Un portal de Malasaña.

 

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Se dice por Malasaña que algo extraño pasó en aquél portal hace ya unos años.

Según relatan, un chico de Toledo vino a vivir a Madrid para estudiar su carrera. ¿Que cuál era? Lo desconozco. Supongo que esos pequeños detalles de su vida poco importan, pues siempre que he oido esta historia la gente se centra en lo que allí aconteció.

Por lo visto, cuando este chico llegó a la ciudad empezó a buscar piso, sin parar. Tenía los ahorros justos para ir sobreviviendo en un hostal del tres al cuarto en la calle San Bernardo. Era una tarea difícil, pues por aquél entonces no existía internet y tenía que patearse las calles, visitar casas y estudios que se le antojaban deprimentes y desproporcionadamente caros.

Un día, paseando por el centro se fijó en un cartel de “se alquila” que colgaba de un balcón. Pertenecía a uno de los edificios que formaban la larga línea de la calle de la Palma. Tenía un aspecto francamente ruinoso, como de posguerra. La puerta del portal, verde oscuro, chocaba con el estilo antiguo y desolado del bloque, como si la hubieran puesto allí por error. A pesar de todo, la zona era buena y no tenía mucho para elegir. Corrió a una cabina telefónica y llamó al número que allí aparecía.

Aquella misma tarde quedó todo cerrado. El piso era pequeño, pero estaba limpio, ordenado y tenía buena luz. El precio era bajo, mucho más que cualquiera de los otros que había visitado. Estaba amueblado con un estilo bastante moderno y no se apreciaban goteras, ni nada que pudiera ser considerado un desperfecto. Además tenía la ventaja de poder vivir solo, mientras que en los demás alojamientos que había visitado tendría que compartirlo con otros estudiantes. Se sentía afortunado, casi culpable por haber conseguido una ganga así.

A pesar de todo, algo le inquietaba. No sabía si era su casero, un amable anciano que le había prometido que “jamás pasaría por allí”. También le intranquilizaba la sensación de que estaba solo en el edificio. La primera semana solo era un presentimiento. La segunda pasó a ser una preocupación. La tercera semana pasó a la acción. Llamó a todas las demás puertas del bloque, pero nadie respondió.

El silencio en el piso era sepulcral. La calle parecía abarrotada mientras caminaba por ella hacia su casa, pero tras subir las escaleras y entrar al recibidor, dejaba de estarlo. Muchas veces se asomaba a la ventana y no veía a nadie, como si la tierra se hubiera tragado a todas esas personas.

Pasados dos meses, esto dejó de importunarle. Salía por las mañanas de casa y no volvía hasta muy entrada la noche, por lo que no pasaba demasiado tiempo en el piso. Los fines de semana solía volver a Toledo con sus padres o se quedaba en la biblioteca estudiando hasta tarde. Se había creado una rutina.

Entonces empezaron a ocurrir cosas aún mas extrañas. Sombras que se movían por las paredes sin que árboles mecidos al viento pudiesen provocarlas. Ruidos que en el silencio natural de la casa sonaban como trompetas en un funeral. Cortes de luz repentinos que dejaban el edifico en la oscuridad más absoluta. Una risa sepulcral se deslizaba por las cañerías y al acostarse, el chico sentía que unas manos se deslizaban por su cuerpo mientras que una tenue voz susurraba su nombre. El estudiante trató de ponerse en contacto con el casero, pues desde aquél primer encuentro no había vuelto a saber nada más de él, pero la línea telefónica estaba cortada.

A los cuatro días del comienzo de estas eventualidades empezó a ignorarlas también. Pasaron a formar parte de su hogar como si de otro mueble se tratase.

Los fantasmas ya eran cosa de otro cantar. O eso deberían de haber sido, supongo. La primera vez que vio uno se quedó pasmado, pero tras unos instantes se encogió de hombros y lo ignoró por completo. Tenía un examen complicado al día siguiente y no quería suspenderlo. La cara del fantasma fue un poema. Se abalanzó sobre él, buscando una reacción más acorde con su presencia, pero el chico, cansado de que no le dejase estudiar, le agarró por los faldones y lo metió en el congelador.

Al día siguiente, cuando estaba preparándose unos macarrones, sonó el timbre de la puerta. Era la primera vez que pasaba en los tres meses que llevaba allí. La abrió y vio en la entrada a una niña ahorcada, que le señalaba con el dedo y gritaba. De sus ojos manaba sangre.

– Ahora no, que voy a cenar – dijo el chico, y le cerró la puerta en las narices.

Volvieron a llamar esa misma noche, pero en aquella ocasión era el anciano.

Empezó a gritar al joven que era un desconsiderado, un paleto, un haragán. Nunca, le dijo, en sus 80 años asustando a la gente se había sentido tan despreciado. Lo que empezó como un reto, se había convertido en una tortura, gimoteaba el pobre hombre mientras hacía aspavientos. Al rato de increparle se derrumbó en el suelo y se puso a llorar. Tanto la niña como el fantasma, que había logrado salir del congelador e iba camino de pillar una pulmonía, le consolaron, lanzando de vez en cuando miradas de reproche al estudiante, que se miraba los pies avergonzado sin saber que decir.

Al día siguiente, el chico cogió sus maletas y se marchó de aquella casa. Encontró un piso compartido bien lejos del centro de Madrid. Cuando le preguntaron que por qué se había ido de su anterior hogar, el chico respondió:

– Me pillaba demasiado lejos de mi camello habitual.

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Voces al otro lado.

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Oigo voces más allá de mi pequeña celda.

Gente riéndose, creo.

Los conozco a todos y a cada uno de ellos. Noto sus miradas de desprecio, por mucho que se esfuercen en ocultarlas. Noto los giros internos de sus pensamientos y sé lo que piensan de ese pobre fracasado que se agazapa en un rincón. Son como pequeñas astillas de asco y desdén que se clavan en mi piel haciéndola sangrar una y otra vez. Pero no voy a gritar de dolor. Nunca lo hago. No les daré esa satisfacción.

Salgo del cuartucho y me mezclo con el gentío. Sonrisas falsas por doquier y acercamientos sigilosos sobre las presas mas endebles. Ellos creen que tienen el control porque saben que pueden hacer daño con ese burdo baile de máscaras que hace tiempo crearon. Sus gestos parecen desenfadados, pero calculan al milímetro cada uno de ellos para agradar, rechazar o agredir.

Son como putas ovejas balando incesablemente el mismo cántico humillante. Se dan palmadas en la espalda y se piensan que están resguardados los unos con los otros. Pero nada más lejos de la realidad. Ninguno de ellos daría un duro por el prójimo si en ello tuvieran que sacrificar lo más mínimo.

Parásitos endebles y lamentables…

Me desplazo como una sombra. Les odio internamente y me dan ganas de vomitar. Pero quiero ser como ellos. Odio ser una individualidad en un mar de colectividad. Me aborrezco a mí mismo por haberme convertido en ese ser independiente que ellos tanto ansían y creen ser. Pero no puedo confiar. No puedo dejarme llevar por la calidez de la manada. No quiero ni pensar en las consecuencias que eso tendría.

Aunque lograse hacerme pasar por uno más, mis propios gestos me traicionarían. A los pocos segundos me tacharían como lo que soy, un deshecho social que se desliza por los suburbios de la autocompasión y cuyos problemas son tan nimios que a nadie les importa una mierda. Al instante saldrían al paso con una parodia bien orquestada sobre mi vida y me olvidarían como si no fuese más que una pequeña mota de polvo que se ha posado en sus pecheras. A no ser, claro, que necesitasen algo de mí. En ese caso, harían como que escuchan mi triste diatriba y ofrecerían gestos de consuelo completamente robotizados y alguna que otra patética intentona de solución.

Monto en cólera. Araño las puertas y las ventanas. Siento que la asfixia se apodera de mí al no poder salir de esa sala, donde el rebaño bien juntito berrea y cocea. Golpeo una mesa y la derrumbo con un gesto seco. Me arranco la camisa y aullo. Mi voz se oye por encima del balido, pero nadie la escucha. Nadie la atiende. No soy parte de la manada. No tengo nada que ofrecer.

Corro hacia mi celda de nuevo y cierro los barrotes con llave. La tiro bien lejos de mi alcance. No quiero volver a salir, no quiero volver a tener la tentación.

Abro la cajetilla de tabaco y me enciendo un cigarro. Ensordezco las voces tapándome los oidos y tarareando aquella antigua canción cuyo significado hace mucho olvidé, pero que sigo recordando.

Y me aislo. Otra vez.

El curioso caso de la chica que se enroscaba en mi brazo.

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Os voy a contar una pequeña anécdota.

Hace unos años, estuve saliendo con una chica. Os parecerá extraño, pero no recuerdo su color de pelo. Tampoco recuerdo sus ojos, ni si tenía una bonita sonrisa. Tampoco recuerdo sus tetas ni su culo. Ni si su vientre estaba plano o no.

Recuerdo que siempre, todas las noches, cuando nos acostábamos (ya fuese en su casa o en la mía) tenía la peculiaridad de enroscarse siempre en mi brazo.

A vosotros obviamente no os parecerá raro, pero a mí me desconcertaba profundamente.

A veces, cuando terminábamos de follar, exhaustos, ella se quedaba dormida. Pues bien, hiciese calor o frío, estuvíesemos desnudos o vestidos, sudados o resecos, tapados o sin tapar, ella se enroscaba en mi brazo.

Daba igual mi postura. Podía estar boca abajo, boca arriba, hacia el lado ofreciendo el culo o la bragueta, en posición de avestruz, en posición fetal… lo mismo daba. Ella se enroscaba en mi brazo y allí se quedaba.

A veces tardaba un poco en hacerlo, sí. Más de una vez me dormía el primero y ella podía estar en la otra punta de la cama. Pero al despertar, lo primero que notaba era el brazo dormido y lo primero que veía era a ella enroscada en él.

Y no es que siempre fuese tras una agradable sesión de sexo. Ni mucho menos. En no pocas ocasiones discutíamos y nos lanzábamos puyas hirientes y malintencionadas. Nos acostábamos bastante cabreados el uno con el otro y sin mirarnos. Daba lo mismo, por supuesto. Ella se enroscaba en mi brazo.

Pero es que hasta cuando no dormíamos en la misma cama se repetía la misma historia. Una vez fuimos al pueblo donde vivían sus padres. Muy conservadores, nos alojábamos en cuartos distintos por esa estupidez llamada decoro. Y sí, lo que estais pensando sucedió. Cuando mi suegra vino a despertarme por la mañana, meneó la cabeza al ver a su hija enroscada en mi brazo.

Por fin llegó el día en el que la curiosidad me superó. Le pregunté por aquella manía suya con todo el tacto posible. Si bien es cierto que no parece un tema de conversación espinoso, por aquella época no sabía a que atenerme ni por donde me podría salir una chica tan dada a la habilidad para el enrosque.

  • ¿Y donde iba a enroscarme yo si no? – me respondió con naturalidad.

La verdad es que su respuesta me dejó de piedra.

  • ¿En una pierna, quizás? O en el torso. El torso es un gran sitio donde enroscarse. Amplio, cómodo y con vistas a la barbilla. – alegué.

Ella negó con la cabeza.

  • Tu brazo es el mejor sitio para enroscarse. Es largo, delgado y accesible. Desde él puedo apoyar la cabeza entre el hueco que forman tu hombro y tu mandíbula. Me permite darte besos en la barba y acariciarte el costado. Es la posición perfecta para que me abraces en modo cuchara, o para que ponga mis piernas sobre las tuyas. Y me da accesibilidad a tus puntos clave cuando estoy mimosa, triste o cachonda. No existe un lugar mejor, créeme.

Tales argumentos me dejaron fuera de juego. Sin más preguntas por mi parte, nos metimos en la cama.

Aquella noche fue la última noche que pasé con esta chica. Y aun así, ambos nos dormimos con ella enroscada en mi brazo.

Cobarde.

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Hoy hablaré con ese señor sentado a medio vagón de distancia de mí.

Es un señor normal y corriente. No llamaría mucho la atención de nadie. Viste una camisa blanca y marrón, conjuntada con unos pantalones beige y zapatos negros. Tiene un gran bigote blanco, a juego con su pelo (o lo que queda de él).

Enfundada al hombro lleva una cartera de cuero. Probablemente en ella lleve sus llaves, su monedero, sus pastillas para sabe Buda qué… sus objetos personales, vaya.

Es un señor normal. Es viejo, claro. Le echo unos 80 años, así a ojo. No creo que tenga muchos más, pero tampoco muchos menos. Me alucina el pensar que, si el tabaco y mi falta de sueño me lo permiten, algún día llegaré a esa edad. Tendré a mis espaldas cientos de experiencias y cientos de recuerdos. Pero… ¿de qué me van a servir?

Se aferra a la barra metálica que delimita el final de los asientos. Lo imito. No sé si sentiremos lo mismo. Probablemente no, ya que yo tengo mi mente centrada en el frío que transmite el metal. A la vez, me pregunto en lo que estará pensando. Mira al suelo, sus ojos bailan de un lado a otro, con tranquilidad. El clásico lenguaje corporal del que se abstrae dentro de sí mismo cuando el entorno y lo ajeno le es completamente indiferente.

Ahora me mira y nota que le estoy observando, para a continuación desviar su atención a la ventana que tiene delante. Me pregunto si le extrañará que un chico joven esté más atento a él que a cualquiera de las mujeres que, teniendo el cuenta el calor que hace, exhiben sus carnes por todos lados.

Me pregunto si este hombre se habrá parado a pensar alguna vez si su mera presencia es capaz de producir inquietud en alguien. Si con su simple imagen, por muy común que sea, provoque en mi interior una especie de pena, miedo y ternura.

Me encantaría charlar con él. Preguntarle qué se siente al saber que dentro de muy pocos años morirá y se acabará todo.

Pero soy un cobarde. Tal vez sea porque aún soy joven. O tal vez sea porque al verle intentar subir las escaleras del metro mi estómago ha amenazado con dar un vuelco, impidiéndome reunir el valor necesario como para molestar a alguien que ya tiene bastante con haber llegado a esa edad.

Cuando llegue a casa probablemente me tumbe a la bartola en mi sofá.

Eso, por supuesto, me hace sentir como un miserable.

Un día más.

Realismo incipiente: El Diablo.

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Mi mayor afición hace unos años era repantingarme en mi habitación con algún tema de Fucked Up de fondo y mirando al infinito. Daba caladas a mi cigarro al ritmo frenético del hardcore canadiense y me imaginaba que estaba en una playa desierta y paradisíaca mientras una cyborg femenina me ponía aceite de coco en las pelotas.

No me juzguen. Tenía 19 años y toda la vida por delante. Un chico de esa edad tiende a fantasear con todo tipo de situaciones surrealistas.

Un día, estando en mi cama en posición fetal mientras leía un cómic, se me apareció el Diablo.

Era obvio que era el Diablo, por supuesto. No lo dudé ni un segundo, ya que no era la primera vez que me encontraba con él. Se parecía a Paul McCartney pero bastante más estropeado de lo habitual, lo que ya es decir. Vestía con ropa de corte victoriano y de su cuello pendía un gran reloj de arena. Pero lo más destacable eran los cuernos de tamaño industrial que le crecían tras las orejas y rozaban el techo. Y el rabo puntiagudo, claro está. ¿Qué pensarían ustedes si el Diablo se les apareciese sin un rabo acabado en punta de flecha? Seguro que se descojonarían.

– Disculpe, pero entrar sin llamar es una grosería – le señalé al Diablo mientras entrecerraba el cómic y me incorporaba.

El Diablo se disculpó abochornado. Me preguntó si sabía las razones de su visita y si no me la habían notificado.

– Por supuesto que me la han notificado. La jefatura del Infierno es extremadamente eficiente a la hora de enviar faxes. Pero una cosa es estar prevenido y otra muy distinta es que se aparezca sin llamar a la puerta. Son normas de cortesía básica.

El Diablo volvió a disculparse y me pidió mi opinión sobre la idea propuesta que me habían hecho llegar.

– La considero un insulto a la inteligencia. No creo que montar un campo de golf en el descampado del 3º círculo del Infierno sea un negocio rentable. Los campos de golf necesitan de riego y cuidado constante, y allí, entre fuego y llamas y sufrimiento eterno… no sé, tal vez debería de replantearse tal pretensión. Al menos de momento.

El Diablo asintió y se acarició la barbita de chivo, pensativo. Me explicó que, tras largas negociaciones con los burócratas del Cielo, no había conseguido el tratado de exportación de luz y agua del mundo terrenal. Empezó entonces a despotricar contra los miembros del Partido Angelical y a llamarles corruptos, estafadores y a insinuar que en las últimas elecciones había existido un pucherazo de manual.

– La política es así, amigo mío. Usted debería de saberlo bien. Si mal no recuerdo, cuando su padre (que en paz descanse) falleció en vez de abolir la dictadura por completo creó un régimen de chichinabo. Una dictablanda, dirían los iluminados de los libros de Historia de España. Ni deja de reprimir a las masas con sodomía y tortura psicológica ni quiere cerrar las puertas a las grandes empresas para que enriquezcan su ya de por sí alto nivel de vida. Eso, compañero, es bienquedismo. Y del cutre, además.

El Diablo se mostró debidamente ofendido. Me mostró una serie de gráficos en los que quedaba bien claro que había reducido las torturas en un 63% con respecto al año pasado. Había prohibido la cera caliente en los ojos, la mutilación gratuita, la ablación y las fiestas de Bertín Osborne. Si la casta divina no siguiese en el gobierno, la privatización de los sectores públicos ayudaría a todas las almas en pena inmigrantes a adaptarse a una nueva sociedad donde todos recibieran el mismo castigo. Se acabarían pues las torturas de lujo de los pudientes y todos se someterían al justo yugo que les correspondería. Después de todo, dijo poniendo su garra en el pecho y con voz solemne, un pecador es un pecador, tanto aquí como en la Conchinchina.

– La solución es sencilla, usted mismo la ha visualizado ya. En las puertas del Cielo hay una plaza bastante grande. Coja a unos cuantos simpatizantes, creen unas pancartas bien grandes y manifiéstense. Sus derechos son los mismos. Si quiere exportar agua y luz para un campo de golf, hágalo. Si quiere castigar con el mismo látigo a un violador que a un ladronzuelo, hágalo. Si quiere revocar la Ley del Espíritu Santo, hágalo. Después de todo, allí arriba son 4 gatos y usted tiene todo un ejército de almas en pena dispuestas a dejarse el culo por usted. Unifique ambos estados. Vaya a las urnas y exija un referéndum unionista. Le garantizo que entonces, y solo entonces, tendrá ese ansiado swing que le permitirá bajar su hándicap a 3.

Al Diablo le entusiasmó la idea y me estrechó la mano con gratitud. No me ofreció nada a cambio, ya que si no tendría que quedarse con mi alma, pero me prometió que cuando llegase el momento me ofrecería un buen puesto en el Congreso. Ministro, dijo, o algo mejor. ¿Tal vez subdelegado de defensa? Ya lo pensaría, que se estaba yendo por las ramas. Se despidió de mí con una reverencia y abrió una grieta volcánica en el suelo de mi habitación, por la que se metió con un movimiento serpenteante.

–¡Me cago en la puta, ¿otra vez?! – exclamé levantándome de la cama y pisoteando el suelo como un loco para cerrar la sima, perdiendo en el proceso las zapatillas debido a los esputos de lava hirviente que salían de ahí.

Me dirigí hacia la despensa a por la escoba y el recogedor farfullando insultos y maldiciendo. Las conversaciones con el Diablo siempre me dejaban mal sabor de boca y un tufillo a azufre que daba asco. Sin contar toda la mierda que quedaba desperdigada por mi cuarto.

– Lo peor de todo – murmuré para mí – es que si algo he aprendido de las diferencias políticas entre el Cielo y el Infierno es que por mucho que sus dirigentes intenten manejar el cotarro nunca van a estar todos contentos. Después de todo, ya seas un ángel asexuado o un pecador chamuscado, tu destino depende de lo que esos dos egocéntricos decidan.

Una vez limpiado el estropicio, me tumbé de nuevo en mi cama y abrí el cómic. A Mortadelo le acababan de chamuscar con un lanzallamas. A la siguiente viñeta, estaba como una rosa. Solté una risotada y pasé la página. Daba gusto tener por fin algo irreal con lo que distraerse.