Bebiendo vino.

Vino

En honor a la verdad, tampoco se estaba tan mal durmiendo sobre unos cartones. Que mi casa no estuviese asegurada no me impidió recibir una indemnización bastante cuantiosa por los “objetos de valor” que había perdido. Que coincidiese un escape de gas por la defectuosa instalación de mi antiguo edificio, con mi despiste a la hora de apagar el fuego del hornillo de café fue un golpe de suerte. El perito que vino a revisar el estropicio parecía consternado por mi falta de efectos personales, puede que sintiese hasta lástima por mí. O simplemente era un inútil redomado. El caso es que obvió mi falta de sentido común y los evidentes indicios de que todo aquello había sido, al menos en parte, culpa mía y la cuenta se saldó con unos cuantos ceros a la derecha de un 3. En forma de cheque.

Me encapriché con una máquina de escribir que había visto en una tienda del Rastro y me mudé con mi flamante Olivetti abollada a un piso de la Ronda de Atocha. Era pequeño y feo, pero menos oscuro y deprimente que el anterior, y tenía unas estupendas vistas a una buhardilla donde una rubia imponente tomaba el sol en topless.

Justo con esa rubia estaba aquel día sobre el cartón que había puesto en medio del salón de mi casa. Hacía las veces de cama, alfombra, picadero y, si venía muy cocido, de váter.

La rubia se llamaba Absenta. Decía llamarse Absenta. En su honor había pillado una botella tocaya, pero ambos sabíamos que si nos metíamos entre pecho y espalda más de 2 chupitos de ese brebaje infernal acabaríamos con la noche antes de lo previsto, así que descorchamos un vino polvoriento que el antiguo inquilino de la casa se había dejado en la despensa. Absenta intentó tirarse el rollo con los matices que detectaba con cada sorbo que le metía a la botella, momento que aproveché para dejar de prestarle atención a sus palabras y empezar a valorar su escote.

Es curioso, ¿no creéis? Había visto los pechos de esta monada día tras día moverse como girasoles apuntando al sol a través de la ventana de mi dormitorio y ahora me fascinaba como su escote se contraía y se expandía con movimientos leves. Tras una respiración, tras un encogimiento de hombros, durante un desperezamiento leve. Todo mi mundo se centraba en sus tetas, a pesar de que el único misterio que me quedaba por desentrañar de su cuerpo era su coño. Y deduje que tampoco sería gran cosa.

Suena feo esto que he escrito. Lo se. Siempre he sido así, no lo puedo evitar. A pesar de mis múltiples defectos mentales, de mi escaso atractivo en lo económico y en lo personal, tenía una capacidad, llamadlo un don, para tratar con las mujeres.

Era un chaval atractivo. Rubio, ojos azules, complexión delgada pero atlética, una sonrisa radiante y engatusadora… lo tenía todo para convertirme en puto de lujo, si me esforzase mínimamente por moldear mi cuerpo para ello. Mi hermano siempre decía que todas las amigas de su clase soñaban con que yo les rompiese el himen, o con algo aun más bestia. Con algunas lo hice, con otras no, aunque os aseguro que todas aseguraban ser vírgenes.

Todo tiene sus desventajas, claro. Para empezar, había sido portador de unas cuantas venéreas. La primera con 13 años, justo el día que conocí por primera vez el sexo. Estaba aún en Cáceres, en casa de mi novia del instituto, Fátima, cuando su madre entró por la puerta de su cuarto y nos pilló medio desnudos. Fátima estaba avergonzada y empezó a disculparse exageradamente mientras se vestía como podía, mirando al suelo y roja como un tomate. Pero yo no. Yo me quedé ahí plantado, en la cama, descamisado y con los calzoncillos a medio quitar, mientras miraba a la madre de mi novia con intensidad. A ella no pareció importarle, así que esa misma noche me acerqué a su casa y echamos un polvo en la cocina mientras su marido y su hija dormían placidamente.

Tuve gonorrea. Un infierno de pinchazos, escozor y malnutrición. Los siguientes meses seguí follando con la madre de mi chica, con mi chica y, en una ocasión, con el padre de mi chica. Fue como si toda la familia me perteneciese, o más bien, como si yo perteneciese a esa familia. Me sentía como su puta. Y no me importaba demasiado.

Estoy divagando. Es posible que muchos crean que todo esto es una fanfarronada, y en realidad lo es. Mis métodos no son infalibles y siempre había quien me rechazaba. Pero Absenta no lo hizo, y por eso estaba sentada en una habitación vacía, con una máquina de escribir como único objeto de valor apoyada en un rincón, rodeada de papeles guarreados con tinta offset. Una estantería con libros completaba la estampa. Nada más. Solo Absenta, los cartones y el vino.

– Tu casa huele raro – dijo Absenta mientras miraba al infinito.

– Eso lo dices porque aun no has visto lo mejor.

Ella sonrió. Tenía los dientes torcidos.

– Desnúdate – me dijo con voz autoritaria.

Follamos de diversas maneras. Contra la pared, contra el desagüe, contra la otra pared, contra la puerta. Solo me negué a follar contra la máquina de escribir.

Absenta abrió su botella tocaya y bebió un largo trago. Su suerpo desnudo temblaba todavía. Le ofrecí un cigarro, que ella rechazó, y empezó a vestirse. Me dijo que volvería a verme un día de estos, me dio una palmada en el trasero y dejó sobre el cartón un billete de 5.000 pesetas, que guardé en una caja de zapatos que había en el armario de mi cuarto. Recogí los condones y me senté en el suelo con la máquina de escribir entre las pierna. Puse un papel y mis manos empezaron a moverse sobre las teclas.

La historia de aquel día trataba sobre un chico que jugaba al escondite, pero al que siempre atrapaban el primero. Se reían de él, y él lloraba. Hasta que un día, decidió que buscaría el mejor escondrijo del mundo. Se enterró en un hoyo, y nadie volvió a encontrarlo jamás.

Luego lloré. Hacía años que no lloraba. Me sentó bien.

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Capítulo 2: Los consejos de Chica Punk

Chica Punk

 

– Lo que peor llevo sin duda son los momentos en los que me quedo solo en casa y me entra la ansiedad. Te juro que el otro día según se iba la chica que conocí en el Meadow’s empecé a hiperventilar y me tuve que meter ansiolíticos por un embudo.

– Ya. Tal vez deberías de comerte un filete o algo así, algo que te de energía – respondió la Chica Punk – Visita a un nutricionista. Haz ejercicio. Deja el tabaco – dijo mientras cogía el porro que tenía enganchado en la oreja y se lo encendía – Alternativas Víctor, cualquier cosa que no sea meterte esa mierda encima.

Estábamos sentados en el bordillo de detrás del bar. Chica Punk siempre insistía en que sin su dosis de THC mañanero ella no rendía, y teniendo en cuenta que era la cocinera, creedme que de sus manos dependía que la carne estuviese cruda o quemada, y cuando le daba el bajón era capaz de ponerse a llorar encima de la sopa. Eso era mejor que cuando le daba la neura y se dedicaba a restregarse por el coño la ensalada o los espaghetti, venganza velada a todas las mujeres que según ella tanto daño le hacían.

– Una vez estuve con una tal Miriam, ¿sabes? Tal vez te acuerdes de ella, la ojitos azules de labios carnosos que tanto os ponía cachondos – asentí – Pues la muy pirada se empeñaba en que cuando terminábamos de follar lo mejor era meterse una raya para que la sensación post-orgasmo se prolongase durante horas. Tardé un tiempo en comprender que estaba enganchada hasta los huesos, que no era capaz de dar dos docenas de pasos sin que sus ojos bizqueasen a causa de la cantidad de polvo que llevaba en el organismo.

– ¿Y todo esto tiene una moraleja, o me lo parece a mí?

Chica Punk clavó sus ojos verdes en los míos.

– ¿Sabes que tú eres la versión femenina de Miriam? Delgadito, ojos azules, rubio casi platino. Si tuvieras coño tardaría entre cero y nada en meter mi lengua entre tus piernas.

– El día que te laves los dientes te juro que me la arranco y te permito que me hagas lo que quieras. Mientras tanto, suelta la moraleja de una puta vez.

Chica Punk me golpeó en el brazo. Dolió.

– No hay moraleja, pasmao. Te digo todo esto porque me enteré de lo tuyo con la heroína según te pegaste el primer pinchazo en el culo. Y si yo, que no fui capaz de darme cuenta de que estaba liada con una cocainómana compulsiva, capté tu problema a la primera, imagina los demás. Has tenido tanta suerte de que Lesmes no te haya pegado la patada que me sorprendería que no estuviese enamorado de ti en secreto.

Me encogí de hombros y me quedé callado. Observando a la gente pasar me di cuenta de lo raro que era que fuesen todos en manga corta. Estábamos en Noviembre, por el amor de Buda. Chica Punk siguió mi mirada con sus ojos y sonrió, mostrando todas sus caries.

– Te leo el pensamiento chato. No desvíes el tema. Suéltalo.

– A veces creo que he llegado a este mundo para resbalar por él. Todo me la pela, Chica Punk. Desde mi enfermedad cardíaca hasta la muerte de mis padres o la vida de mi hermano. Llegué a Madrid con ganas de cambiar y lo único que he conseguido han sido decepciones. Tengo un curro de mierda, una casa ruinosa y más deudas con mi pasado de las que puedo gestionar. Y aun así, me da igual. Consigo lo que necesito y vivo con lo mínimo. Me dedico a ligar con camareras que me fían las copas y a gorronear tabaco de la máquina cuando Lesmes o Sonia no miran. Como del cazo a diario, pero en mi casa todo me caduca. Escribo mierdas surrealistas. No por el placer de escribirlas, si no por leerlas en voz alta y por reírme de lo ridículo que suenan.

– Yo he leído alguna de esas “mierdas”. Son buenas.

– Ya, pues sean buenas o no, se van a quedar pa’ vestir santos. Me la sudan, Chica Punk, me la sudan de tal manera que si hoy hubiese un incendio (que entre tú y yo, es cuestión de tiempo que ocurra) me acostaría sobre ese papel quemado y dormiría como un bendito. Hay cosas que no cambian. Puede que me haya desenganchado al caballo, pero no he dejado de deslizarme de puntillas sobre este planeta. Ni le importo a nadie, ni nadie me importa.

– Yo si te importo.

– Pero porque tú eres mi amiga. Que seas mi amiga no cambia las cosas, no daría mi riñón por ti si con ello pudieses sobrevivir un día más.

Chica Punk le dio la última calada a su porro y se levantó. Yo hice lo propio con mi cigarro. Me puso la mano en el hombro mientras nos encaminábamos hacia la puerta.

– Lo que no sabes aun es que si que lo harías Víctor. Se que llevas un par de minutos esperando mi consejo diario, pero esta vez te quedarás sin él. Creo que ya has avanzado lo suficiente.

– ¿Que quieres decir?

Chica Punk soltó una risotada maliciosa.

– Por favor. ¿”Si ardiera mi casa, no me importaría”? Mira Víctor, hace un par de meses estabas realmente jodido. Ahora solo te autocompadeces – Se ató el delantal y se lavó las manos – Sal de mi cocina o te quemo los pelos de los huevos con el mechero.

Lo mejor que puedo decir sobre lo que sucedió a continuación es que no me sorprendió demasiado. Por lo visto, me había dejado el gas encendido. Una explosión del carajo.

Mi casa había ardido en llamas. Y la verdad es que me afectó. Mucho.

Capítulo 1: Dicotomía.

DICOTOMIA

 

18 de Noviembre de 1998.

Respirar.

En eso se centraba mi mente.

“Tranquilo Víctor” pensaba “Respira. Puedes hacerlo. Respira despacio”.

Un fuerte dolor en el pecho me había tirado al suelo por enésima vez aquella semana. La luz de la madrugada se filtraba por los resquicios de la persiana, dándole a la oscuridad del salón un aura de misterio y decadencia. Los escasos muebles que lo decoraban estaban amarillentos y rasgados, como los de una casa encantada. La mesa cojeaba y se mecía acompañando los espasmos que producía mi cuerpo, extendido de cualquier manera en el centro de la habitación.

Pobre imbécil. Ahí le tenéis, desmadejado como una marioneta sin hilos, sin nadie a su lado para poder llamar a una ambulancia. Mirad como se agarra el pecho, como frunce los labios intentando aguantar el grito que pugna por salir. Ese tipejo delgaducho y de tez enfermiza que olía a tabaco y a sudor y que apenas había cumplido la veintena. Mirad como intenta levantarse. Como lo consigue, tras mucho esfuerzo, como la tortuga bicentenaria que ha caído de espaldas.

Y lo más patético de todo es que mi primer pensamiento nada más levantarme fue que mi cigarro había rodado sofá abajo y que tendría que moverlo para recuperarlo. El humo que aún pendía en el aire y que se fundía con los escasos rayos de luz que penetraban llenaba la estancia. Una alfombra de ceniza recubría la mesa y parte del suelo por el que me revolcaba buscando, impávido ante el dolor sordo que aún me aguijoneaba, ese cigarrillo a medio fumar.

  • Eureka – exclamé cuando mis dedos rozaron la colilla.

Yonki de mierda. La heroína había hecho tanta mella en mi organismo que la satisfacción de fumarse medio pitillo era casi un regalo de un Dios pagano. Me levanté con una sonrisa maníaca en los labios y me dirigí rápidamente a mi habitación. Ajusté la máquina de escribir y mis dedos comenzaron a bailar sobre las teclas.

Mi historia hablaba de un cigarrillo misterioso que se había escapado de la cajetilla para vivir aventuras, como hizo su padre antes que él, y el padre de su padre antes que él. El cigarro cruzaba montañas, se enfrentaba a peligros y rescataba a hermosas princesas de las garras de chicles de menta, pipas y parches de nicotina. Una carcajada febril brotó de mi garganta mientras escribía. El cigarro, tras muchos años de recorrer el mundo, volvía a su hogar, donde su dueño lo recibía con los brazos abiertos, lo abría y lo mezclaba con hachís. Era una buena historia. Merecía un final feliz. Tras teclear durante 3 horas, me estiré sobre la silla y me quedé pensativo. Una vaga sensación de ansia me reclamaba.

  • Joder, lo que daría por un chute… – murmuré.

Pero llevaba ya casi un año desenganchado y ese pensamiento se desvaneció al instante. Iba a llegar tarde al trabajo y tenía que pegarme una ducha.

La verdad es que lo del dolor en el pecho no era tan habitual, pero esas últimas semanas se había agravado. Empezaba con una sensación extraña, como si mi corazón se encasquillase, como si empezase a latir con esfuerzo tras haberse encontrado un quiste en el camino que le impidiese contraerse. Tras unos segundos, empezaba la opresión. Una opresión lenta pero inexorable, que me producía fuertes pitidos en el oído derecho y me daba náuseas. Mi mano izquierda iba sistematicamente hacia el pectoral izquierdo y el dolor me asaltaba, nublando la mente y los sentidos. Me solía dejar caer sobre el sofá o cualquier superficie de mediana altura que tuviese cerca, pero esa mañana no me había dado tiempo a llegar y me había desplomado de cualquier manera en medio de la habitación.

Por lo general, el dolor se iba a los pocos segundos, pero seguía siendo extremadamente jodido y complicado de sobrellevar. Imaginad que un martillo pilón os aplasta el pecho y que empieza a taladrar. Más o menos esa era mi sensación. Sabía que tenía un pie en la tumba, pero no quería ir al médico. Total, que novedades me iba a dar. ¿Que mi cardiopatía se estaba agravando? ¿Que los medicamentos no hacían el efecto deseado? ¿Que lo mejor era que dejase el tabaco y que me tomase un descanso? .

Aquél medicucho se pensaba que yo era un adicto al trabajo o algo parecido. Se nota que no me conocía. Si pusieran mi cara en el diccionario al lado de la palabra “escaqueo” nadie se lo reprocharía a la RAE. Y yo menos que nadie.

Y por otra parte, nada es más fuerte que el poder del orgullo masculino. Creía que mi hombría y virilidad inherentes me acabarían proporcionando esas salud de hierro que tanto deseaba. Descuidaba hasta los hábitos más básicos excepto del de la higiene, pero era joven. ¿Que podía salir mal? Total, lo peor sería morirse y eso hasta el momento no se me había dado demasiado bien. La muerte me esquivaba como el resto de las mujeres, que tras fijarse bien en mí y en el zulo que tenía como casa, afrontaban el trámite del sexo con rapidez y salían pitando sin dar explicaciones. No podía culparlas, yo habría hecho lo mismo.

Me metí debajo de la ducha y disfruté de unos cuantos segundos de paz y tranquilidad mientras el agua fría que caía del grifo me recomponía por dentro. Miré mi reloj de pulsera, uno de los pocos recuerdos que tenía de mi padre.

  • Mierda.

Eran las seis de la tarde pasadas y yo tenía que entrar al trabajo a las cinco. Salí corriendo de casa como alma que lleva al diablo.

ESDT: Obertura.

Epílogo

 

¿Habéis oído alguna vez hablar del fantasma de Urgel?

Supongo que no. Es una leyenda urbana muy poco conocida, pero que una vez la escuchas o la lees, se queda clavada en tu memoria para siempre. Al menos eso dicen.

Yo la escuché por primera vez hace muchos años. Me encontraba inmerso en una espiral de drogas, mala vida y autodestrucción. Intentaba hundirme en la miseria más absoluta, regodeándome en mis penas y en mis malas decisiones. Había tomado un camino sombrío, un camino de no retorno con cientos de bifurcaciones que desembocaban en el mismo final… la muerte prematura. Fue durante aquella época cuando conocí a Mara, un ángel caído del cielo que me recordó que no todo el que deambula está perdido y que fuese lo que fuese lo que me afligía siempre podía ir a mejor.

Ella me contó la historia del fantasma de Urgel y al verme reflejada en ella, salí de ese pozo de inmundicia en el que me había metido y renací. Me hice más fuerte que nunca. Ni la presencia cercana de la parca consiguió detenerme.

Es curioso que recuerde esto ahora. Han pasado muchos años de aquello y nunca le he dedicado más tiempo del que se merece. Pero Mara, como siempre, ha husmeado en mis cosas y ha decidido que mi historia es algo que merece la pena contarse. Dice que si no lo hago yo lo acabará haciendo ella y eso me entristecería mucho. Tiene una prosa deplorable y un sentido del gusto aún peor. Es una de las razones por las que nos complementamos tan bien, supongo. Ella pone la inteligencia y yo la habilidad. A decir verdad, ella pone muchas cosas más, pero sabe que este prólogo, esta obertura, es lo único en lo que le voy a dejar meter mano esta vez y por mucho que me insista, no verá el final del trabajo antes que nadie.

Quiero que quede claro que no soy escritor. En mi juventud me entretenía escribiendo historias en las que borrachos y yonkis encontraban la redención. Realismo barato y simplón que ni los editores más optimistas habrían tomado en consideración. Pero esta es mi historia, y si tengo que plasmarla en papel, me veo obligado a definirme como un autor. Mediocre, si, pero un autor al fin y al cabo.
Es la primera vez que hablo de mi historia y aunque siempre la he ocultado, muchos la conocen sin saberlo. Enemigos con el corazón de piedra y fuego en la mirada. Amigos y familiares ilusionados y esperanzados. Desconocidos sin rostro y que lo han visto todo desde bastidores, inmóviles, buscando el momento exacto para hacerse notar y dar esa palmada en la mesa que nos haga fijarnos en ellos y dibujar, por primera vez, un esbozo de su alma en la nuestra.
El Sendero de Ceniza, así titulado, fue mi primer y último camino de no retorno. Cuando me di cuenta de que estaba en él, me resistí a cruzarlo muchas veces, pero pronto comprendí que no había salida posible. Su fuerza me arrastró hasta el final. Y por esa razón me encuentro ahora escribiendo estas palabras. No se que habrá sido de aquél antiguo yo que dejé atrás… pero quiero pensar que, en otro universo, en otra vida, él logró distanciarse del destino que le había sido fijado. Quiero pensar que todo lo que hacemos tiene un significado y que podemos, en mayor o menor medida, elegir que hacer con las decisiones que hemos tomado.

Necesito creer en ese silencio que queda cuando el tiempo, duro e indestructible, se agota de manera definitiva.

Dicen que todas las historias tienen un principio, una situación ideal desde la que se puede partir para comenzar la narración. Puede comenzar con un cruce de miradas, con una sonrisa robada, con un silencio doliente ante el ataud de un conocido… cualquier tipo de inicio es bueno mientras se tenga clara la razón por la que escribirla o contarla.

En mi caso, yo no puedo estar tan seguro. Supongo que podría empezar cuando la muerte de mis padres nos dejó a mi hermano y a mí huérfanos y solos en una España que estaba en pleno apogeo cultural y económico.
Podría empezar, tal vez, cuando finalmente a los 18 años de edad, tras muchas penurias y malas relaciones con mis tíos, decidí largarme de esa casa para no volver jamás, rumbo a un Madrid que se me antojaba frío, oscuro y gigantesco.

Pero me estaría equivocando. Mi infancia y mi adolescencia fueron un infierno para mí y para los que me rodeaban. No son el contrapunto que estoy buscando, así que lo mejor será que empiece por el preciso instante en el que fui consciente de que me estaba muriendo y por aquella mañana de otoño de 1998, donde todo cambió para mí.

 

Interludio: El silencio del tiempo.

SDT

Hace ya un tiempo que no subo relatos al blog con continuidad, y no ha sido fácil ofrecerme a mí mismo una excusa convincente. Digamos que una serie de acontecimientos de fuerza mayor me han quitado las ganas de publicar lo que ya tenía planeado y me he visto obligado a borrar gran parte de lo que ya tenía escrito.

Eso no quita que no vaya a comenzar con una nueva tanda de relatos un tanto distintos a lo que estoy acostumbrado a escribir. Digamos que es más bien una novela corta publicada por fascículos.

Se titula “El silencio del tiempo” y lleva escrita ya muchos años. No me atrevía a sacarla del cajón por miedo a releer a aquél Kike de hace tiempo y reírme de su falta de talento, madurez, práctica o visión.

Pero esta mierda es buena. Es MUY buena. Al menos en mi opinión, y eso que suelo ser extremadamente crítico con todo lo que hago. He modificado bastantes partes que no consideraba correctas, he trabajado en el argumento base y le he dado lustre. Esta novela corta, que tantos quebraderos de cabeza me ha dado, es mi primera obra completa. La primera obra que muestro al público.

Espero que os guste. Espero que os motive. Y por encima de todo, espero que sepáis apreciarla como se merece, tanto en lo bueno como en lo malo.

Permitidme transportaros pues al Madrid de finales del siglo XX. A una época que recuerdo con polvo, herrumbe y soledad. Los vientos que llegaban de los cuatro puntos cardinales confluían en aquella casa oscura y ruinosa, y los pulmones de nuestro protagonista, hasta ahora marchitos, comenzaban a funcionar de nuevo…

Os presento a Víctor. Disfrutad.

Al nicho.

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Lo que más me molestó sin duda de haber muerto un martes fue que aquella noche había partido del Madrid. Era muy frustrante para uno verse ahí tirado en el suelo, apestando a tabaco y a sudor, sin poder mover la cabeza, las manos, los pies, con la tele apagada, esperando tal vez que alguien entrase por la puerta y recogiese mi cadáver para llevarlo a incinerar o algo así.

Pero claro, vivía solo. Y estaba en el paro. Quien me iba a echar en falta en esta era digital, donde si no respondes los Whatsapp es porque o te has echado novia o porque estás jugando una partida de Fortnite acompañado de patatas de bolsa y Redbull de Mercadona.

Estuve ahí más de 3 días hasta que a mi colega Franchu se le ocurrió pensar que tal vez “me habría pasado algo”. Será gilipollas. Y encima tras conseguir echar la puerta de mi piso abajo el estruendo atrajo a todos esos vecinos cotillas que tanto me habían dado por saco durante todo este año. Que si la música estaba muy alta, que si las mujeres que me traía a casa fingían los orgasmos demasiado alto, que si les había vomitado en el felpudo, que si había secuestrado a su perro para hacerlo pasar por el mío con la excusa de echar un polvo…

Vamos, que cuando vieron mi cadáver en el suelo alguien sacó una botella de champán y los vecinos empezaron a vitorear y a bailar. Incluso alguno, seguramente el rencoroso de Jose Luís, se sacó la chorra y me meó encima. Que grosería, que falta de educación.

Franchu, que aunque sea lerdo es un buen colega, sacó el bate de las represalias y la vara de la persuasión de mi armario privado y se lió a cates con el vecindario, que salieron en estampida de mi casa y se bajaron al bar de la esquina a continuar con la fiesta. Cojones, aquello parecía una final de Champions. Coches pitando al pasar, bengalas, petardos, bubucelas… hasta orgías desenfrenadas. Podía olerlo.

Franchu abrió una cerveza y miró mi cuerpo en descomposición.

– Joder Donald, en menudo lío te has metido. Y ahora como le cuento yo esto a tus padres.

Me levantó con esfuerzo y me puso en el sofá, a su lado.

– Venga, vamos a ver el partido del otro día. No veas lo que te perdiste chico, que despliegue, que maravilla.

Mis padres tampoco es que se lo tomasen tan mal, la verdad. Lloraron un poco al principio, pero al ver que eran los titulares de mi seguro de vida y los herederos de todas mis posesiones terrenales se les pasó. Un hombre joven y sano, y parcialmente multimillonario gracias a los Bitcoins… pues oye, se lo iban a pasar de puta madre. A mi costa. CON MIS BITCOINS.

Tendría que haberlos enterrado en mi isla privada del Caribe, junto con el cadáver de Aviici. Un consejo gratis, amigos: no mezcléis tabletas de Milka con popper.

Tras unas horas me llevaron a la morgue y me dejaron en pelotas ante el bisturí y las manos expertas de una preciosa muchachita de ojos verdes y claro… entre el frío, las atenciones y la falta de riego sanguíneo se me puso el fiambre como el zapato de un payaso. La chiquilla empezó a pegar berridos e hizo que media España se enterase de que yo era el único ser del planeta clínicamente muerto que era capaz de tener erecciones espontáneas. Pusieron a un forzudo enfermero a hacer flexiones delante mía y bueno… uno no es de piedra.

Total, que si formol, conservantes, colorantes, saborizantes, cloro, yodo, magnesio, manganeso, litio, éxtasis, MDMA, patatas Risi. Un batiburrillo de drogas, compuestos químicos y bollería industrial hicieron de mi cuerpo una especie de baluarte. A los 8 días de haber muerto por fin era capaz de reaccionar a estímulos primarios, como la luz y las patadas en los testículos. Al mes, ya era capaz de hablar y de respirar, aunque solo por la boca y un agujero que me había salido en el sobaco. Por lo visto ya no iba a ser capaz de regenerar mis tejidos básicos.

Al año ya era un ser humano normal y corriente. Podía ir a correr, al cine, tenía citas y me funcionaba todo a la perfección. La única diferencia es que era un cadáver. En la revista Time me habían hecho un reportaje cuyo título rezaba: “El muerto inmortal”. Queda cojonudo, ¿no os parece?.

Ahora mis accionistas e inversores se empeñan en que tengo que crearme una marca, un “branding”. Yo creo que con escribir este artículo para mis fans tengo más que suficiente. Además, hace un par de días me compré 4 equipos de la Premier inglesa y estoy jugando a ser Dios con la clonación humana en mi isla del Caribe. Por lo pronto ya tengo 4 Aviicis nuevos tocando la canción de Evanescence en bucle. Y un Elvis. Y a Margaret Thatcher como esclava sexual.

Quien sabe, puede que en un par de días me de por iniciar una guerra.

Estad atentos.

Estoy bien pero mal.

Bien pero mal

 

Hola.

Hoy estoy mal, pero bien.

No por los gases, ni por la lotería.

No ha sido por la sangre en las encías ni por mi almorrana curada.

Un poco por el tiempo lluvioso y el atasco en el centro.

Pero no por tu llamada y tu silencio.

Mucho por la derrota de mi equipo y la victoria de mi otro equipo.

Pero nada por mi padre y mucho por mi madre.

Lo compensa mi hermana, pero no mi hermano.

Si por el curro y la monotonía.

Si por el frío y las facturas.

Si por el cigarro tras el café y lo que viene tras la combinación de ambos.

Y aunque parezca mentira, poco por España y por Espiña.

 

Hoy ha sido un día raro, como todos los días, pero al menos tengo claro que estando mal y bien me declaro culpable de anarquía interna y de provocar disturbios en mi cerebro. Que me juzguen las neuronas y me enchironen unos días para que se me quite la puta tontería. Pero por Buda, que siga lloviendo un poco que tengo las palmas de las manos secas y eso para las pajas es una mierda.

Y que otra cosa va a hacer un hombre encarcelado.