Esa puta imbécil.

Que hija de la gran puta.

Allí donde miraba estaba ella. En el espejo del baño, en el cola-cao mañanero, en el humo del cigarro, en las costras muertas de mi labio superior.

Todo cambia con los años, pero ella no lo hacía. Se deslizaba sinuosa tras los póstigos del arco de mi despacho y se encerraba en mi interior, buscando morder y envenenar mi mente. Y lo conseguía siempre, cada noche. Sin miedo, sin prisa, sin molestar más de lo justamente necesario.

Me congelaba las manos. Mis dedos que ante bailaban sin dudar sobre el teclado titubeaban y se estremecían, dando lugar a palabras inconexas que ningún sentido tenían. Se vanagloriaba de ello. Convertía mis relatos en mierda infecta.

Un día me encontraba en mi posición habitual, cobrando el paro y con una vía de cafeina atravesando mis venas. Me daba asco mirarme al espejo, así que el baño ni pisarlo. Los pelos de mi barba se encrespaban como si de vello púbico se tratase y mi lengua sabía a tabaco y a suciedad reconcentrada. Olía fuerte, pero solo en el sobaco izquierdo. Y creía que no había mejor momento para escribir, pues si de algo me alimentaba a parte de mierda precocinada era de mi propia miseria.
Pues vino ella, vestida de gris. Y el gris me provoca ardores. Abrí una hoja en blanco de wordpress, escribí cuatro soplapolleces y dejé que mi ira se desatase sobre lo que antaño me daba placer.

Que vulgar, que triste. Que soliloquio tan banal. Que absurda perífrasis por allí, que incultura y que rebuscado. Fatal, mal compuesto. TODO MAL, TODO MIERDERO.

Y lo borré. Como cojones no iba a borrarlo cuando tenía a mi pena descojonada detrás de la silla.

Y lo peor es que canturreaba cosas. Cosas feas sobre mi aspecto físico, sobre mi escasa capacidad de reacción. Sobre mis malos hábitos y mi vagancia centralizada. Sobre mis traumas, esos traumas taaaaaan comunes que el resto sobrepasa con solidez y a mí me cuestan un mundo.

¿Pero saben una cosa? Ahora ella no está. Se ha ido. La he mandado a tomar por culo.

Mi pena es una zorra, una pécora cuyas virtudes son solo una máscara que oculta todo lo malo que tiene. Esa sinvergüenza malparida ataca cuando menos te lo esperas. Cuando juegas mal a un juego, cuando pierde el Madrid, cuando se te cae el cubo de la fregona, cuando no llegas al metro por un pelo…
Pequeñeces que agrandan la pena y le dan poder.

Pero me la he cargado. Ahora solo vienen sus crías, y estas son tan pequeñas que da pena hasta mirarlas. Ahora escribo a veces, e incluso de vez en cuando me enorgullece hacerlo. Porque me gusta. Y cuando algo te gusta, ¿que hay de malo en disfrutarlo?

 

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