Al gulag.

GULAG

Ivana Guirrovich estaba muy atareada aquella mañana.

– ¡Al Gulash! – Había berreado unas 30 o 40 veces desde que se había despertado.

Era viernes, un viernes frío y deprimente, como todos en la nueva URSS. Sudaba a mares cuando entraba en las cocinas, pero se pelaba de frío cuando salía a estirar sus rocosos muslos.

Ivana era poderosa. Esa sería la palabra que mejor la definía. Más de 2 metros de altura, unos musculosos brazos que parecían hechos para machacar cabezas, con un aspecto realmente amenzadador cuando le brillaban los cientos de cicatrices que los enmarcaban. Su mentón, que habría hecho gastar más mármol en una figura que la construcción del panteón, siempre estaba cerrado en un ictus maquiavélico, como si estuviese pensando en su próximo contrincante en una pelea de boxeo sin guantes.

Da, lo dicho, al Gulash ahora mismo! – Seguía gritando mientras veía pasar por delante de sus ojos cientos de capitalistas, analfabetos funcionales y príncipes azules con pinta de mariquitas.

Muchos pensaréis que Ivana era tan dura como su aspecto. Y no os confundís. Pero ahí donde la véis, todo carne dura y nalgas de acero (forjadas gracias al millar de sentadillas matutinas que se autoimponía tras el desayuno), escondía un corazón tierno y delicado, como una rosa de pitiminí que se abre al sol del amanecer en primavera. Escribía poemas y sonetos de extremada delicadeza en la intimidad.

Aun recuerdo uno que decía:

“Si tú haser bien trabajo, buen gusto dar al pegar

Todo aquello que deseas, ha de apareser, da.

Si ellos no haser caso, buscar vara de represalias,

Y si seguir quejándose del frío, al Gulash

Ella se emocionaba con facilidad. Una vez estaba buscando a un prisionero que se había escapado y cuando lo encontró en estado de congelación, la escena era bellísima. Los primeros brotes verdes habían salido de entre el barrizal nevado donde yacía el cadáver y se habían enredado en torno a su entrepierna. Ivana sintió en el pecho algo que días más tarde reconoció como júbilo.

Entonces de decidió a buscar marido.

Y por eso su mañana estaba siendo tan atareada.

– ¡Al Gulash todo el mundo o perder paciencia! – Los soldados al oir esas palabras hicieron acelerar a la fila de prisioneros, temiendo un posible arranque de ira de la administradora del centro de trabajo.

Una vez tuvo a todos los hombres en recluídos en el barracón, los fue inspeccionando uno por uno.

– ¿Tú tener genitales fuertes? ¿Cosa de prrocrrearr firme? ¿Saber la posisión de la gacela turulata? ¿Has levantado alguna ves 120 kilos de hembra? – Iba preguntando uno por uno, aunque con desafortunado resultado, pues los que no se cagaban encima de miedo respondían con bravuconería y ordinariez.

Ella quería a un hombre, sí. Pero a un hombre romántico y sensible.

Decepcionada con ellos, les impuso 3 semanas de limpiar letrinas y se retiró a su habitación, llorando desconsolada.

– ¿Es que no haber hombre fuerte para Ivana? ¿Que debo haser? – gemía tumbada en la cama en posición fetal.

– Si me permite la indiscrección, yo podría ayudarla en eso – dijo una voz en la oscuridad.

Ivana saltó de la cama con un cuchillo jamonero en la mano y escudriñó la voz que venía del otro lado de la habitación.

– ¿Quien anda por ahí? ¡Salir, o cortar genitales y haserme maracas con ellos!

El hombrecillo salió temblando de detrás del armario. Su sorpresa fue mayúscula, pues era el preso al que había encontrado congelado a las afueras del centro.

– ¡Tú! – exclamó Ivana avanzando hacia él cuchillo en ristre – ¡Tú estabas muerto! ¡Al Gulash ahora mismo, ea!

– Se dice Gulag, vaca trisómica. – replicó el prisionero sin moverse ni un ápice.

Algo en ella se rompió. Nunca en su vida nadie le había respondido. Ni su señor padre, ni su señora madre. Ni el mismísimo camarada Stalin se había atrevido a darle una orden o a corregir su “defectillo” lingüístico.

– Yo… yo… yo le quiero. – Dijo Ivana con voz tierna.

– Y yo la amo, doña Ivana. – Respondió el prisionero alzando los brazos.

Ivana soltó un maullido extremadamente poco femenino y se abalanzó sobre el prisionero. No lo mató de milagro.

Dejemos a los enamorados un poco de intimidad.

Días más tarde, Ivana y Bosconovich, pues así se llamaba el antiguo reo, se casaron en el mismísimo Gulag. Un sacerdote judeortodoxo ofició la ceremonia a la que asistieron todos los camaradas, todos los presos y todos los oficiales de la URSS. Bebieron vodka, montaron en oso e hicieron todo tipo de clichés racistas que podáis pensar de los rusos.

Y como no se como cerrar esta ida de puta olla que me he inventado, pues me marco un Bukowski y lo dejo tal que así.

Ea, al Gulash.

 

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Capítulo 5: Ella

Ella

Es curioso. Ahora que la recuerdo con más lucidez, no puedo evitar pensar en todo lo que me hizo cambiar para bien. Serán delirios producidos por el alcohol, por el calor infernal que hace ahora mismo en mi habitación o simplemente porque me acaba de escribir ahora mismo para saber que tal estoy, pero si tengo que hacer un balance de lo que saqué de mi primer amor, solo prima lo bueno que me dio y lo mala que era ella para mi.

Me explico.

Era una mujer egoista. Lo supe desde el primer momento en el que la conocí, pero cuando empezamos a vivir juntos, todo ese rencor acumulado hacia el resto de la humanidad me lo arrojó a la cara, como una bomba de relojería que llevaba esperando años por explotar. Un cúmulo de traumas, odio y neuras postizas aderezadas del más puro de los desprecios por si misma y por el resto. La amaba por ello. Me hacía sentir importante, claro. ¿Como no iba a sentirme importante cuando una mujer que tanto asco se tiene a si misma mostraba tanto anhelo por mantenerme a su lado? No parece tener sentido, pero en mi cabeza lo tenía.

Le gustaba la coca, la poesía y viajar. Tenía una vieja abuela a la que sablaba siempre que podía, y de ello se mantenía, de herencias y ayudas familiares que no le eran ajenas. El día que le dije que tenía que apoquinar para el alquiler casi me revienta un vaso de tubo en la cara. No es que se pusiese como una fiera. Es que era una supernova. Cuando se enfadaba su ira traspasaba paredes, montañas, universos. Se expandía y se contraía como el latido de un corazón de gigante. Me hería con burlas, comentarios sarcásticos e insultos homófobos. Y yo me dejaba hacer, como un perro apaleado al que ya no le quedan cojones para seguir luchando.

A veces, y solo a veces, era yo el que atacaba. Sacaba mi arsenal y le llamaba drogata, puta, malnacida, infrahumana. Pero era inmune a mis argumentos. Lloraba y ganaba sistemáticamente cualquier discusión. Luego decía que me quería y a mí se me derretía el corazón.

Me racionaba el sexo de tal manera que cada vez que conseguía llevármela a la cama era como si fuera Navidad. Siempre se excusaba con movidas como que le dolía la cabeza, que la píldora le quitaba la líbido, que estaba cansada, que se sentía pesada después de haber comido. Al principio a mi me tocaba tragar y a la larga, llegó a no importarme.

Y obviamente, mientras estaba conmigo, se folló a unos cuantos hombres. No era algo de lo que yo me enterara al momento, pero claro, no iba a ser el primero en saberlo. Primero iban sus amigas, luego el barrio entero, luego los camareros de los locales a los que salía de juerga y luego mis amigos. Luego ya era mi turno.

Entonces yo buscaba al pobre imbécil que se había dejado llevar por su encanto, le daba una somanta de hostias que le dejaba cual torero novel tras ser arrollado por un morlaco y me encaraba con Sara. Discutíamos, nos peleábamos, follábamos y vuelta a empezar.

Pasamos unos cuantos años juntos. Demasiados diréis, pero más años me pasé echándola de menos. Era mi complemento, mi caos. La única piedra de la que estaba formado mi sendero. Nos merecíamos mutuamente.

El día de su sobredosis fue duro.

Llegué a casa reventado aquella noche. Me dolían los riñones y mis pies no daban más de si. Lo último que me apetecía encontrarme era a mi novia desparramada en el sofá, con los ojos en blanco, boqueando, luchando por vivir. Empecé a gritar su nombre mientras, presa del pánico, le sacudía los hombros y le abofeteaba la cara. Llamé a urgencias, pero tardaron en responder y yo ya no daba más de mí. Estaba como ido. Cogí su menudo cuerpo en brazos y como si fuera un saco de patatas bajé por las escaleras pegando alaridos. Los vecinos se asomaban y me gritaban cosas inteligibles, pero yo no escuchaba, no veía. Solo corría, hacia el hospital más cercano.

Paré un taxi en la calle.

  • Oiga, pero que coño se ha creído. Esto no es una ambulancia, llévese a la yonki fuera de aquí.

Saqué la pistola y le encañoné la sien.

  • ¡O mueves  el puto culo o te juro por lo más sagrado que te reviento el cráneo, soplapollas!

El taxi tardó menos de 4 minutos en llegar al clínico Moncloa. Me apeé dejando la pipa en el asiento trasero y cargando con Sara como buenamente podía. Los médicos de urgencias trabajaron rápido. Dispusieron de una camilla al instante y se llevaron a mi chica hacia el interior, dejándome plantado en la puerta. Una enfermera quiso tomarme nota sobre la paciente, pero yo me alejé de vuelta al taxi.

El conductor se había quedado clavado en el sitio. Sus ojos, abiertos de par en par, me miraban con miedo. Sus manos aferraban, agarrotadas y cenicientas, el volante, como si fuese un salvavidas al que un náufrago debe su vida.

  • ¿Tienes fuego? – Le pregunté

Si tenía. Me encendí el cigarro con las manos temblorosas y aspiré el humo con placer y alivio.

Le pagué la carrera, no sin antes coger su cartera y quedarme con su DNI. Era muy fácil hacerse una copia, pero muy difícil convencer a un juez de que no te meta en chirona por guardar un arma en casa y amenazar a un taxista con ella. Confiaba pues en su silencio, un silencio comprado con una amenaza igualmente silenciosa.

Me guardé la pistola en los pantalones y me dirigí hacia dentro del hospital a dar los datos de Sara a la enfermera, que se había quedado observando la escena, silenciosa.

Horas más tarde me permitieron verla. Estaba pálida, delgada y sus ojeras marcaban su dulce rostro con una expresión mortecina.

  • Te quiero, Víctor – me susurró con voz débil al sentir mi mano sobre la suya.
  • Y yo a ti, pequeña. – le respondí con lágrimas en los ojos – Y yo a ti.

 

 

Capítulo 4: Un cambio en la administración.

ADMINISTRACION

 

Que mi nuevo piso se hubiese convertido en el botellódromo de mi grupo de amigos me estaba empezando a cansar.

Para empezar, había comprado un par de sofás. Y cuando digo que había comprado, quiero decir que los había encontrado en la calle justo al lado de los contenedores. Que los gitanos no se los hubiesen llevado aun fue para mí como una señal divina, así que llamé a Carlos y le dije que si me ayudaba a subirlos al piso le invitaría a cerveza.

Carlos nunca decía que no a una cerveza. Hizo un par de llamacuelgas y en menos de 15 minutos teníamos un 8 pistas instalado en mi salón, junto con una mesa baja, los sofás y hasta una mininevera donde guardar los hielos para los cubatas. Sonaba de fondo Everlong, de los Foo Fighters, un grupo que a mi personalmente me sonaba de puta madre. Nos movíamos de forma espasmódica, haciendo estallar los botellines de cerveza que estaban tirados por el suelo. A Chica Punk se le fue la olla más de lo normal y empezó a gritar como una posesa por la ventana, consiguiendo que poco a poco fueran subiendo más personas a mi casa, acabando pronto con las reservas de whisky y ron que teníamos.

Cuando finalmente terminamos con la cerveza, nos fuimos a Malasaña a continuar con la juerga. El Rey Lagarto siempre estaba abierto para nosotros, y más cuando traíamos a una muchedumbre hasta las cejas de coca, alcohol y prozac.

-Mira quien te ha echado un ojo, Víctor – me dijo Buru según entramos al sitio.

Miré a mi alrededor y la vi. Estaba guapísima aquel día, con esos pantalones ceñidos que le hacían un culo respingón del que no podía apartar los ojos. Una camiseta verde de tirantes, el pelo recogido en una cola de caballo. Su sonrisa, ligeramente torcida, brillante por el efecto de las luces de neón. Todo aderezado con una mirada de loca. Me encantaba su mirada de loca. Hacía que mereciesen la pena las consecuencias posteriores.

-Ya veo, así que tú otra vez acosándome – me gritó al oído nada más llegué a su lado.

Puse la mano en su cintura. Su piel ardía.

-Me ha dicho Buru que no has parado de lanzarme miraditas desde que he entrado – le respondí a voces – ¿Te invito a una copa y me explicas la razón?

Ensanchó su sonrisa, asintiendo con la cabeza y plantándome un beso húmedo en la mejilla.

Bailamos mucho, hablamos de tonterías y acabamos besándonos en los sillones del final del garito. Yo estaba a punto de reventar y ella lo sabía, por la forma con la que jugaba son su lengua en mi boca.

-¿Terminamos la conversación en mi casa o tengo que arrastrarte hasta los baños? – conseguí articular en uno de esos descansos tan poco comunes que les dábamos a nuestros labios.

-Me parece a mí que ni lo uno ni lo otro, vas a tener que currártelo más si quieres follar esta noche.

Gruñí. Siempre me hacía lo mismo. Era mi talón de Aquiles, mi némesis.

-¿Que va a ser hoy? ¿Me desnudo y me subo a la barra? ¿Le doy dos hostias al puertas? ¿Te consigo ketamina?

-Nada de eso. Simplemente no me has puesto demasiado cachonda. Hoy me voy a follar a otro, creo. – Empezó a pasear su mirada por el local, aburrida.

-¿Cómo? – pregunté como un tonto, con incredulidad.

-Ya me has oído. Me aburres. – Se levantó y me dejó ahí plantado.

-Puta de mierda – mascullé entre dientes. Cogí mi chaqueta y salí del local. Necesitaba tomar un poco el aire.

Bajé hasta la plaza del 2 de Mayo, fumando un cigarro tras otro. Mi mente era un torbellino. Conocía a Sara desde hacía ya mucho tiempo, cuando nos la presentó un amigo en común. Desde el principio yo me había fijado mucho en ella. Sus gestos, su forma de vivir, su locura. Me atraía como si fuera una luz lejana y yo un mosquito sediento de sangre. Nos habíamos visto muchas veces desde entonces, casi siempre alcoholizados o colocados, y siempre acabábamos teniendo sexo sobre cualquier superficie medianamente estable. Por ella había abrazado la monogamia por primera vez en mi vida, aunque no habíamos pactado nada en absoluto. Nos iba bien. Estábamos hasta felices.

Pero ella era voluble. Igual que yo, en cierto sentido. Había empezado a hacer cosas raras. Me ponía retos o me ignoraba. A veces se paseaba por delante de mi cara con otros hombres, muchos de ellos conocidos míos. Se hacía la encontradiza conmigo, buscándome para luego hacerme gilipolleces como la que me había hecho aquella noche. Me tenía harto.

Me senté sobre un banco y me abrí una lata de cerveza que llevaba en la chaqueta. Estaba caliente. No me importó.

Al rato apareció Chino con su tropa de lameculos detrás, riéndole las gracias.

-Coño, el yonkigoló – exclamó al verme, haciendo un juego de palabras con mi antigua adicción y con mi antiguo trabajo – ¿que haces tan solo por este barrio? ¿no sabes que por aquí hay gente mala?

Me corrió una gota de sudor frío por la espalda. Aparté mi mirada de la suya. Sentía la violencia en el ambiente.

-No quiero problemas Chino – le dije mirando al suelo.

-Ya.

Vi llegar la hostia mucho antes de que sentirla. Me lanzó un guantazo con una de sus manazas, cubriéndome toda la cara y dejándome medio sordo con el impacto. Sabía lo que vendría a continuación, así que me hice un ovillo en el suelo y esperé a que el torrente de patadas disminuyese un poco.

Supongo que Chino pretendía escupirme. Fue un movimiento muy estúpido. Yo estaba solo y él rodeado de colegas. Sabía que si se cubría con ellos no habría peligro alguno. Pero exponerse de esa manera fue un grave error. Yo jamás lo habría cometido. Me levanté con una velocidad sobrehumana y le clavé mi navaja en el cuello. La sangre salió a borbotones. Sus ojos, normalmente entrecerrados y mates, estaban a punto de desencajarse y brillaban con pánico e incredulidad. Nadie se me acercó mientras me limpiaba la sangre de la cara y me marchaba hacia la puerta del Rey Lagarto. Nadie me paró. Nadie quiso mirarme a los ojos.

Y bailé. Seguí bailando hasta que volvimos a casa todos juntos, a seguir con la fiesta. Sara me había visto entrar, pero había ignorado por completo la sangre de mis manos y mi ropa. Para ella, solo era un juego. Una última y macabra partida en la que yo, sin darme cuenta, me había visto envuelto una vez más.

Al día siguiente le dije que la quería. Y empezamos a vivir juntos.

Capítulo 3: Bebiendo vino.

Vino

En honor a la verdad, tampoco se estaba tan mal durmiendo sobre unos cartones. Que mi casa no estuviese asegurada no me impidió recibir una indemnización bastante cuantiosa por los “objetos de valor” que había perdido. Que coincidiese un escape de gas por la defectuosa instalación de mi antiguo edificio, con mi despiste a la hora de apagar el fuego del hornillo de café fue un golpe de suerte. El perito que vino a revisar el estropicio parecía consternado por mi falta de efectos personales, puede que sintiese hasta lástima por mí. O simplemente era un inútil redomado. El caso es que obvió mi falta de sentido común y los evidentes indicios de que todo aquello había sido, al menos en parte, culpa mía y la cuenta se saldó con unos cuantos ceros a la derecha de un 3. En forma de cheque.

Me encapriché con una máquina de escribir que había visto en una tienda del Rastro y me mudé con mi flamante Olivetti abollada a un piso de la Ronda de Atocha. Era pequeño y feo, pero menos oscuro y deprimente que el anterior, y tenía unas estupendas vistas a una buhardilla donde una rubia imponente tomaba el sol en topless.

Justo con esa rubia estaba aquel día sobre el cartón que había puesto en medio del salón de mi casa. Hacía las veces de cama, alfombra, picadero y, si venía muy cocido, de váter.

La rubia se llamaba Absenta. Decía llamarse Absenta. En su honor había pillado una botella tocaya, pero ambos sabíamos que si nos metíamos entre pecho y espalda más de 2 chupitos de ese brebaje infernal acabaríamos con la noche antes de lo previsto, así que descorchamos un vino polvoriento que el antiguo inquilino de la casa se había dejado en la despensa. Absenta intentó tirarse el rollo con los matices que detectaba con cada sorbo que le metía a la botella, momento que aproveché para dejar de prestarle atención a sus palabras y empezar a valorar su escote.

Es curioso, ¿no creéis? Había visto los pechos de esta monada día tras día moverse como girasoles apuntando al sol a través de la ventana de mi dormitorio y ahora me fascinaba como su escote se contraía y se expandía con movimientos leves. Tras una respiración, tras un encogimiento de hombros, durante un desperezamiento leve. Todo mi mundo se centraba en sus tetas, a pesar de que el único misterio que me quedaba por desentrañar de su cuerpo era su coño. Y deduje que tampoco sería gran cosa.

Suena feo esto que he escrito. Lo se. Siempre he sido así, no lo puedo evitar. A pesar de mis múltiples defectos mentales, de mi escaso atractivo en lo económico y en lo personal, tenía una capacidad, llamadlo un don, para tratar con las mujeres.

Era un chaval atractivo. Rubio, ojos azules, complexión delgada pero atlética, una sonrisa radiante y engatusadora… lo tenía todo para convertirme en puto de lujo, si me esforzase mínimamente por moldear mi cuerpo para ello. Mi hermano siempre decía que todas las amigas de su clase soñaban con que yo les rompiese el himen, o con algo aun más bestia. Con algunas lo hice, con otras no, aunque os aseguro que todas aseguraban ser vírgenes.

Todo tiene sus desventajas, claro. Para empezar, había sido portador de unas cuantas venéreas. La primera con 13 años, justo el día que conocí por primera vez el sexo. Estaba aún en Cáceres, en casa de mi novia del instituto, Fátima, cuando su madre entró por la puerta de su cuarto y nos pilló medio desnudos. Fátima estaba avergonzada y empezó a disculparse exageradamente mientras se vestía como podía, mirando al suelo y roja como un tomate. Pero yo no. Yo me quedé ahí plantado, en la cama, descamisado y con los calzoncillos a medio quitar, mientras miraba a la madre de mi novia con intensidad. A ella no pareció importarle, así que esa misma noche me acerqué a su casa y echamos un polvo en la cocina mientras su marido y su hija dormían placidamente.

Tuve gonorrea. Un infierno de pinchazos, escozor y malnutrición. Los siguientes meses seguí follando con la madre de mi chica, con mi chica y, en una ocasión, con el padre de mi chica. Fue como si toda la familia me perteneciese, o más bien, como si yo perteneciese a esa familia. Me sentía como su puta. Y no me importaba demasiado.

Estoy divagando. Es posible que muchos crean que todo esto es una fanfarronada, y en realidad lo es. Mis métodos no son infalibles y siempre había quien me rechazaba. Pero Absenta no lo hizo, y por eso estaba sentada en una habitación vacía, con una máquina de escribir como único objeto de valor apoyada en un rincón, rodeada de papeles guarreados con tinta offset. Una estantería con libros completaba la estampa. Nada más. Solo Absenta, los cartones y el vino.

– Tu casa huele raro – dijo Absenta mientras miraba al infinito.

– Eso lo dices porque aun no has visto lo mejor.

Ella sonrió. Tenía los dientes torcidos.

– Desnúdate – me dijo con voz autoritaria.

Follamos de diversas maneras. Contra la pared, contra el desagüe, contra la otra pared, contra la puerta. Solo me negué a follar contra la máquina de escribir.

Absenta abrió su botella tocaya y bebió un largo trago. Su suerpo desnudo temblaba todavía. Le ofrecí un cigarro, que ella rechazó, y empezó a vestirse. Me dijo que volvería a verme un día de estos, me dio una palmada en el trasero y dejó sobre el cartón un billete de 5.000 pesetas, que guardé en una caja de zapatos que había en el armario de mi cuarto. Recogí los condones y me senté en el suelo con la máquina de escribir entre las pierna. Puse un papel y mis manos empezaron a moverse sobre las teclas.

La historia de aquel día trataba sobre un chico que jugaba al escondite, pero al que siempre atrapaban el primero. Se reían de él, y él lloraba. Hasta que un día, decidió que buscaría el mejor escondrijo del mundo. Se enterró en un hoyo, y nadie volvió a encontrarlo jamás.

Luego lloré. Hacía años que no lloraba. Me sentó bien.

Capítulo 2: Los consejos de Chica Punk

Chica Punk

 

– Lo que peor llevo sin duda son los momentos en los que me quedo solo en casa y me entra la ansiedad. Te juro que el otro día según se iba la chica que conocí en el Meadow’s empecé a hiperventilar y me tuve que meter ansiolíticos por un embudo.

– Ya. Tal vez deberías de comerte un filete o algo así, algo que te de energía – respondió la Chica Punk – Visita a un nutricionista. Haz ejercicio. Deja el tabaco – dijo mientras cogía el porro que tenía enganchado en la oreja y se lo encendía – Alternativas Víctor, cualquier cosa que no sea meterte esa mierda encima.

Estábamos sentados en el bordillo de detrás del bar. Chica Punk siempre insistía en que sin su dosis de THC mañanero ella no rendía, y teniendo en cuenta que era la cocinera, creedme que de sus manos dependía que la carne estuviese cruda o quemada, y cuando le daba el bajón era capaz de ponerse a llorar encima de la sopa. Eso era mejor que cuando le daba la neura y se dedicaba a restregarse por el coño la ensalada o los espaghetti, venganza velada a todas las mujeres que según ella tanto daño le hacían.

– Una vez estuve con una tal Miriam, ¿sabes? Tal vez te acuerdes de ella, la ojitos azules de labios carnosos que tanto os ponía cachondos – asentí – Pues la muy pirada se empeñaba en que cuando terminábamos de follar lo mejor era meterse una raya para que la sensación post-orgasmo se prolongase durante horas. Tardé un tiempo en comprender que estaba enganchada hasta los huesos, que no era capaz de dar dos docenas de pasos sin que sus ojos bizqueasen a causa de la cantidad de polvo que llevaba en el organismo.

– ¿Y todo esto tiene una moraleja, o me lo parece a mí?

Chica Punk clavó sus ojos verdes en los míos.

– ¿Sabes que tú eres la versión femenina de Miriam? Delgadito, ojos azules, rubio casi platino. Si tuvieras coño tardaría entre cero y nada en meter mi lengua entre tus piernas.

– El día que te laves los dientes te juro que me la arranco y te permito que me hagas lo que quieras. Mientras tanto, suelta la moraleja de una puta vez.

Chica Punk me golpeó en el brazo. Dolió.

– No hay moraleja, pasmao. Te digo todo esto porque me enteré de lo tuyo con la heroína según te pegaste el primer pinchazo en el culo. Y si yo, que no fui capaz de darme cuenta de que estaba liada con una cocainómana compulsiva, capté tu problema a la primera, imagina los demás. Has tenido tanta suerte de que Lesmes no te haya pegado la patada que me sorprendería que no estuviese enamorado de ti en secreto.

Me encogí de hombros y me quedé callado. Observando a la gente pasar me di cuenta de lo raro que era que fuesen todos en manga corta. Estábamos en Noviembre, por el amor de Buda. Chica Punk siguió mi mirada con sus ojos y sonrió, mostrando todas sus caries.

– Te leo el pensamiento chato. No desvíes el tema. Suéltalo.

– A veces creo que he llegado a este mundo para resbalar por él. Todo me la pela, Chica Punk. Desde mi enfermedad cardíaca hasta la muerte de mis padres o la vida de mi hermano. Llegué a Madrid con ganas de cambiar y lo único que he conseguido han sido decepciones. Tengo un curro de mierda, una casa ruinosa y más deudas con mi pasado de las que puedo gestionar. Y aun así, me da igual. Consigo lo que necesito y vivo con lo mínimo. Me dedico a ligar con camareras que me fían las copas y a gorronear tabaco de la máquina cuando Lesmes o Sonia no miran. Como del cazo a diario, pero en mi casa todo me caduca. Escribo mierdas surrealistas. No por el placer de escribirlas, si no por leerlas en voz alta y por reírme de lo ridículo que suenan.

– Yo he leído alguna de esas “mierdas”. Son buenas.

– Ya, pues sean buenas o no, se van a quedar pa’ vestir santos. Me la sudan, Chica Punk, me la sudan de tal manera que si hoy hubiese un incendio (que entre tú y yo, es cuestión de tiempo que ocurra) me acostaría sobre ese papel quemado y dormiría como un bendito. Hay cosas que no cambian. Puede que me haya desenganchado al caballo, pero no he dejado de deslizarme de puntillas sobre este planeta. Ni le importo a nadie, ni nadie me importa.

– Yo si te importo.

– Pero porque tú eres mi amiga. Que seas mi amiga no cambia las cosas, no daría mi riñón por ti si con ello pudieses sobrevivir un día más.

Chica Punk le dio la última calada a su porro y se levantó. Yo hice lo propio con mi cigarro. Me puso la mano en el hombro mientras nos encaminábamos hacia la puerta.

– Lo que no sabes aun es que si que lo harías Víctor. Se que llevas un par de minutos esperando mi consejo diario, pero esta vez te quedarás sin él. Creo que ya has avanzado lo suficiente.

– ¿Que quieres decir?

Chica Punk soltó una risotada maliciosa.

– Por favor. ¿”Si ardiera mi casa, no me importaría”? Mira Víctor, hace un par de meses estabas realmente jodido. Ahora solo te autocompadeces – Se ató el delantal y se lavó las manos – Sal de mi cocina o te quemo los pelos de los huevos con el mechero.

Lo mejor que puedo decir sobre lo que sucedió a continuación es que no me sorprendió demasiado. Por lo visto, me había dejado el gas encendido. Una explosión del carajo.

Mi casa había ardido en llamas. Y la verdad es que me afectó. Mucho.

Capítulo 1: Dicotomía.

DICOTOMIA

 

18 de Noviembre de 1998.

Respirar.

En eso se centraba mi mente.

“Tranquilo Víctor” pensaba “Respira. Puedes hacerlo. Respira despacio”.

Un fuerte dolor en el pecho me había tirado al suelo por enésima vez aquella semana. La luz de la madrugada se filtraba por los resquicios de la persiana, dándole a la oscuridad del salón un aura de misterio y decadencia. Los escasos muebles que lo decoraban estaban amarillentos y rasgados, como los de una casa encantada. La mesa cojeaba y se mecía acompañando los espasmos que producía mi cuerpo, extendido de cualquier manera en el centro de la habitación.

Pobre imbécil. Ahí le tenéis, desmadejado como una marioneta sin hilos, sin nadie a su lado para poder llamar a una ambulancia. Mirad como se agarra el pecho, como frunce los labios intentando aguantar el grito que pugna por salir. Ese tipejo delgaducho y de tez enfermiza que olía a tabaco y a sudor y que apenas había cumplido la veintena. Mirad como intenta levantarse. Como lo consigue, tras mucho esfuerzo, como la tortuga bicentenaria que ha caído de espaldas.

Y lo más patético de todo es que mi primer pensamiento nada más levantarme fue que mi cigarro había rodado sofá abajo y que tendría que moverlo para recuperarlo. El humo que aún pendía en el aire y que se fundía con los escasos rayos de luz que penetraban llenaba la estancia. Una alfombra de ceniza recubría la mesa y parte del suelo por el que me revolcaba buscando, impávido ante el dolor sordo que aún me aguijoneaba, ese cigarrillo a medio fumar.

  • Eureka – exclamé cuando mis dedos rozaron la colilla.

Yonki de mierda. La heroína había hecho tanta mella en mi organismo que la satisfacción de fumarse medio pitillo era casi un regalo de un Dios pagano. Me levanté con una sonrisa maníaca en los labios y me dirigí rápidamente a mi habitación. Ajusté la máquina de escribir y mis dedos comenzaron a bailar sobre las teclas.

Mi historia hablaba de un cigarrillo misterioso que se había escapado de la cajetilla para vivir aventuras, como hizo su padre antes que él, y el padre de su padre antes que él. El cigarro cruzaba montañas, se enfrentaba a peligros y rescataba a hermosas princesas de las garras de chicles de menta, pipas y parches de nicotina. Una carcajada febril brotó de mi garganta mientras escribía. El cigarro, tras muchos años de recorrer el mundo, volvía a su hogar, donde su dueño lo recibía con los brazos abiertos, lo abría y lo mezclaba con hachís. Era una buena historia. Merecía un final feliz. Tras teclear durante 3 horas, me estiré sobre la silla y me quedé pensativo. Una vaga sensación de ansia me reclamaba.

  • Joder, lo que daría por un chute… – murmuré.

Pero llevaba ya casi un año desenganchado y ese pensamiento se desvaneció al instante. Iba a llegar tarde al trabajo y tenía que pegarme una ducha.

La verdad es que lo del dolor en el pecho no era tan habitual, pero esas últimas semanas se había agravado. Empezaba con una sensación extraña, como si mi corazón se encasquillase, como si empezase a latir con esfuerzo tras haberse encontrado un quiste en el camino que le impidiese contraerse. Tras unos segundos, empezaba la opresión. Una opresión lenta pero inexorable, que me producía fuertes pitidos en el oído derecho y me daba náuseas. Mi mano izquierda iba sistematicamente hacia el pectoral izquierdo y el dolor me asaltaba, nublando la mente y los sentidos. Me solía dejar caer sobre el sofá o cualquier superficie de mediana altura que tuviese cerca, pero esa mañana no me había dado tiempo a llegar y me había desplomado de cualquier manera en medio de la habitación.

Por lo general, el dolor se iba a los pocos segundos, pero seguía siendo extremadamente jodido y complicado de sobrellevar. Imaginad que un martillo pilón os aplasta el pecho y que empieza a taladrar. Más o menos esa era mi sensación. Sabía que tenía un pie en la tumba, pero no quería ir al médico. Total, que novedades me iba a dar. ¿Que mi cardiopatía se estaba agravando? ¿Que los medicamentos no hacían el efecto deseado? ¿Que lo mejor era que dejase el tabaco y que me tomase un descanso? .

Aquél medicucho se pensaba que yo era un adicto al trabajo o algo parecido. Se nota que no me conocía. Si pusieran mi cara en el diccionario al lado de la palabra “escaqueo” nadie se lo reprocharía a la RAE. Y yo menos que nadie.

Y por otra parte, nada es más fuerte que el poder del orgullo masculino. Creía que mi hombría y virilidad inherentes me acabarían proporcionando esas salud de hierro que tanto deseaba. Descuidaba hasta los hábitos más básicos excepto del de la higiene, pero era joven. ¿Que podía salir mal? Total, lo peor sería morirse y eso hasta el momento no se me había dado demasiado bien. La muerte me esquivaba como el resto de las mujeres, que tras fijarse bien en mí y en el zulo que tenía como casa, afrontaban el trámite del sexo con rapidez y salían pitando sin dar explicaciones. No podía culparlas, yo habría hecho lo mismo.

Me metí debajo de la ducha y disfruté de unos cuantos segundos de paz y tranquilidad mientras el agua fría que caía del grifo me recomponía por dentro. Miré mi reloj de pulsera, uno de los pocos recuerdos que tenía de mi padre.

  • Mierda.

Eran las seis de la tarde pasadas y yo tenía que entrar al trabajo a las cinco. Salí corriendo de casa como alma que lleva al diablo.

ESDT: Obertura.

Epílogo

 

¿Habéis oído alguna vez hablar del fantasma de Urgel?

Supongo que no. Es una leyenda urbana muy poco conocida, pero que una vez la escuchas o la lees, se queda clavada en tu memoria para siempre. Al menos eso dicen.

Yo la escuché por primera vez hace muchos años. Me encontraba inmerso en una espiral de drogas, mala vida y autodestrucción. Intentaba hundirme en la miseria más absoluta, regodeándome en mis penas y en mis malas decisiones. Había tomado un camino sombrío, un camino de no retorno con cientos de bifurcaciones que desembocaban en el mismo final… la muerte prematura. Fue durante aquella época cuando conocí a Mara, un ángel caído del cielo que me recordó que no todo el que deambula está perdido y que fuese lo que fuese lo que me afligía siempre podía ir a mejor.

Ella me contó la historia del fantasma de Urgel y al verme reflejada en ella, salí de ese pozo de inmundicia en el que me había metido y renací. Me hice más fuerte que nunca. Ni la presencia cercana de la parca consiguió detenerme.

Es curioso que recuerde esto ahora. Han pasado muchos años de aquello y nunca le he dedicado más tiempo del que se merece. Pero Mara, como siempre, ha husmeado en mis cosas y ha decidido que mi historia es algo que merece la pena contarse. Dice que si no lo hago yo lo acabará haciendo ella y eso me entristecería mucho. Tiene una prosa deplorable y un sentido del gusto aún peor. Es una de las razones por las que nos complementamos tan bien, supongo. Ella pone la inteligencia y yo la habilidad. A decir verdad, ella pone muchas cosas más, pero sabe que este prólogo, esta obertura, es lo único en lo que le voy a dejar meter mano esta vez y por mucho que me insista, no verá el final del trabajo antes que nadie.

Quiero que quede claro que no soy escritor. En mi juventud me entretenía escribiendo historias en las que borrachos y yonkis encontraban la redención. Realismo barato y simplón que ni los editores más optimistas habrían tomado en consideración. Pero esta es mi historia, y si tengo que plasmarla en papel, me veo obligado a definirme como un autor. Mediocre, si, pero un autor al fin y al cabo.
Es la primera vez que hablo de mi historia y aunque siempre la he ocultado, muchos la conocen sin saberlo. Enemigos con el corazón de piedra y fuego en la mirada. Amigos y familiares ilusionados y esperanzados. Desconocidos sin rostro y que lo han visto todo desde bastidores, inmóviles, buscando el momento exacto para hacerse notar y dar esa palmada en la mesa que nos haga fijarnos en ellos y dibujar, por primera vez, un esbozo de su alma en la nuestra.
El Sendero de Ceniza, así titulado, fue mi primer y último camino de no retorno. Cuando me di cuenta de que estaba en él, me resistí a cruzarlo muchas veces, pero pronto comprendí que no había salida posible. Su fuerza me arrastró hasta el final. Y por esa razón me encuentro ahora escribiendo estas palabras. No se que habrá sido de aquél antiguo yo que dejé atrás… pero quiero pensar que, en otro universo, en otra vida, él logró distanciarse del destino que le había sido fijado. Quiero pensar que todo lo que hacemos tiene un significado y que podemos, en mayor o menor medida, elegir que hacer con las decisiones que hemos tomado.

Necesito creer en ese silencio que queda cuando el tiempo, duro e indestructible, se agota de manera definitiva.

Dicen que todas las historias tienen un principio, una situación ideal desde la que se puede partir para comenzar la narración. Puede comenzar con un cruce de miradas, con una sonrisa robada, con un silencio doliente ante el ataud de un conocido… cualquier tipo de inicio es bueno mientras se tenga clara la razón por la que escribirla o contarla.

En mi caso, yo no puedo estar tan seguro. Supongo que podría empezar cuando la muerte de mis padres nos dejó a mi hermano y a mí huérfanos y solos en una España que estaba en pleno apogeo cultural y económico.
Podría empezar, tal vez, cuando finalmente a los 18 años de edad, tras muchas penurias y malas relaciones con mis tíos, decidí largarme de esa casa para no volver jamás, rumbo a un Madrid que se me antojaba frío, oscuro y gigantesco.

Pero me estaría equivocando. Mi infancia y mi adolescencia fueron un infierno para mí y para los que me rodeaban. No son el contrapunto que estoy buscando, así que lo mejor será que empiece por el preciso instante en el que fui consciente de que me estaba muriendo y por aquella mañana de otoño de 1998, donde todo cambió para mí.