Al gulag.

GULAG

Ivana Guirrovich estaba muy atareada aquella mañana.

– ¡Al Gulash! – Había berreado unas 30 o 40 veces desde que se había despertado.

Era viernes, un viernes frío y deprimente, como todos en la nueva URSS. Sudaba a mares cuando entraba en las cocinas, pero se pelaba de frío cuando salía a estirar sus rocosos muslos.

Ivana era poderosa. Esa sería la palabra que mejor la definía. Más de 2 metros de altura, unos musculosos brazos que parecían hechos para machacar cabezas, con un aspecto realmente amenzadador cuando le brillaban los cientos de cicatrices que los enmarcaban. Su mentón, que habría hecho gastar más mármol en una figura que la construcción del panteón, siempre estaba cerrado en un ictus maquiavélico, como si estuviese pensando en su próximo contrincante en una pelea de boxeo sin guantes.

Da, lo dicho, al Gulash ahora mismo! – Seguía gritando mientras veía pasar por delante de sus ojos cientos de capitalistas, analfabetos funcionales y príncipes azules con pinta de mariquitas.

Muchos pensaréis que Ivana era tan dura como su aspecto. Y no os confundís. Pero ahí donde la véis, todo carne dura y nalgas de acero (forjadas gracias al millar de sentadillas matutinas que se autoimponía tras el desayuno), escondía un corazón tierno y delicado, como una rosa de pitiminí que se abre al sol del amanecer en primavera. Escribía poemas y sonetos de extremada delicadeza en la intimidad.

Aun recuerdo uno que decía:

“Si tú haser bien trabajo, buen gusto dar al pegar

Todo aquello que deseas, ha de apareser, da.

Si ellos no haser caso, buscar vara de represalias,

Y si seguir quejándose del frío, al Gulash

Ella se emocionaba con facilidad. Una vez estaba buscando a un prisionero que se había escapado y cuando lo encontró en estado de congelación, la escena era bellísima. Los primeros brotes verdes habían salido de entre el barrizal nevado donde yacía el cadáver y se habían enredado en torno a su entrepierna. Ivana sintió en el pecho algo que días más tarde reconoció como júbilo.

Entonces de decidió a buscar marido.

Y por eso su mañana estaba siendo tan atareada.

– ¡Al Gulash todo el mundo o perder paciencia! – Los soldados al oir esas palabras hicieron acelerar a la fila de prisioneros, temiendo un posible arranque de ira de la administradora del centro de trabajo.

Una vez tuvo a todos los hombres en recluídos en el barracón, los fue inspeccionando uno por uno.

– ¿Tú tener genitales fuertes? ¿Cosa de prrocrrearr firme? ¿Saber la posisión de la gacela turulata? ¿Has levantado alguna ves 120 kilos de hembra? – Iba preguntando uno por uno, aunque con desafortunado resultado, pues los que no se cagaban encima de miedo respondían con bravuconería y ordinariez.

Ella quería a un hombre, sí. Pero a un hombre romántico y sensible.

Decepcionada con ellos, les impuso 3 semanas de limpiar letrinas y se retiró a su habitación, llorando desconsolada.

– ¿Es que no haber hombre fuerte para Ivana? ¿Que debo haser? – gemía tumbada en la cama en posición fetal.

– Si me permite la indiscrección, yo podría ayudarla en eso – dijo una voz en la oscuridad.

Ivana saltó de la cama con un cuchillo jamonero en la mano y escudriñó la voz que venía del otro lado de la habitación.

– ¿Quien anda por ahí? ¡Salir, o cortar genitales y haserme maracas con ellos!

El hombrecillo salió temblando de detrás del armario. Su sorpresa fue mayúscula, pues era el preso al que había encontrado congelado a las afueras del centro.

– ¡Tú! – exclamó Ivana avanzando hacia él cuchillo en ristre – ¡Tú estabas muerto! ¡Al Gulash ahora mismo, ea!

– Se dice Gulag, vaca trisómica. – replicó el prisionero sin moverse ni un ápice.

Algo en ella se rompió. Nunca en su vida nadie le había respondido. Ni su señor padre, ni su señora madre. Ni el mismísimo camarada Stalin se había atrevido a darle una orden o a corregir su “defectillo” lingüístico.

– Yo… yo… yo le quiero. – Dijo Ivana con voz tierna.

– Y yo la amo, doña Ivana. – Respondió el prisionero alzando los brazos.

Ivana soltó un maullido extremadamente poco femenino y se abalanzó sobre el prisionero. No lo mató de milagro.

Dejemos a los enamorados un poco de intimidad.

Días más tarde, Ivana y Bosconovich, pues así se llamaba el antiguo reo, se casaron en el mismísimo Gulag. Un sacerdote judeortodoxo ofició la ceremonia a la que asistieron todos los camaradas, todos los presos y todos los oficiales de la URSS. Bebieron vodka, montaron en oso e hicieron todo tipo de clichés racistas que podáis pensar de los rusos.

Y como no se como cerrar esta ida de puta olla que me he inventado, pues me marco un Bukowski y lo dejo tal que así.

Ea, al Gulash.

 

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