Nubes.

Nubes

 

Volví a verla una vez más.

Paseaba por Londres, de camino a casa de mi luthier, que acababa de poner a punto mi guitarra y de paso iba a invitarme a unas cervezas. Era un día claro, azul, completamente atípico en el otoño inglés, que acostumbra a ser gris y desapacible.

La gente se tomaba este fenómeno como un gesto de buena voluntad de los dioses, y salía a la calle en familia, tomando el sol cada vez que asomaba entre las blancas nubes del cielo. Los veía felices, tranquilos, contrastando con la huraña actitud que acostumbraban a tener normalmente. Me paré a comprar el periódico y una cajetilla de Camel, que iba a acabar arruinándome si seguía con ese ritmo de encender los cigarros con las colillas encendidas de los anteriores.

El Támesis brillaba y cientos de jóvenes se reunían a sus orillas, cámaras listas para sus selfies. Veía parejas felices caminando del brazo y una sonrisa bobuna me brotó sin darme cuenta de ello. Daba gusto salir así a la calle.

Torcí por Baker Street y me introduje en el portal de Sam, que me esperaba con cerveza fría y varias anécdotas delirantes sobre su familia política. Sarah, su mujer, le quitaba hierro a sus payasadas y le daba en el hombro golpecitos de reproche. Me preguntaron por mi próxima novela y no supe que responderles. Aún estaba en fase de incubación; le faltaba algo; no estaba lista; no tenía ese toque habitual.

Llegué a mi casa medio borracho y con la guitarra dando tumbos en mi espalda. Mucha correspondencia, algunos fans y editores ansiosos por hacerse con mis servicios. Facturas, publicidad y folletos del asiático Mr. Wu. Una por una fueron desfilando a la basura. Me preparé un café, encendí otro cigarrillo y me apoyé en el balcón, disfrutando de la escasa fuerza del sol londinense. Fue entonces cuando la ví.

Parecía perdida, mirando ora el móvil ora a su alrededor como una posesa, buscando algo o a alguien. Mi corazón, curtido en mil batallas, se paró un instante, creyendo que o eran mis recuerdos que habían vuelto desde las sombras a joderme definitivamente o que ella, tan oportuna como siempre, se encontraba en el momento adecuado en el lugar adecuado.

Sabía que nuestros ojos se iban a cruzar. Vivía en un primero y ella estaba justo en frente de mis ventanales. Saboreé el cigarrillo con lentitud, con paciencia. Cuando por fin chocaron nuestras miradas, su móvil se fue al suelo. Me reí.

Fuimos a una cafetería en Covent Garden. Me contó que había estado casada con el poeta muchos años, hasta que se dio cuenta de que era como vivir con un desconocido y de que la relación no podía ir a más. Me dijo que había conseguido aquel trabajo soñado por el que tanto había luchado, y que era feliz. Viajaba mucho. Había conocido Florida, Hawaii, Tegucigalpa, Kenya, Las Azores. Vivió en Chile, en Uruguay, en Nueva York…

Ahora venía a Londres por negocios y había quedado con un autor prometedor, pero por lo visto había faltado a la cita.

Miró mi rostro en silencio durante un rato. Se sorprendió y comentó que como era posible que siguiese pareciendo tan joven, que no había cambiado nada en todos esos años. Entre risas, dijo que le presentase al diablo con el que había hecho el pacto e intentó tocar mi barba con la mano. Le paré en seco. La risa se ahogó en su garganta, haciendo el ruido del hielo al resquebrajarse.

Había oido hablar de mí en la prensa. Sabía que estaba muy solicitado, que se me habían concedido premios que nunca había ido a recoger, que me habían intentado contratar editoriales de todo el mundo, que por la calle me reconocían y me admiraban. Sabían lo que era capaz de hacer y, a pesar de no saber ni como era ni que escondía mi mente, necesitaban leerme. Y lo hacían febrilmente, de forma enfermiza. Con un comportamiento casi drogodependiente.

Pero a ella no le había gustado nada mi obra. Decía que mis historias no eran… “reales”. No era yo. Era como si alguien estuviese cogiendo mi mano y me forzase a escribir mierda insulsa y cutre, comercial. Que le gustaba más mi otro yo, el yo silencioso. El yo divertido y cruel, sátiro y gentil.

Abrí los ojos. La analicé, sentada delante de mí. Era mayor. Los años habían pasado factura en sus facciones. Era la mujer más bella que había visto jamás. Su sonrisa seguía ahí, intacta, como si el tiempo hubiese sido incapaz de hacer que se marchitase. Sus ojos me miraban de la misma manera que siempre. Su corazón latía apresuradamente, maquinando ensoñaciones que a mí se me antojaban adolescentes y pueriles. La ví, entera, tal y como era. La mujer que me había matado. La mujer que me asesinó a sangre fría.

Pagué la cuenta, me levanté con lentitud y apartando la silla le dejé con la palabra en la boca. Me persiguió fuera y me pidió explicaciones. No tuve que dárselas. Vio en mis ojos la respuesta, una respuesta que me gustaría haberle dado cuando se largó y rompió el hechizo de nuestro palacio.

Una pequeña parte de mí, un poso del cadáver que enterré en aquel jardín olvidado, quiso maldecirla, quiso insultarla y odiarla. Otra parte, bastante más grande, quiso abrazarla, besarla. Hacerle el amor allí mismo, llevarla en brazos a mi apartamento y pasar desnudos 23 días y 23 noches, hablando, follando, riendo, bebiendo, fumando, escribiendo, comiendo, mirándonos. Quise no volver a estar solo, quise no separarme de ella nunca más. Mi brazo, inerte hasta el momento, hizo un amago de acariciar su mejilla…

Pero no pude. Un cascarón de piedra se resquebraja y se erosiona con el viento y el agua. Pero el mío estaba hecho de adamantio. Y no había fuga posible. Mi creador había trabajado bien.

Me marché, haciendo caso omiso de sus lágrimas. Caminé por Londres mirando al cielo, sin prestar atención de los viadantes que me increpaban al chocar con ellos. Me fuí elevando lentamente, caminando por el aire hasta llegar a rozar las nubes con los dedos. Me senté en la más blanca de todas ellas y saqué mi inseparable libreta del bolsillo. Prendí un cigarro, pulsé el bolígrafo y en la primera página en blanco que encontré en el cuaderno, empecé a escribir.

Soñé por primera vez aquella noche tras años de tinieblas e insonmio. Era la primera vez que veía el claro vacío y luminoso, sin sombras ni ojos rojos en la oscuridad. Del gran árbol, a veces un roble, a veces un sauce, a veces una secuoya, sólo quedaba el tocón. Un bebé lloraba en su base, agitándose descontrolado, hambriento.

Lo cogí en brazos y canté con mi cascada voz una nana que me recordaba a mi madre. Sus lamentos fueron parando poco a poco y se dejó llevar por mi melodía, fundiéndose conmigo, saliendo de la pesadilla.

Un sendero luminoso se abría ante nosotros y empezamos a recorrerlo. Allí estaba ella, con sus ojos, con su cuerpazo, con su ingenio, con su encanto.

Pero la ignoré de nuevo, y marché hacia el futuro sin mirar atrás.

 

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Cenizas.

Cenizas

 

No era el peor sitio en el que me despertaba. Al menos no en ese último mes.

El césped estaba frío y húmedo por la lluvia, que aún arreciaba y me calaba hasta los huesos. Temblaba y me sentía sucio y desorientado. Un fuerte dolor de cabeza, fruto de la resaca y de una herida en la sién (probablemente producida por un botellazo) me daba mareos y al incorporarme sentí como el mundo se agitaba, dándome arcadas y ganas de tumbarme de nuevo. Pero tenía que resguardarme.

Cogí el autobús que me llevaría a mi casa. Todo el mundo me miraba con recelo, o eso me pareció a mí. Una señora sentada a mi lado agarraba el bolso con fuerza, mirando de reojo mi aspecto sucio y desharrapado. Una barba densa y despeluchada me cubría el rostro, donde mi nariz enrojecida y mis ojos inyectados en sangre completaban las pinceladas de un tapiz francamente desagradable.

Prefiero no hablar de mi olor corporal.

Me bajé del bus temblando de frío y meándome como un perro disciplinado cuyos dueños han encerrado en casa. Ignoré las decenas de cartas que se agolpaban en mi buzón y abrí la puerta de mi casa. El rellano olía a humedad, entremezclado con ese tufo que solo las casas de los fumadores empedernidos que jamás abren las ventanas pueden tener. Meé sobre la pileta de la cocina, pues llegar al baño con mis tambaleos febriles se me antojó harto difícil. No me quedaba azúcar, pues hacía diez u once días que ni pasaba por casa, por lo que me tuve conformar con un café amargo y sucio que, a pesar de lo que se pueda imaginar, me supo a gloria. Encendí un cigarro y me senté en el sofá del salón, dispuesto a dormir un par de horas más. Pero sin el alcohol inhibiendo mis pensamientos, me fue imposible.

Era la primera vez que estaba sobrio en muchos días. Repentinamente me dí cuenta de que estaba mojado, incómodo. A un borracho que vive en la calle no le importan tales visicitudes, las considera un mal menor en comparación con el pozo de mierda en el que está metido. Pero en ese momento, mi cerebro me enviaba estímulos acuciantes y no podía sino estar de acuerdo con él. Me desvestí, abrí el grifo del agua caliente y me dispuse a desincrustarme la roña.

El primer contacto con el agua ardiente fue como resucitar. Miré mis manos, mi abdomen, mis genitales, mis pies. Incluso alcancé a vislumbrar mi cara en el reflejo de la mampara. Buda… ¿que cojones me ha pasado? ¿que he estado haciendo con mi vida? ¿en que me he convertido?

No podía aguantarlo. Los recuerdos. Little D esfumándose en el aire… Regynald llorando desconsolado en frente del memorial de las torres gemelas. Irina, la anciana rusa de Kiev, tratando de descolgarse de la horca. Sus ojos translúcidos al mirarme y sonreir por fin al darse cuenta de que su hija seguía viva.

Ella, marchándose. Dejándome solo.

Golpeé los azulejos con el puño. Me dolió. Sangré cuando al segundo golpe uno que estaba ligeramente resquebrajado me rozó el nudillo anular. Mierda. Tengo que salir de aquí. Aporreé las mamparas gritando como un loco y pidiendo ayuda, hasta que finalmente resbalé y caí de culo. Encogido, lloré como un bebé mientras el agua y el vapor me cubrían por completo. Solté el veneno. Me liberé de esa tensión que llevaba meses, años aguantando.

Salí de la ducha despierto y lúcido. Las imágenes que mis ojos fotografiaban me parecían más reales que nunca. Me enrollé la toalla a la cintura y cogí la máquina de afeitar. Era hora de trasquilar a la oveja.

Limpio, aseado, caliente. Me faltaba comer algo para asentarme del todo. Cogí unos cuantos billetes de 20 euros que tenía en el cajón de la mesilla de noche y compré varias toneladas de comida. Probablemente se me pusiera mala en unos días, pero no me importaba. De camino a casa cargado de bolsas pasé por un turco de aspecto antihigiénico y me compré un dúrum de forma y tamaño obscenos. He comido cosas deliciosas desde entonces e infinitamente más nutritivas, pero creo que aquella masa de carne y verduras sigue siendo a día de hoy el recuerdo culinario más bello que persiste en mi memoria.

Encendí otro cigarro, satisfecho y pleno. Era el décimo que me fumaba aquél día. El cenicero estaba a rebosar, pero sólo quité las colillas, dejando la ceniza acumularse en él. Lo volqué sobre la mesa y empecé a trabajar.

Mis manos se movían con lentitud y paciencia, dándole forma a algo. Estaba bloqueado y completamente concentrado en ese proceso, haciendo con la ceniza una figura humanoide. Tallé con un cuchillo los detalles faciales y corporales, dándole a la figura un aspecto muy semejante al mío. Lo dejé reposar al lado del calefactor para que se asentase y se ensamblase.

Luego, cuando ya anochecía, comencé a enseñarle a hablar y a moverse. Era complicado, pues carecía de cerebro y músculos, pero tras varios días conseguí mantener con él una conversación racional.

Pasaron los meses, y el gólem de ceniza creció hasta alcanzar mi tamaño. Y entonces fue cuando por fin me hizo la pregunta que llevaba esperando desde el día en el que lo creé.

-¿Cual es mi proposito? ¿Que hago aquí?

-Tú eres una recreación de mi subconsciente. Eres mi renacimiento. Eres lo que yo soy ahora, mi punto de partida.

Entonces empecé a desgarrarme la piel. Era como quitarle a un bollo el envase que lo recubre, indoloro y sencillo. Cada trozo que me arrancaba lo colocaba en las partes donde la ceniza daba forma a mi cuerpo. Encajaban todas en su sitio y se completaban, se unían, no dejaban grieta. El gólem observó todo el proceso en silencio, expectante.

Por fin, al llegar a mis ojos, la última parte de mi cuerpo que aún no formaba parte del suyo, le avisé de los riesgos que suponían ser yo.

-No existe la felicidad en mi interior. Me fue negada en su día, o más bien me la negué yo. Tienes la oportunidad de empezar de nuevo, de restaurarme. De ser valiente, de recobrar el control. Escribe. Escribe sobre mí, sobre nosotros. Haz de este momento el último recuerdo de mi existencia y comienza a relatar la tuya.

Me separé del hombrecillo que se hacía pasar por mí. Me había transferido su piel, pero no su corazón. Lo agarré con las manos y comprobé que, efectivamente, su oscuridad ya no tenía solución. Parecía débil y marchito, sus cenizas ya apagadas. No había un odio que las reavivase ni un amor que las acumulase. Yo había sido su última obra, su último deseo. Pero ahora era él. Y él ya no era nadie.

Lé cogí en brazos y, en la oscuridad de la noche, lo enterré separado de su corazón. Grabé en su lápida el epitafio que el quería. No puedo contar cual fue, pues sólo nos pertenece a nosotros. Velé por él toda la noche, mientras sentía que según su llama se apagaba, la mía se encendía. Sentí dicha y tristeza. Tenía sueño por primera vez, pero estaba más despierto que nunca. La brisa del viento y el roce del chispeo que deja la tormenta al alejarse. Sentí vida. Lloré un poco por ese pobre diablo que tanto había sufrido al haber tenido que hacerse pasar por mí. Pero no había cabida para los remordimientos. Todavía no.

El sol ya estaba en el cielo cuando abandoné el sepulcro. Pisaba los charcos mientras me dirigía a casa, como un chiquillo.

Una sonrisa me cruzaba el rostro, correspondida por la gente que me miraba al pasar. Encendí un cigarro. Había llegado la hora de escribir de nuevo.

 

 

Toxinas.

Toxinas

 

La Aconitum, vulgarmente conocida como Capucha de monje, es una planta bastante curiosa. Familia de los ranúculos, florece en los jardines de Reino Unido, bajo el cuidado de numerosas familias. Es hermosa, de un vivo color violeta, y sus flores tienen la forma de un capuchón cerrado, de ahí el coloquialismo.

La Aconitum también tiene otros nombres. Hay quien la llama Casco del Diablo y Reina de los venenos.

Se dice que las hojas y raices de la Aconitum segregan una toxina tan fuerte y letal que es capaz de realentizar el corazón de un hombre hasta detenerlo por completo. Cosa curiosa, pues muchos amantes de la botánica gustan de tenerlas en el jardín a pesar de su peligroso toque. Hay algunos que incluso las confundieron como hojas de lechuga y las echaron en sus ensaladas, inconscientes del peligro que cometían. Muchos sobrevivieron, pues los vómitos y la diarrea prematura que provocan sus primeros efectos dan lugar a la limpieza de la sangre y el organismo.

Pero otros no lo hacen.

El joven Dean, conocido como Little D. en su pueblo natal cerca de Southampton, Inglaterra, recogió una vez un ramo de estas maravillosas flores para agasajar a su amada.

Ella, una niña mimada que provenía de una familia extremadamente acaudalada, jugaba con Little D. y con su alocado corazón. Gustaba de hacerle pasear como un perrillo por delante de sus amigas, pues Little D., aunque inocente, era bien parecido y un galán de los que escaseaban por aquellos tiempos. Ellas se morían de envidia al ver a su amiga con tan apuesto jovenzuelo y le preguntaban a Daisy, que así se llamaba la muchacha, como había conseguido una pesca tan suculenta. Ella reía y se retroalimentaba de vanidad, dejando que sus compañeras del té pensasen que eran una pareja, un proyecto de boda en ciernes.

Luego, tras los largos paseos, Daisy provocaba el rubor en las mejillas de Little D. con algún comentario subido de tono para acto seguido escabullirse al interior de su mansión, donde practicaba el sexo con Jon Trace, el profesor de música de la escuela. Otras veces le tocaba el turno a Robert McGee, el piragüista de Oxford. Otros tantos pasaban por la alcoba de Daisy, dejándola satisfecha y contenta. Mantenía al enamoradizo Little D. como tapadera ante la alta sociedad inglesa, pero no sentía nada por él. Su corazón era una piedra, inexpugnable. No se le podía reprochar tal cosa, pero a Little D. se le acababa la paciencia y un día, en un impulso, compró un gran anillo en la joyería de la calle Berkeley y, tras el consentimiento orgulloso de su padre, se inclinó ante Daisy con el anillo en una mano y las flores en la otra.

Daisy notó por primera vez en su vida que su corazón se ablandaba. Esa coraza de piedra se resquebrajó por fin y vio en los ojos de Little D. el amor. Ese amor profundo y real que pocas veces sucede y sobre el que todo el mundo escribe. Se abalanzó sobre Dean y le plantó un beso en los labios, seguido de un susurrante “si quiero” al oido.

Habrían sido los momentos más felices de la vida de Little D., pero no llegó a oirlos. Se deslizó como un títere sin cuerdas entre los brazos de Daisy y cayó al suelo, los ojos inertes y el corazón silencioso. Su mano, que había apretado las flores hasta dejar las marcas de los tallos clavadas en la palma, se abrió por última vez, dejando caer el ramillete de Aconitum al suelo, donde empezaron a resquebrajarse y a marchitar.

Poco se habla de ello desde entonces. Unos dicen que Little D. sabía lo de los amantes de Daisy, y que su corazón, puro y amable, no había podido aguantarlo más. Otros rumoreaban que la muchacha era una bruja, que había roto el corazón de Dean para reemplazar un pedazo del mismo por el suyo, con el fin de conseguir mayor longevidad. Este rumor quedó silenciado tras el suicidio de la niña, al precipitarse por un acantilado dos días después de la muerte del chico.

La mayoría de las personas dicen que fueron las flores, las Aconitum, las que mataron a Little D. y envenenaron su organismo hasta el último de sus rincones.

Pero yo se que no fue así.

Hace poco, o relativamente poco, viajé a Southampton para comprobar con mis propios ojos la casa que relatan las leyendas. La casa de la familia de Daisy.

Estaba abandonada y mugrienta. Sus cristaleras rotas por ladrillazos y pedradas de los chavales que pasaban con las bicicletas por su lado. Graffitis decoraban las paredes interiores y exteriores y por todos lados se veían indigentes que buscaban sus aledaños como refugio, quemando bidones de queroseno para tener luz y calor por las noches.

Me adentré en su interior esquivando yonkis, putas y degenerados. En el sótano, donde debería de haber un armario, ahora se abría ante mis ojos la entrada profanada a la cripta familiar. Ese lugar estaba desierto, tal vez debido a los efluvios pestilentes de humedad y huesos podridos que emanaban de las tumbas abiertas.

Me acerqué y ví a Little D. sentado en la cripta de Daisy. Estaba delgado y harapiento, y su forma translúcida me permitía ver a través de él. Era el fantasma menos intimidante que me había encontrado jamás.

Si le extrañó mi presencia en ese lugar, no lo demostró. Tampoco lo hizo al saber que podía verle. Me contó con voz trémula que no había podido dejar de odiar a Daisy por todo lo que le hizo, y que tampoco había sido capaz de dejar de amarla. Una contradicción que yo conocía muy bien.

Le hablé del árbol de mis sueños, de las raices que de él me había librado en su día. De que ser un muerto en un plano de vivos era incompatible y que poco a poco su mente se marchitaría, dando lugar a un cascarón vacío e incorpóreo. Nada de ello pareció afectarle, ni le hizo reaccionar de ningún modo… hasta que le mostré el anillo. Su anillo. El anillo de Daisy.

Le dije que la había visto, en el acantilado. Llevaba años lanzándose una y otra vez al vacío, sintiendo como el impacto rompía todos sus huesos una y otra vez. Era su penitencia, y no cesaría en su empeño hasta reparar lo sucedido, hasta dejar de sentirse culpable. Conseguí tranquilizarla y calmar sus pesares. No necesitaba volver a la vida, solo quería que el hombre que la amó con tanta fuerza la perdonase. Quería ser libre, pasar al otro lado.

Little D. lloró. Lloró por primera vez en su muerte y dejó que Daisy se marchara. No había sido su corazón roto lo que le había matado. Tampoco el veneno de las Aconitum, que no habrían podido actuar tan rápido y de forma tan letal. Y Daisy, obviamente, no era una bruja, pues tales cosas solo existen en las historias y solo las creen los necios y los locos.

Su muerte había sido provocada por una pastilla de cianuro que había mantenido en sus dientes desde que había entrado en la mansión. Little D., desesperado, decidió que si ella no aceptaba su propuesta, mordería la pastilla y se suicidaría allí mismo, pues su vida lejos de su lado se le antojaba imposible y un sin fin de sufrimiento. No contaba, claro está, con el efusivo beso de la muchacha que, dada su experiencia previa, solía dar a sus amantes habituales. Dean masticó por accidente. Y murió por accidente.

Me resultó bastante divertido en su momento. Ahora me dan ganas de llorar al recordarlo.

Little D. y Daisy se encontraron por fin al otro lado, pero no siguieron juntos. Cada uno se marchó por su camino. Supongo que era lo más lógico, pues al final, las peores experiencias son las que cuentan y ni el amor, aunque en este caso fuera puro y honesto en su final, pudo mantenerles unidos.

La Capucha de monje letal es una de las plantas más venenosas del mundo. Se han documentado muchos casos de envenenamiento por sus pétalos y raices, e incluso ha segado vidas de incautos con afán de vestir sus jardines con la belleza de sus pétalos. Es una muerte fea, horrible, cruel.

Pero una cosa es cierta…

Prefiero sentir el veneno de la Aconitum paralizando mi cuerpo que volver a sentir en el corazón las toxinas de ese sentimiento al que llaman amor.

Vacío.

3

 

Un cadáver marchito colgaba del tocón del viejo sauce. Ramas y raices se enroscaban en el cuerpo, apretando y rasgando su escasa y podrida carne.

Yo estaba delante de él, observando. A pesar de su avanzado estado de descomposición, ya casi hueso y piel momificada, era evidente que se trataba de mi yo futuro.

No era la primera vez que entraba en aquella pesadilla. Circulaba por los rincones más sucios de mi subconsciente y de vez en cuando se me aparecía por las noches. Caía en el sendero onírico, caminaba por la espesa maleza y siempre acababa en ese claro. Normalmente desaparecía tras unos momentos de mirar el sauce, pero aquella vez era distinto.

-Supe que eras tú, lo supe desde el principio. – Le dije a mi propio cadáver.

-Pero no querías creerlo – susurró una voz detrás de mí – Te negaste a mirar a la realidad a los ojos y ahora vas a pagar por ello.

Me di la vuelta. Era ella. Siempre era ella, acechando en la oscuridad, haciéndome sufrir de las maneras más inimaginables. Era mala para mí, y yo lo sabía. Por eso no quería separarme de su lado.

-No fue un error – expliqué mirando la estaca que llevaba en la mano derecha – No lo fue. Te quise como eras, intenté arreglarlo todo pero tú… tú ya no me querías. Tú decidiste dejarme ir. No pretendas culparme.

Se abalanzó sobre mí y, rápida como el rayo, me clavó la estaca en el centro del pecho, perforando esternón, pulmones y un trozo de corazón. El impacto del golpe me lanzó sobre el sauce, chocando con mi antiguo cadáver, que se deshizo en mil volutas de humo. Tosí. No sentía dolor. Ya no. Sangre negra y espesa se acumulaba en el negro agujero que me había dejado la estaca.

-Como puedes ver… ya no puedes hacerme daño. Al menos no de esa manera. – Sonreí – Gracias por enseñarme esta lección. Será lo último que aprenda de tí.

-¿Acaso crees que me importa? – se dio la vuelta – Sólo quería comprobar si era cierto que podías sobrevivir a algo así. Ahora que lo sé, no me interesas más. Mi siguiente presa seguramente sea más suculenta.

La perdí de vista cuando salió del claro. Las ramas del tocón empezaban a rozarme las manos y sus raices se enroscaban suavemente por mis tobillos. Las acaricié como a viejas amigas que hace siglos que no ves.

-Creo que ha llegado el momento de descansar. Nos lo merecemos, ¿verdad?

Desperté de la pesadilla mucho antes del amanecer. Me dolía el pecho y las lágrimas abrasaban mis mejillas. Cogí el móvil y el estómago me dio un vuelco al comprobar que no tenía ningún mensaje. Ninguna llamada. Nada.

Me metí en la ducha y dejé que el agua tibia me reconfortase. Lloré de nuevo, pero casi sin ganas, simplemente como reflejo de autocompasión. Que triste era, que pena daba. Ya no era capaz de sentir nada. Me sentía patético y sucio.

Un reflejo blanco iluminó el espejo del baño. Fue un instante. Un destello apenas visible. Pero lo noté.

Me miré el agujero del pecho. Sonreí. A simple vista nadie lo habría notado, pero yo sabía que, en el fondo, algo empezaba a brotar.

A la noche siguiente, la pesadilla había cambiado. Y las raices, antes inamovibles, habían aflojado su presa por primera vez en lo que a mí me pareció una eternidad.

No puedo decir que me hiciese feliz el cambio.

Pero el tiempo se encargará de esa eventualidad.

Elegía.

Elegía.

 

Supe que se había marchado incluso antes de abrir la puerta.

Flotaba en el ambiente su olor, ese olor tan peculiar que solo desprendía ella. La casa estaba en ruinas, el yeso se desprendía del techo y los rincones estaban quemados y mugrientos. La fuente de agua que habíamos restaurado estaba ahora quebrada, sus figuras descabezadas y los pilones cubiertos de herrumbe.

Su hechizo se había ido con ella. Ahora de nuestro palacio solo quedaban los restos y las arañas.

Paseé por los corredores con lentitud, observándolo todo como en un sueño, aun sin creer que aquel estercolero fuera el mismo lugar en el que ella y yo habíamos sido felices, administrando el fuego que iba creciendo lentamente en mi interior. La había visto pasearse con aquél poeta. Los había visto besándose y acariciándose. Sabía la verdad.

Ella también la vio en mis ojos en el pasado. Mis movimientos febriles frente a la máquina de escribir. Mi manera de ignorarla y de convertirla en una extraña para mí. Nuestras discusiones en frente de la chimenea, la crispación, sus celos, mi absentismo.

Nadie que nos hubiese visto hubiera imaginado otro resultado.

Su poeta era atractivo. O eso les parecía a todas las mujeres. Recitaba palabras bellas en verso libre, simplezas mundanas para mentes planas. Hijo de la gran puta. Un escritorzuelo del tres al cuarto que necesitaba plagiar el manido concepto del amor gongorino para sacar de su floja sesera una frase blandurria y falaz, tópica y repulsivamente melosa. Era un poeta de esos que te hablan de sentimientos metiéndose en el cuerpo popper y antidepresivos, de los que te follan mirando a la pared mientras lloran por el amor perdido. Un hipócrita de la palabra escrita, un fraude desorejado con ínfulas de puta de arrabal.

Un mierdas. Eso es lo que era.

Por su culpa tuve que exiliarme. Pero me adelantaría a los acontecimientos. Y huelga decir que su imagen jamás pesó en mis pesadillas.

Tomé de la repisa de nuestra preciada chimenea, ahora solo polvo y esquirlas de mármol, nuestra foto. Rasgada, claro. Mi imagen estaba borrosa y arañada y la suya había desaparecido por completo. El fuego no dejó de crecer en mi interior.

Me tumbé en nuestra cama, donde tantas veces habíamos hecho el amor. Una carta de despedida me esperaba bajo el esqueleto de mi almohada. Tan solo decía mi nombre. Nada más. El resto eran borrones y lágrimas.

Cerré los ojos y me dispuse a soñar.

Vi aquél árbol alzarse ante mí. Era distinto al roble en el que me tumbaba con ella. Sus raices eran grises y el tronco se abría, mostrando un témpano de hielo encajonado y derritiéndose con lentitud. Me acerqué con miedo, dándome cuenta que a mi alrededor el claro se iba encogiendo, provocándome punzadas de miedo y claustrofobia. Las ramas del árbol estaban peladas y marchitas, sin vida. Tuve que esquivar las más bajas y una de ellas al rozarme me provocó un corte. Dolía.

Me acerqué al témpano de hielo y oteé en su interior. Algo, o alguien estaba ahí dentro, fosilizado como un mamut en un glaciar. Me acerqué un poco más, intentando reconocerlo. Fue un error.

Una mano que no había visto me agarró repentinamente del cuello. Unos ojos rojos, brillantes en el interior del hielo me miraron. Sangraban por las cuencas y su sonrisa me heló el alma.

-Te veo – Susurró el ser.

Logré zafarme de su presa y corrí hacia el bosque, tropezando numerosas veces con las ramas y las hierbas que por mi paso se cruzaban. No paré de correr hasta que estuve a punto de caer por un acantilado que daba al mar más oscuro que jamás había visto.

Te he visto – dijo una voz a mi espalda – Ya nunca jamás podrás esconderte.

Era él. El poeta. Se alzaba a 3 metros de mí, deformado por el horror de mi pesadilla, con la mano alzada y su sonrisa maníaca esgrimida como un cuchillo sangrante.

No lo dudé. Antes de que sus dedos me rozasen de nuevo, me arrojé al vacío.

Me desperté bañado en sudor y gritando como jamás lo había hecho en mi vida. Arrojé por las paredes todo lo que me iba encontrando. La mesa, los barrotes rotos de la cama, el armario, un despertador antiguo. Cuando no me quedaba nada que lanzar me rompí la mano golpeando la pared, que se hundió bajo mis acometidas febriles. Presa del odio, con el fuego liberado y consumiendo mi mente hasta convertirla en cenizas ardientes, rebusqué por el caótico suelo una caja de plástico que guardaba mi pistola.

Calibré con las dos manos su peso e introduje un cargador lleno en ella.

Luego me puse el abrigo y escondí la pistola en su interior.

Me miré en un trozo de espejo que había en el recibidor. Mis ojos ya no eran del mismo color del mar en calma. Ahora eran cuencas vacías, sin vida.

Había llegado la hora de hacer que el poeta escribiese su última elegía.

 

Preludio: Y ahora…¿Qué nos toca?

Preludio

 

Después de darle muchas vueltas, y teniendo en cuenta los sucesos acaecidos esta última etapa de mi vida, he decidido hacer una serie de relatos que van en línea recta, superponiéndose y conectándose, protagonizados por el mismo personaje, un ser antes encerrado y ahora libre que se pasea por los rincones más oscuros y deprimentes de mi imaginación.

No son relatos agradables. Ninguno de ellos va a tratar de caca, penes, sexo u orangutanes.

Van a hablar de amor. O de lo que quien esto escribe considera amor.

Pero no son agradables.

Si nos ponemos en situación, imaginemos un pequeño pueblo a las orillas del Mediterráneo. Un pescador viejo, canoso, puede que en en el cénit de su vida atrapa en su red, junto con algunas sardinas, un pequeño libro envuelto en una bolsa de plástico. La gran mayoría de sus páginas están destrozadas y la tinta no es que esté borrada, es que es inexistente. Pero algunos capítulos de ese libro estaban intactos.

El pescador, gran amante de la literatura gracias a la pasión contagiosa de su difunta mujer y de sus hijos, lo lleva a casa y, junto al pequeño de ellos, que aún sigue viviendo con él mientras estudia para ser juez, transcribe en varios folios lo que el autor en él relata.

El título de la portada aun era legible. “El Gólem de Ceniza”

Espero que los que leais esto seais conscientes de lo jodido que es para un escritor de ficción escribir este tipo de cosas. Es abrirse de verdad, no disfrazar la realidad con florituras o metáforas rebuscadas. Es contar algo que nace de las cavernas de la emoción humana y de los sentimientos que normalmente se esconden. Es algo que viene desde la tristeza, desde la soledad y desde el odio, pero que a su vez, está contrarrestado por el amor.

Disfrutadlo.

Yo fundé Babilonia.

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Despierto. Una masa pringosa y maloliente me roza la oreja.

Joder, parece mentira… son las babas de Marilyn, inclinada como una contorsionista en el respaldo del sofa, que ronca como un becerro. Su vestido blanco parece incitarle a no llevar ropa interior, por lo que ahora mismo su coño apunta directamente a la cara de Nietzsche, como un cañón infernal. Este no parece notarlo, ocupado como está con los crucigramas del sábado. Maldice y perjura en alemán, moviendo los bigotes a toda pastilla.

Me desperezo y me levanto haciendo crujir todas mis articulaciones. ¿Qué cojones hacía durmiendo en el sofá? La luz del sol me abrasa los ojos y rebusco entre los cojines del diván en busca de mis gafas de sol. Las localizo por fin. Me cago en Judas… están partidas por la mitad. Me las pongo igualmente y me miro al espejo. Parezco un psicópata, o tal vez un politoxicómano. Ninguna de las dos opciones me tranquiliza.

Alguien acaba de pegar un grito desde la habitación de al lado. Irrumpo en ella como una exhalación y efectivamente, Kant y Ortega y Gasset han vuelto a las andadas.

-¡Yo soy yo mismo y mis circunstancias, pedazo de anormal! – grita uno.

-¡Pienso, luego existo! – replica el otro.

-¡Eso es de Descartes, imbécil!

-¡Yo soy cola, tú pegamento!

Les agarro de las orejas, separándoles, y empiezan a darme excusas de quien ha empezado y quien no. Me importa tres cojones. La resaca está a punto de hacerme perder la cabeza y necesito un descanso. Les amenazo con la mano del anillo y prometen portarse bien. Más les vale.

Hacen las paces, les dejo jugando con los legos y me dirijo a la cocina. Necesito un jodido café. Ghandi ha hecho tortitas, le suelen salir bastante bien. Mientras las engullo y empiezo a sentirme mejor, escucho su conversación con Fernando VII. Ya estamos otra vez con el temita de los negros… Afortunadamente Fernandito no es demasiado inteligente y se balancea de un lado a otro de la banqueta, sorbiéndose los mocos con sonrisa bobalicona. Sobre su paletó tenía anudado un babero con cara de cerdito sonriente. Un hilillo de líquido amarillo gotea por la pernera de sus polainas.

Mierda, ahí está Reagan. Otra vez no.

-¿¡QUIEN COJONES SE HA VUELTO A CAGAR EN MI TABURETE!? ¡LENIN, HIJO DE LA GRAN PUTA, COMO TE PILLE…!

Salgo a hurtadillas de la cocina con el café en la mano, justo cuando Lenin entraba motosierra en mano. Me choco con Góngora y su loro.

-Ah, estás aquí. Mira lo que le he enseñado a decir – exclama con una sonrisa.

-Brrrwak, por detrrrrás otrrrra vez no – grazna el loro desencajando los ojos.

Reprimiendo una arcada, me deslizo por la puerta de mi cuarto, dejando al poeta con sus filias sodomitas. Necesito una cabezada.

Tienes que estar de coña…

-¡¡Tómame!! – exclama Frida Khalo, tumbada en porretas sobre mi cama – ¡¡No puedes seguir evitando lo nuestro!! – modula su voz y la transforma en un susurro. Su ceja se inclina peligrosamente hacia mi paquete – ¿Te pongo un disco de TamTam Go? – Bizquea.

Huyo despavorido por el jardín trasero. Beethoven y Curie juegan a la brisca en el césped y comparten ideas junto con un canuto. Ella se descojona cada vez que el compositor se atraganta con el humo. Rembrandt vomita sobre un seto que Freddy está recortando, dándole forma de polla gigante. Los Pink Floyd, probablemente colocados de anfeta, caballo y estramonio, pasan tambaleándose por mi lado con decenas de bolsas colgando de sus cuerpos.

-¡Eh, J! ¡Fiesta de pijamas en el garaje! ¡Amy y Kurt van a preparar su brebaje secreto! – me invitan al pasar.

Me siento agotado. No ha hecho más que empezar el día y ya tengo a toda esta panda de subnormales dando la nota. Un coro celestial pasa por la acera de enfrente mirando con desaprobación. Retiran la cara cuando les saludo tímidamente. Agacho la cabeza, para alzarla de nuevo y mirar al letrero que cuelga de la verja que da a la entrada del chalet.

“BABILONIA”.

Papá tenía razón. Ha sido una mala idea.