a mi lado. Lágrimas de felicidad. Si quiero. Claro que quiero, joder. Como no voy a querer, si desde el primer día en que te ví supe que jamás volvería a sentirme de otra manera. Lo necesitaba, joder, lo necesitaba…

Se llama Grace. Ahora tiene 4 años y observa a mamá bailar desnuda tras el biombo translúcido. Sus ojos. Esos ojos… la miran, embobada. La boca abierta de par en par.

Sonrío, pasando de pasado a presente como el adios a una mañana fresca de verano.

Bum.

Se acabó.

Tiempo de cosecha.

Tiempo de cosecha Instagram

¡Herejía, disidencia, barbarie y sodomía!

La plaza rebosaba de feligreses esperando la ejecución.

¡Herejía! Exclamaba la plebe con furia y desprecio, el filo de la guillotina pendiente del gaznate del mal acólito. Sus pecados eran creer en la belleza y el amor. El tribunal le llamó loco, infame usurpador de ideas ajenas. A cuchillos debe morir, sentenciaban. Al garrote. Al tajo, siempre al tajo. Pero que nuestro verdugo sus manos deje limpias. Cae la guillotina y el cuello se bifurca. Sangre violeta y gris se derrama por la plaza. Y los feligreses, gritan entusiasmados. El hereje se aleja del mundo abrazado a su verdadero amor, pues ahora ya nadie les hará daño, ni ellos intención tienen de venganza.

Pero esperad, aún hay más.

¡Disidencia! Berreaban las muchachas con sus cofias revueltas y sus mejillas sonrosadas. Esta vez, sí, el tajo es la justicia divina. El verdugo se alza, imponente, con un hacha de doble filo y relamiéndose. Sus pecados no eran tales, pero sí su endofobia. ¡Comerciar con otras tribus! ¡Casarse con un hombre de distinta procedencia! ¿Es que acaso no debemos despellejarla por esta afrenta? Sus lágrimas caen en el barro, reza plegarias al cielo, pero nadie la escucha. Su cabeza cae en la cesta y ahora es libre de vagar por la tierra, sin fronteras.

¿Os parece suficiente?

¡Barbarie! Musculosos jornaleros escupían en su cara, mientras le arrastran por la plaza de camino a la horca. Era uno de los suyos, y ahora lo desprecian. Defendió a aquella mujer en la pescadería, ahora su cuello quebrará en consecuencia. ¿Quién era él para decidir lo que se hacía? Una vez, dicen las lenguas, regaló un pastel de manzana a un hambriento. Otra, dicen los ancianos lenguaraces, recuperó el bastón a uno de ellos. Como se atreve. Los jornaleros jalean al verdugo, que le pone el lazo. Adios, hideputa. Adios, bárbaro. Muere, cabronazo. Un fuerte clack, y el mundo es negro. O tal vez no del todo. Ahora camina sonriendo, y la gente le sonríe a su paso.

Y aún no he terminado, os queda lo mejor.

¡Sodomía! Abrazados, una mujer y un hombre suben juntos al estrado. Nadie grita esta vez, todos están callados y expectantes. ¡Sodomía! ¡Copularon y ella está en estado! Nadie grita. ¡Sodomía, ambos están casados! ¡Fornicio indebido! ¡Disidencia!

Nadie grita.

De sus espaldas unas alas nacen. Alas rojas, verdes y de fuego. Ahora todos gritan. Huye, marabunta. Huid.

Flechas brillantes siegan espaldas como cosecha. El verdugo sus ojos ha perdido con la luz y el tajo cae, donde su hacha gira y cercena. Adios, verdugo.

La pareja se levantó del suelo y, observando la masacre, lloraron largamente hasta el fin de los días.

Palabra de Y’Sehth, el libro Rojo y Verde.

Drive

Drive

Me dolía el pecho, la espalda y tenía mareos. Eran las 20:58 de un martes y lo que más me apetecía en ese momento era ponerme un poco de música y encenderme el primer cigarro del día, pero había cosas que hacer.

Me levanté de la cama y me dirigí al baño rascándome los huevos con la mano izquierda y tapándome el bostezo de turno con la derecha. Como me dolía el cuerpo, joder. Cualquiera diría que la imagen que reflejaba el espejo era la de un viejo octogenario que llevaba una mala vida de putas, alcohol y tranquilizantes de farmacia. Pero no. El reflejo mostraba unos ojos rojos de dormir mal y a deshoras, enmarcado por un rostro pálido y con barba de varias semanas mal recortada. Un rostro joven, a pesar de ello.

“Que asco”, pensé. Demasiado prozac, demasiado prozac…

Meé sin apuntar demasiado, como siempre. Mi váter se caracterizaba por tener más de amarillento que de blanco y sin duda aquél día hacía honor a sus razones. Mi pie derecho se había quedado pegado a una sustancia de textura indeterminada que había en el suelo. Podía ser semen, vaselina, crack… no iba a comprobarlo, no estaba de humor. Me metí en la ducha de golpe y cerré los ojos. El mejor momento del día, sin duda. Paja, lavado rectal y sobacal y al coche. Del coche al puto funeral. Otro funeral más. “A ver cuando cojones es el mío”.

Lloros, desconsuelo y para el coche otra vez.  A cumplir el otro objetivo del día.

Llegué a casa al borde de un ataque de ansiedad varias horas después. Necesitaba estar escondido, oculto. Cerré la única persiana que se había quedado abierta de toda mi casa y me refugié en un rincón del salón.

“Ahora a esperar a que se haga de día”.

Al día siguiente habría otro funeral seguro, pero no estaba seguro de a quien me tocaría enterrar. En el fondo me daba igual mientras hubiese un sobre con dinero después.

Probé otra vez a ponerme la pistola en la boca. Otra vez más fuí incapaz de apretar el gatillo.

“Bah, de que me va a servir”. Arrojé el arma al suelo y me acurruqué en la esquina. Me gustaría decir que no logré conciliar el sueño, pero con la primera luz del alba, como siempre, me dormí como un bebé.

Dos días después estaría muerto por fin. Pero no se lo digais a nadie.

El espeluznante ser del almacén.

el-espeluznante

Lo de trabajar como dependiente en una gran firma de moda tiene sus ventajas. Es cómodo, fácil y con altas expectativas de ascenso. Puedes salir a fumarte el cigarrito de rigor cada hora y te hacen descuentos para los bocatas en el bar de la esquina.

Yo trabajé para una de esas firmas en una pequeña tienda situada en un gran centro comercial. Me sentía como pez en el agua. Después de todo, los creadores me dotaron de joven con una labia colosal y una presencia hercúlea que desde siempre me habían proporcionado trabajos de cara al público.

Vendía la ropa con una sonrisa y con una amabilidad no del todo fingida. Reponía, limpiaba los estantes, hacía la caja, cerraba y abría la tienda, atendía a los clientes, charlaba con los habituales con desparpajo… en definitiva, disfrutaba de mis 8 horas diarias allí. Era mi pequeño paraiso.

Un buen día, tras abrir la tienda y empezar con mis tareas mañaneras, escuché un ruido extraño que provenía del almacén. Ya se nos habían colado ratones en una ocasión, así que empuñé la escoba como arma y con paso marcial me dirigí hacia la puerta que custodiaba las cientos de cajas de ropa, complementos y chucherías varias.

La luz del almacén no funcionaba. Esto me extrañó, pues habían cambiado las bombillas una semana atrás y ese lugar apenas se utilizaba una o dos veces al día. Me deslicé entre los estrechos pasillos que dejaban las cajas, buscando el origen del ruido. Giré la esquina y, repentinamente, una mano blancuzca y asquerosa me dio un manotazo en la cara, pringándome con una sustancia espesa y templada, posiblemente semen o algo peor.

Pegué un berrido y me lié a escobazos con el Ser, que se revolvió en su rincón y se protegió con una bandeja de porcelana cuyo origen aún hoy me es incierto.

Agarré de lo que parecían ser los pelos al Ser y empecé a arrastrarlo hacia la puerta, jurando y perjurando a voz en grito que o se iba por las buenas o se iría por las malas. El Ser mientras tanto se agarraba a las estanterías y cajas gruñendo y escupiendo, insultando a mi señora madre y a toda su progenie. La viscosidad del Ser acabó ganando la partida y se me escurrió de entre las manos para volver a su esquina, donde rebuscó en un hatillo de mendigo y sacó una granada de mano.

La explosión, como podeis imaginar, fue bastante floja. Tanto el Ser como yo salimos ilesos, pero la ropa de las cajas contiguas se chamuscó un poco. El señor González, dueño del franquiciado, nos echó una bronca de aupa y nos prometió que como no pagáramos los gastos con horas extra, acabaríamos en la calle recogiendo cagarrutas de perro. Yo conocía el temperamento de mi jefe y supe que no era una broma.

Ahí fue cuando empezó mi suplicio. El Ser, al que el señor González hizo un contrato temporal de Obra y Servicio, me rompió todos los esquemas y toda la rutina de trabajo que tantos años había empleado. Para empezar, todo lo que intenté enseñarle sobre los pequeños tecnicismos del cobro y la reposición le entraban por la oreja y le salían por el orificio reproductor número dos. Se pasaba el día tirado a la bartola, tumbado encima de las sudaderas buenas y rebuznando como un poseido cada vez que un cliente entraba en la tienda.

Yo trataba de atender con la misma eficiencia con la que me caracterizaba, pero las muecas del Ser me ponían nervioso y siempre acababa dándome de palos con él ante espanto de la gente que entraba en el establecimiento.

Pero la gota que colmó el vaso fue cuando el señor González, harto de nuestras discusiones y peleas, dijo que iba a despedir a uno de los dos.

Evidentemente me tuve que buscar un trabajo nuevo. El Ser, cuya presencia sólo era tolerable con una mascarilla y guantes de lana de acero, vendía ropa a punta pala. Era impresionante verle en acción. Con sus ruidos gulturales, incitaba a la gente a probarse la ropa pringosa que él les ofrecía colgando de una de sus extremidades. Tuve que rendirme ante su capacidad y acepté el finiquito con resignación y pena. El Ser, mientras tanto, se restregaba de forma frenética contra el escaparate, haciendo que un grupo de monjas se escandalizase y, tras pensarlo unos segundos, entrase rápidamente en la tienda.

 

Han pasado ya unos años de esto, claro. Hace un par de días me encontré al Ser por la calle. Iba cogido del tentáculo de una mujer muy simpática y arrastraban un cochecito de bebé. Nos pusimos al día y recordamos anécdotas de todo lo que nos pasó. El niño no es que sea muy guapo, pero bueno… seguro que tendrá el encanto del padre. A él le va muy bien, ahora es el dueño del negocio y tiene un par de tiendas más en la calle paralela. Le he prometido que me pasaré a verle en unos días.

Me alegra ver que hemos madurado.

Línea 10.

linea-10

Las líneas que marcan las palmas de mis manos se parecen, curiosamente, a los retazos de viento que me recorren el cuerpo.

Desnudo estoy, en este extraño claro donde la hierba se mece tranquila y los árboles susurran mi nombre. El sol ya hace acto de presencia, rompiendo con la física y saliendo por el norte, entretejiendo hilos de luz con mis pestañas que a su calor se estremecen y encienden y apagan mis ojos.

Un canto lejano me hace desear unirme, pero ni mi voz ni mi temple están por la labor, así que me tiendo en el mullido suelo con intención de fundirme con el entorno y ser uno más del pequeño ciclo que anida en el paraje. Me conmueve la idea, aunque sea banal, de sentirme por primera vez pequeño de verdad y olvidarme del ego que hizo que descarriara una vez mi vida.

Las hojas de las flores sobre las que estoy tendido me revelan un secreto que antaño creí un rumor, y me levanto con presteza con intención de buscar su guarida. La guarida del león de Nemea que mis pensamientos turba y me hace divagar por senderos desconocidos hacia la barbarie y la locura.

Exclamo. No es tal el león, si no una máquina de hacer dinero que traslada miles de millones de francos suizos hacia mi cuenta bancaria. Trato de frenarla, me despellejo los nudillos pero débil es mi acometida y me veo de nuevo trajeado y comiendo con caballeros orientales de procedencia norteamericana y un tufillo a naftalina que me tira para atrás.

Y caigo.

Caigo.

Aterrizo sobre los brazos de la madre que hace siglos perdí en la guerra contra el cáncer. Bondadosa, amable y cálida, me mece sobre su pecho y me arrulla durante unos instantes. Vuelvo a sentirme pequeño, una vez más… hasta que lo inesperado se revela, pues en garras de una furcia pintarrajeada como un Picasso estoy. Pago, pues, y me voy.

Cojo el tranvía que cruza mi infancia con mi vejez. Estoy solo en el vagón desde el principio hasta el final, y empieza a nevar en mi asiento. Suerte, pienso, de tener a mano un paragüero sin paraguas, que me encasqueto en la cabeza con presteza y sin dudar. Dentro, un pequeño duende me arroja cuchillos ante una enardecida masa de televidentes lobotomizados. Sangro, pues, y recibo los aplausos con una reverencia de orejas.

Llegaré tarde a la hora del té, por lo que me recojo y salgo de la caja de galletas. Que dolor en la mollera.

Una señora me está golpeando con su bastón en la cabeza y unos críos se descojonan de mí. La razón: me he dormido en el metro y me he caido sobre sus tetas.

– ¡Sinvergüenza, acosador, sátiro, mongolo! – rebuzna con alevosía mientras la multitud nos observa en silencio sepulcral.

Mi amigo Jaime, sentado a mi lado, me mira como si fuera un bicho raro y me saca a rastras del tren, que continúa su camino por las vías.

– Si es que no se te puede sacar de casa macho, eres un anticuado de cojones.

– ¿Que quieres decir? – le pregunto confundido mientras me froto las sienes. Que dolor de cabeza, la virgen.

– ¿Es que no te has enterado de lo que han dicho hoy en Twitter? Ya es oficial.

– ¿Eh?

Me mira con desprecio y, por encima del hombro, me espeta:

– La imaginación está pasada de moda.

Desde abajo.

desde-abajo

Es muy jodido que, tras tres meses de parón ininterrumpido, te entre la inspiración a las 04:34 de la mañana de un sábado, víspera de un domingo en el que te vas a pasar literalmente 10 horas trabajando.

Pero yo no decido estas cosas, de la misma manera que no decidí dejar de escribir para centrarme en no hacer nada productivo.

Llevo buscando la cámara de fotos para ponerle a esta entrada su imagen de rigor, pero no ha habido manera de encontrarla. He buscado por toda la casa, excepto en el cuarto donde duermen mis padres que, habiendo venido este fin de semana de visita a Madrid, se piensan que duermo plácidamente en la habitación de al lado sin darle vueltas a problemas personales que tienen escasa solución. Probablemente esté ahí, así que voy a sacar una con mi móvil del neolítico y que sea lo que Buda quiera.

Escribo esto para descansar por fin. Para dejar esto en punto y final. Se acabó el tocarse los cojones a dos manos con el blog.

Al lío otra vez. Perdonad la espera, pero tenía mis razones.

Razones de mierda, eso sí.

El obsequio.

Obsequio.png

El sr. Fontache era un hombre muy ocupado.

Seguía un ritual muy distinguido. Salía todos los días de casa a las 06:05, tras haber desayunado una tostada y haber ingerido el primer café del día. Luego, tras coger su flamante BMW y moverse hacia la panadería de la esquina para recibir su ensaimada del mediodía, conducía hasta su trabajo en una gran empresa cuyo nombre se me antoja impronunciable. Hacía sus labores sin prestar atención a nadie, pues, como ya he mencionado, era un hombre extremadamente ocupado.

Volvía a su domicilio la 01:00, justo cuando el enorme reloj de la estantería de su salón daba una única y contundente campanada. Se lavaba los dientes, se acostaba y volvía a repetir el mismo ciclo.

Todo esto, claro, de lunes a viernes.

Los fines de semana, el sr. Fontache se dedicaba a cuerpo y alma a su gran pasión: la preparación de tartas de manzana.

Tenía en el patio trasero un gigantesco jardín, en el que decenas de manzanos daban fruto de una manera exhuberante y dudosamente biológica. El sr. Fontache hacía la recolecta los sábados por la mañana, preparaba las tartas los sábados por la tarde, horneaba las tartas el domingo por la mañana y las engullía el domingo por la tarde.

Y al lunes, vuelta a empezar.

Cualquiera diría que este bucle sin fin tenía un tinte enfermizo. Puede que fuera cierto. Tal vez por eso no podía ser eterno. Una mañana de un lunes, al abrir la puerta de su casa para ir a su coche, el sr. Fontache se encontró a los pies del felpudo un obsequio.

Aquello era muy irregular, debió de pensar el sr. Fontache. El obsequio era rectangular y de tamaño medio, como una caja de zapatos. Estaba envuelto en un papel rojo chillón, culminado con un gran lazo rosa. Nuestro protagonista se quedó congelado en la puerta, sin saber que hacer. A los dos minutos, una gota de sudor empezó a resbalarle por la frente. Miró a su reloj y comprobó que ya eran las 06:06. Una mácula en su rutina. Se agachó, recogió el paquete y lo colocó encima de la mesa del salón. Tras unos instantes más observándolo, se caló el sombrero en la cabeza y salió al trabajo. Eran entonces las 06:07.

Y así, amigos míos, fue como el sr. Fontache comenzó la peor semana de su vida. Aquella ligera pausa en su horario perfectamente establecido hizo que el resto de su mundo se trastocara. Cuando llegó a la panadería, resultaba que había otro cilente delante y tuvo que esperar a que le atendiesen, cosa que no le había pasado nunca. Que incorrección, parecía estar pensando.

Por aquellos segundos cruciales, se metió de lleno en el atasco de las 06:38, hora a la que todos sabían que Martin UnaMano sacaba a pasear a su perro, provocando en el paso de cebra un bloqueo contundente. La bestia, que se resistía a abandonar el mundo de los vivos a pesar de contar ya con la friolera de 28 años, hacía de vientre en el mismo punto todos los días, entre la franja blanca y la franja negra. El sr. Fontache chasqueó la lengua, visiblemente incómodo ante tal visicitud.

En el trabajo, tuvo que entretenerse con algunos compañeros que, habiendo llegado antes que él por primera vez, le saludaban y preguntaban por su fin de semana, impidiendo que se recluyese en su despacho. Llevaba entonces 17 minutos de retraso con respecto a su horario habitual, lo que hizo que se quedase aquella noche hasta más tarde.

Llegó a casa agotado tras las largas emociones del día. El obsequio seguía allí, en la mesa, esperando a ser abierto o arrojado por la ventana. El sr. Fontache lo ignoró y, por primera vez en su vida, se arrojó en la cama sin desvestirse ni asearse. Todo esto ha sido ligeramente molesto, se decía a las puertas del sueño.

El resto de la semana es imaginable. El sr. Fontache se quedó dormido el martes y llegó tarde al trabajo. Se acostaba a horas intempestivas, se equivocaba de ruta al desplazarse por la ciudad, compraba croissants en vez de ensaimadas y gruñía al hablar con sus compañeros, rociándolos de baba y provocando en ellos risas y chanza. Un día apareció en el trabajo sin más prendas que una corbata, que llevaba anudada en los testículos y le daba al asunto el aspecto de una morcilla de Burgos. El viernes su jefe, un hombre corpulento y bigotudo llamado Anselmo le ofreció un puesto de directivo tras su aumento de rendimiento en esos últimos 4 días y le dijo, palabras textuales, que “no había conocido jamás a un trabajador tan eficiente y cachondo como él”.

Ese mismo día, según llegó a casa, el sr. Fontache estalló. No le gustaban los cambios, y todo lo acontecido era culpa de ese dichoso obsequio que le había robado la rutina. Se arrojó sobre la mesa y abrió el paquete. Dentro, un colosal objeto de forma fálica recubría casi por completo el fondo de la caja.

“Para la srta. Pepperoni” rezaba una nota alojada en su interior.

La srta. Pepperoni, por lo visto, vivía a tan solo unas manzanas de allí. El sr. Fontache se acercó a su casa y llamó al timbre, con el gigantesco vibrador en la mano. Echaba chispas por los ojos y pensaba recriminar a la mujer que allí vivía que su vida, antes perfecta, ahora estaba arruinada.

Pero una vez más, el sr. Fontache recibió una sorpresa. Esta vez, en forma de Cupido.

Se casaron un año después, en la iglesia de San Rito. Se rumorea por el barrio que el monstruoso pene de goma ocupa un lugar de honor en el salón, guardado en una vitrina. Habladurías de envidiosos y gente de mala baba.

Y no es sólo porque sean el matrimonio perfecto, no. Es porque saben que, sea el día que sea, la srta., ahora sra. Pepperoni, estará probando las mejores tartas de manzana a este lado del Mississipi.