La lógica de quedarse en blanco.

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Una mosca zumbaba por mi habitación. Me concentré en ella.

Era verdosa, claro. No podía ser de estas tan bonitas que salen en los anuncios de matabichos, con ojos grandes y expresivos y voz de dibujo animado. Tenía que ser verdosa, gorda y peluda. Que asco. Se posó sobre mi portátil con la ingenuidad de los que creen que un hostión con el periódico de la semana pasada no puede acabar con ellos. Craso error, amiga mía. Un balanceo rápido y un enemigo menos contra el que lidiar.

La vecina del edificio de enfrente estaba echándole una bronca de tres pares de cojones a su hijo. He de decir, en defensa de los gritos que pegaba amenazando con reventar los cristales de medio vecindario, que su hijo, huelga de vestir como un cani noventero al que le ha rasurado el pelo un babuino con alcoholismo y taras mentales, es el destructor oficial de retrovisores del barrio. Más de una vez me lo he cruzado por la calle en plena faena. Tiene cierto arte desempeñando su hobby, eso sí.

Afortunadamente los berridos cesaron al minuto y medio. Supuse que el chaval se habría refugiado en su cuarto con un portazo para fumarse un porro o meterse algún otro tipo de sustancia psicotrópica en el cuerpo.

Miré la pared de mi cuarto. Nunca me había fijado hasta ese momento que, entre las manchas amarillas de tabaco y la mugre en general, se dibujaba en ella una especie de cara siniestra que me miraba con desdén. Que cara más repelente. Representaba todo lo que odio en esta vida. Los atascos, los cibervoluntarios de cualquier partido político, los atrasos en la paga navideña, la piña colada, las erecciones involuntarias… “Todo eso es obra mía”, parecía decir la cara. Hija de puta… estuvimos mirándonos durante unos 30 minutos, aproximadamente. Aunque puede que fuera más, teniendo en cuenta el charco de saliva que se había formado en mi regazo.

Es que cuando me empano babeo, ¿sabeis?

En ese momento, por lo visto, le tocaba gozar de toda mi atención a mis genitales, justo donde mis efluvios bucales habían aterrizado. Ese pelillo rebelde de mi escroto izquierdo había que afeitarlo con premura. Hacía que se desproporcionase el efecto.

Afortunadamente, no tardé en desviar la mirada hacia un punto indeterminado de la pantalla de mi portátil.

El reloj marcaba las 22:06. Me había sentado en la silla a las 17:45. Una sola palabra marcaba el inicio y el final de todo lo que había conseguido escribir de mi nuevo relato:

“Carpetovetónico”.

Cerré el ordenador y sonreí. Había sido un día fructífero.

Molondra.

molondra

Un día me puse de perfil y me miré al espejo.

¿Sabéis que vi?

Mi cabeza flotando.

Exacto. Mi cabeza flotaba a metro ochenta del suelo.

Y menuda cabeza señores. Menuda almendra suculenta para la ardilla de turno. Que gozo, que esplendor.

Como cabeza, la vida te da ciertas ventajas. Pagas la mitad en el autobús, la gente se asusta al verte pasar y tienes la calle libre para flotar con libertad, puedes entrar en el cine colándote por una ventana y, si por algún casual tienes filias extrañas, en internet puedes encontrar todo tipo de satisfacciones.

Mi experiencia como cabeza, sin embargo, es un poco traumática.

Me encontraba yo en esa tesitura, tras haber comprobado que mi melón era lo único que me quedaba y me puse a pensar en soluciones para recuperar mi cuerpo. ¿Qué va a hacer una cabeza, me dije, si no es pensar?.

Salí volando por la ventana tras haberla abierto a cabezazos. Porque no es fácil abrir las ventanas sin manos, ¿lo sabíais?. Y mucho menos sin piés.

Me deslicé por mi barrio preguntándole a los autóctonos si por algún casual habían visto a mi cuerpo correteando por ahí. Pero nadie sabía nada. Le tuve que aflojar unos 200 machacantes al portero del prostíbulo de la esquina para que recordase que sí, que había visto un cuerpo correteando por ahí como pollo sin cabeza. Le dije que se podía meter las gracietas por el culo y de una patada me lanzó volando al parque del otro lado de la carretera.

Sangrando por la nariz y sin manera posible de parar la hemorragia, corrí… bueno, floté hasta el ambulatorio. Que espanto lo que allí aconteció. Me usaron como conejillo de Indias para saber si los globos aerostáticos tenían la misma densidad que mi amada testa y me inyectaron sabe Dios que mierdas por la oreja. Dejé de sangrar al instante, pero el colocón de anfetas que llevaba encima me hacía chocarme con todas y cada una de las farolas que los desalmados del ayuntamiento de Madrid van dejando por ahí sin ningún tipo de criterio.

En esas estaba cuando por fin lo ví al otro lado de la calle. Era un cuerpo sin cabeza, de eso no había ninguna duda. Me acerqué a toda leche, pero mis ojos, aún desenfocados por la presencia de los psicotrópicos, me hacían trastabillar y equivocarme de dirección.

La persecución duró horas. El cuerpo saltaba los muros con elegancia felina y yo me tenía que conformar con usar mi lengua como pico de alpinista. No teneis ni idea de la cantidad de mierda que tienen las paredes de vuestras casas. Por fin lo alcancé cuando se disponía a saltar de bloque en bloque. Con un placaje de mollera lo derribé al suelo e intenté colocarme en el cuello para dar fin a esa atolondrada y estúpida situación, pero por lo visto no encajaba.

– ¡Pero que cojones te pasa! – exclamó el cuerpo.

Por lo visto, su usuario no es que no tuviese cabeza… es que la tenía pequeña. Muy pequeña. Me disculpé con mis mejores palabras, pero el señor no atendía a razones y, de nuevo, recibí una gloriosa patada que me envió de vuelta a mi casa.

Horas más tarde, cuando por fin conseguí quitarme todos los cristales de la frente, se me ocurrió una idea. Me acerqué al espejo y me puse de frente. Mi cuerpo había estado ahí siempre, solo que al ponerme de perfil, había dejado de verlo.

Esa noche me comí dos cocidos, una empanada gallega del tamaño de una rueda de camión y doce petisuis.

Concepto Nº1: Agua.

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Brillaba en el lago una luz extraña.

Era la única luz en el lugar, pues las estrellas y la luna estaban ausentes, tapadas por un centenar de nubes que tapizaban el cielo. Aquello parecía una de tantas pesadillas que los niños tienen cuando sus madres les apagan la luz. Pero yo, a pesar de ser un niño, no tenía miedo. Y no sabía por qué.

Metí los pies en el lago sin desvestirme y sin quitarme los zapatos. El agua estaba fría como un estanque en invierno cuya superficie se ha agrietado, pero mi mente rechazó aquella incómoda alarma cerebral, igual que había rechazado todas las anteriores desde que me había adentrado tiempo atrás en aquél bosque oscuro. Recordaba vagamente los espectros que me habían acosado por el camino. Seres sin rostro, tapados por mantas tenebrosas, mas oscuras que la misma noche. Sus lamentos me ponían los pelos de punta. Aún los escuchaba desde la linde del bosque, reclamando mi presencia. Recordaba también a la dama gris que había cruzado por mi lado, goteando sangre y suplicando que le ayudase a salir de allí. Lloraba y maldecía y me culpaba de sus penas.

Todos ellos fueron ignorados, supe que en aquella ocasión no me harían daño.

Empecé a nadar, sin notar que el frío entumecía cada músculo de mi cuerpo. Necesitaba alcanzar esa luz, saber que era lo que tenía que mostrarme.

Llegué a la pequeña isla donde encontré en el suelo a un niño de pelo y ojos negros, desnudo y con la piel más pálida que jamás había visto. Sostenía un pájaro muerto. A su lado, una estrella rajada y herrumbrosa proyectaba en la oscuridad un tenue brillo. El brillo que me había llevado hasta allí.

– ¿Eres tú al que ella llamaba? – preguntó el chico. Su voz era ronca y apagada. Al mirarme, me fijé en que sus ojos no tenían ni pizca de blanco. De ellos brotaban lágrimas.

– Sí, soy yo. ¿Que le ha pasado? – respondí con un hilo de voz.

– La maté – repuso él con satisfacción – La maté y jamás volverá.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Odiaba sus ganas de vivir. Incluso en este remoto lugar, donde todos perdemos la esperanza, ella aspiraba a más. Por eso vivió. Y por eso la maté.

– Entonces… ¿Yo estoy muerto?

– Sí. Te ahogaste en este lago hace ya muchos años. Pero ella quería un amigo. Era su último deseo. Me lo pidió antes de morir. Te atrajo aquí.

Miré a la estrella. Su parpadeo era ya casi imperceptible.

– ¿Y ahora? ¿Que he de hacer?

– Siéntate conmigo. – El chico se apartó un poco, haciendo hueco en el tocón sobre el que se sentaba – Siempre he querido tener un amigo.

No recuerdo lo que sucedió a continuación. Pero cuando desperté, poco después, a mi hermano le había salido barba. Y lloraba. Quería abrazarle, pero mi cuerpo no me respondía.

No me he atrevido aún a preguntarle si esas lágrimas eran de alegría o de tristeza.

De segundos a horas.

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De tanto observar a la gente me he dado cuenta de que su visión de algunos conceptos básicos es diametralmente opuesta a la mía.

Muchos me dirán que estoy equivocado, pero la distancia se mide en besos, el espacio en realidad, el silencio en palabras y los segundos, en horas.

Un concepto lo aprendí a base de hostias en mi colegio. Me pisaron la cabeza en una ocasión y no derramé una lágrima. Me callé, me reprimí por primera vez. Mi lengua aún no sabía a tabaco pero ya sabía lo que era cometer una gilipollez mayúscula. No grité ni maldije, no me revolví como un coyote acorralado. Busqué una salida distinta y deseé no volver al día siguiente al matadero. Me hice fuerte en el silencio y con el tiempo brotó mi voz.

Mis padres se fueron con el tiempo. Lejos de mí, me dí cuenta de que mi casa es gigantesca. Antes era un piso de 70 metros cuadrados. Ahora es un palacio con miles de huecos inservibles y, si tengo que ser sincero, a veces me dan ganas de cubrirlos de yeso para evitar limpiarlos. Porque limpiar es un coñazo. Aunque en verdad lo que me molesta es el eco de mi voz cuando rebota en ellos. Me llené de pronto de realidad y me sobraba demasiada.

Vivo lejos de ella. Y eso me impide besarla a veces. Lo solucionaré. Es todo lo que he de decir al respecto. No existen millas, existen morreos con lengua.

Pero el concepto que realmente me cambió fue el que descubrí cuando, volviendo del instituto, me encontré en el suelo una hoja de papel sucia y desgarrada. Me agaché a cogerla y la leí.

“Aprende. Tú morirás y el tiempo continuará existiendo”.

Pensé durante tres días y al cuarto maté por primera vez. Se llamaba Alex, y combatía en la guerra de Irak. Tenía miedo y razones para tenerlo. Mi imaginación no tuvo piedad con él. Se dice en las novelas de bolsillo que todo tiene un principio. Ese fue el mío.

Segundos, horas… horas y segundos… No creo conocer la diferencia, ni creo que nadie la conozca nunca. Pero si tengo que morir algún día, que alguien lea esto y me resucite, joder.

Líneas de bajo en un hotel del centro.

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G

Comienzo inspirando hondo. Todos mis sentidos se agudizan.

Olfateo el aire. Nada. Tal vez un leve tufillo a sudor, pues aun es temprano, hace calor y no me he duchado. Debería hacerlo antes de salir a buscar empleo.

Escucho los ruidos de la ciudad que me rodea. Un anciano grita a alguien por algo en algún sitio. Probablemente haya pedido un taxi, pero no las tengo todas conmigo. A los de la tercera edad les encanta caminar… puede que deba aprender de ellos.

D D#

Saboreo mi propia saliva. No me dice nada. Y eso me dice demasiado.

C# F D F D

Las cuerdas del bajo me arañan los dedos y forman las llagas duras y antiestéticas que tantos me dicen que debo quitarme.

Tengo los ojos cerrados.

A

Un portal de Malasaña.

 

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Se dice por Malasaña que algo extraño pasó en aquél portal hace ya unos años.

Según relatan, un chico de Toledo vino a vivir a Madrid para estudiar su carrera. ¿Que cuál era? Lo desconozco. Supongo que esos pequeños detalles de su vida poco importan, pues siempre que he oido esta historia la gente se centra en lo que allí aconteció.

Por lo visto, cuando este chico llegó a la ciudad empezó a buscar piso, sin parar. Tenía los ahorros justos para ir sobreviviendo en un hostal del tres al cuarto en la calle San Bernardo. Era una tarea difícil, pues por aquél entonces no existía internet y tenía que patearse las calles, visitar casas y estudios que se le antojaban deprimentes y desproporcionadamente caros.

Un día, paseando por el centro se fijó en un cartel de “se alquila” que colgaba de un balcón. Pertenecía a uno de los edificios que formaban la larga línea de la calle de la Palma. Tenía un aspecto francamente ruinoso, como de posguerra. La puerta del portal, verde oscuro, chocaba con el estilo antiguo y desolado del bloque, como si la hubieran puesto allí por error. A pesar de todo, la zona era buena y no tenía mucho para elegir. Corrió a una cabina telefónica y llamó al número que allí aparecía.

Aquella misma tarde quedó todo cerrado. El piso era pequeño, pero estaba limpio, ordenado y tenía buena luz. El precio era bajo, mucho más que cualquiera de los otros que había visitado. Estaba amueblado con un estilo bastante moderno y no se apreciaban goteras, ni nada que pudiera ser considerado un desperfecto. Además tenía la ventaja de poder vivir solo, mientras que en los demás alojamientos que había visitado tendría que compartirlo con otros estudiantes. Se sentía afortunado, casi culpable por haber conseguido una ganga así.

A pesar de todo, algo le inquietaba. No sabía si era su casero, un amable anciano que le había prometido que “jamás pasaría por allí”. También le intranquilizaba la sensación de que estaba solo en el edificio. La primera semana solo era un presentimiento. La segunda pasó a ser una preocupación. La tercera semana pasó a la acción. Llamó a todas las demás puertas del bloque, pero nadie respondió.

El silencio en el piso era sepulcral. La calle parecía abarrotada mientras caminaba por ella hacia su casa, pero tras subir las escaleras y entrar al recibidor, dejaba de estarlo. Muchas veces se asomaba a la ventana y no veía a nadie, como si la tierra se hubiera tragado a todas esas personas.

Pasados dos meses, esto dejó de importunarle. Salía por las mañanas de casa y no volvía hasta muy entrada la noche, por lo que no pasaba demasiado tiempo en el piso. Los fines de semana solía volver a Toledo con sus padres o se quedaba en la biblioteca estudiando hasta tarde. Se había creado una rutina.

Entonces empezaron a ocurrir cosas aún mas extrañas. Sombras que se movían por las paredes sin que árboles mecidos al viento pudiesen provocarlas. Ruidos que en el silencio natural de la casa sonaban como trompetas en un funeral. Cortes de luz repentinos que dejaban el edifico en la oscuridad más absoluta. Una risa sepulcral se deslizaba por las cañerías y al acostarse, el chico sentía que unas manos se deslizaban por su cuerpo mientras que una tenue voz susurraba su nombre. El estudiante trató de ponerse en contacto con el casero, pues desde aquél primer encuentro no había vuelto a saber nada más de él, pero la línea telefónica estaba cortada.

A los cuatro días del comienzo de estas eventualidades empezó a ignorarlas también. Pasaron a formar parte de su hogar como si de otro mueble se tratase.

Los fantasmas ya eran cosa de otro cantar. O eso deberían de haber sido, supongo. La primera vez que vio uno se quedó pasmado, pero tras unos instantes se encogió de hombros y lo ignoró por completo. Tenía un examen complicado al día siguiente y no quería suspenderlo. La cara del fantasma fue un poema. Se abalanzó sobre él, buscando una reacción más acorde con su presencia, pero el chico, cansado de que no le dejase estudiar, le agarró por los faldones y lo metió en el congelador.

Al día siguiente, cuando estaba preparándose unos macarrones, sonó el timbre de la puerta. Era la primera vez que pasaba en los tres meses que llevaba allí. La abrió y vio en la entrada a una niña ahorcada, que le señalaba con el dedo y gritaba. De sus ojos manaba sangre.

– Ahora no, que voy a cenar – dijo el chico, y le cerró la puerta en las narices.

Volvieron a llamar esa misma noche, pero en aquella ocasión era el anciano.

Empezó a gritar al joven que era un desconsiderado, un paleto, un haragán. Nunca, le dijo, en sus 80 años asustando a la gente se había sentido tan despreciado. Lo que empezó como un reto, se había convertido en una tortura, gimoteaba el pobre hombre mientras hacía aspavientos. Al rato de increparle se derrumbó en el suelo y se puso a llorar. Tanto la niña como el fantasma, que había logrado salir del congelador e iba camino de pillar una pulmonía, le consolaron, lanzando de vez en cuando miradas de reproche al estudiante, que se miraba los pies avergonzado sin saber que decir.

Al día siguiente, el chico cogió sus maletas y se marchó de aquella casa. Encontró un piso compartido bien lejos del centro de Madrid. Cuando le preguntaron que por qué se había ido de su anterior hogar, el chico respondió:

– Me pillaba demasiado lejos de mi camello habitual.

Voces al otro lado.

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Oigo voces más allá de mi pequeña celda.

Gente riéndose, creo.

Los conozco a todos y a cada uno de ellos. Noto sus miradas de desprecio, por mucho que se esfuercen en ocultarlas. Noto los giros internos de sus pensamientos y sé lo que piensan de ese pobre fracasado que se agazapa en un rincón. Son como pequeñas astillas de asco y desdén que se clavan en mi piel haciéndola sangrar una y otra vez. Pero no voy a gritar de dolor. Nunca lo hago. No les daré esa satisfacción.

Salgo del cuartucho y me mezclo con el gentío. Sonrisas falsas por doquier y acercamientos sigilosos sobre las presas mas endebles. Ellos creen que tienen el control porque saben que pueden hacer daño con ese burdo baile de máscaras que hace tiempo crearon. Sus gestos parecen desenfadados, pero calculan al milímetro cada uno de ellos para agradar, rechazar o agredir.

Son como putas ovejas balando incesablemente el mismo cántico humillante. Se dan palmadas en la espalda y se piensan que están resguardados los unos con los otros. Pero nada más lejos de la realidad. Ninguno de ellos daría un duro por el prójimo si en ello tuvieran que sacrificar lo más mínimo.

Parásitos endebles y lamentables…

Me desplazo como una sombra. Les odio internamente y me dan ganas de vomitar. Pero quiero ser como ellos. Odio ser una individualidad en un mar de colectividad. Me aborrezco a mí mismo por haberme convertido en ese ser independiente que ellos tanto ansían y creen ser. Pero no puedo confiar. No puedo dejarme llevar por la calidez de la manada. No quiero ni pensar en las consecuencias que eso tendría.

Aunque lograse hacerme pasar por uno más, mis propios gestos me traicionarían. A los pocos segundos me tacharían como lo que soy, un deshecho social que se desliza por los suburbios de la autocompasión y cuyos problemas son tan nimios que a nadie les importa una mierda. Al instante saldrían al paso con una parodia bien orquestada sobre mi vida y me olvidarían como si no fuese más que una pequeña mota de polvo que se ha posado en sus pecheras. A no ser, claro, que necesitasen algo de mí. En ese caso, harían como que escuchan mi triste diatriba y ofrecerían gestos de consuelo completamente robotizados y alguna que otra patética intentona de solución.

Monto en cólera. Araño las puertas y las ventanas. Siento que la asfixia se apodera de mí al no poder salir de esa sala, donde el rebaño bien juntito berrea y cocea. Golpeo una mesa y la derrumbo con un gesto seco. Me arranco la camisa y aullo. Mi voz se oye por encima del balido, pero nadie la escucha. Nadie la atiende. No soy parte de la manada. No tengo nada que ofrecer.

Corro hacia mi celda de nuevo y cierro los barrotes con llave. La tiro bien lejos de mi alcance. No quiero volver a salir, no quiero volver a tener la tentación.

Abro la cajetilla de tabaco y me enciendo un cigarro. Ensordezco las voces tapándome los oidos y tarareando aquella antigua canción cuyo significado hace mucho olvidé, pero que sigo recordando.

Y me aislo. Otra vez.