Capítulo 5: Ella

Ella

Es curioso. Ahora que la recuerdo con más lucidez, no puedo evitar pensar en todo lo que me hizo cambiar para bien. Serán delirios producidos por el alcohol, por el calor infernal que hace ahora mismo en mi habitación o simplemente porque me acaba de escribir ahora mismo para saber que tal estoy, pero si tengo que hacer un balance de lo que saqué de mi primer amor, solo prima lo bueno que me dio y lo mala que era ella para mi.

Me explico.

Era una mujer egoista. Lo supe desde el primer momento en el que la conocí, pero cuando empezamos a vivir juntos, todo ese rencor acumulado hacia el resto de la humanidad me lo arrojó a la cara, como una bomba de relojería que llevaba esperando años por explotar. Un cúmulo de traumas, odio y neuras postizas aderezadas del más puro de los desprecios por si misma y por el resto. La amaba por ello. Me hacía sentir importante, claro. ¿Como no iba a sentirme importante cuando una mujer que tanto asco se tiene a si misma mostraba tanto anhelo por mantenerme a su lado? No parece tener sentido, pero en mi cabeza lo tenía.

Le gustaba la coca, la poesía y viajar. Tenía una vieja abuela a la que sablaba siempre que podía, y de ello se mantenía, de herencias y ayudas familiares que no le eran ajenas. El día que le dije que tenía que apoquinar para el alquiler casi me revienta un vaso de tubo en la cara. No es que se pusiese como una fiera. Es que era una supernova. Cuando se enfadaba su ira traspasaba paredes, montañas, universos. Se expandía y se contraía como el latido de un corazón de gigante. Me hería con burlas, comentarios sarcásticos e insultos homófobos. Y yo me dejaba hacer, como un perro apaleado al que ya no le quedan cojones para seguir luchando.

A veces, y solo a veces, era yo el que atacaba. Sacaba mi arsenal y le llamaba drogata, puta, malnacida, infrahumana. Pero era inmune a mis argumentos. Lloraba y ganaba sistemáticamente cualquier discusión. Luego decía que me quería y a mí se me derretía el corazón.

Me racionaba el sexo de tal manera que cada vez que conseguía llevármela a la cama era como si fuera Navidad. Siempre se excusaba con movidas como que le dolía la cabeza, que la píldora le quitaba la líbido, que estaba cansada, que se sentía pesada después de haber comido. Al principio a mi me tocaba tragar y a la larga, llegó a no importarme.

Y obviamente, mientras estaba conmigo, se folló a unos cuantos hombres. No era algo de lo que yo me enterara al momento, pero claro, no iba a ser el primero en saberlo. Primero iban sus amigas, luego el barrio entero, luego los camareros de los locales a los que salía de juerga y luego mis amigos. Luego ya era mi turno.

Entonces yo buscaba al pobre imbécil que se había dejado llevar por su encanto, le daba una somanta de hostias que le dejaba cual torero novel tras ser arrollado por un morlaco y me encaraba con Sara. Discutíamos, nos peleábamos, follábamos y vuelta a empezar.

Pasamos unos cuantos años juntos. Demasiados diréis, pero más años me pasé echándola de menos. Era mi complemento, mi caos. La única piedra de la que estaba formado mi sendero. Nos merecíamos mutuamente.

El día de su sobredosis fue duro.

Llegué a casa reventado aquella noche. Me dolían los riñones y mis pies no daban más de si. Lo último que me apetecía encontrarme era a mi novia desparramada en el sofá, con los ojos en blanco, boqueando, luchando por vivir. Empecé a gritar su nombre mientras, presa del pánico, le sacudía los hombros y le abofeteaba la cara. Llamé a urgencias, pero tardaron en responder y yo ya no daba más de mí. Estaba como ido. Cogí su menudo cuerpo en brazos y como si fuera un saco de patatas bajé por las escaleras pegando alaridos. Los vecinos se asomaban y me gritaban cosas inteligibles, pero yo no escuchaba, no veía. Solo corría, hacia el hospital más cercano.

Paré un taxi en la calle.

  • Oiga, pero que coño se ha creído. Esto no es una ambulancia, llévese a la yonki fuera de aquí.

Saqué la pistola y le encañoné la sien.

  • ¡O mueves  el puto culo o te juro por lo más sagrado que te reviento el cráneo, soplapollas!

El taxi tardó menos de 4 minutos en llegar al clínico Moncloa. Me apeé dejando la pipa en el asiento trasero y cargando con Sara como buenamente podía. Los médicos de urgencias trabajaron rápido. Dispusieron de una camilla al instante y se llevaron a mi chica hacia el interior, dejándome plantado en la puerta. Una enfermera quiso tomarme nota sobre la paciente, pero yo me alejé de vuelta al taxi.

El conductor se había quedado clavado en el sitio. Sus ojos, abiertos de par en par, me miraban con miedo. Sus manos aferraban, agarrotadas y cenicientas, el volante, como si fuese un salvavidas al que un náufrago debe su vida.

  • ¿Tienes fuego? – Le pregunté

Si tenía. Me encendí el cigarro con las manos temblorosas y aspiré el humo con placer y alivio.

Le pagué la carrera, no sin antes coger su cartera y quedarme con su DNI. Era muy fácil hacerse una copia, pero muy difícil convencer a un juez de que no te meta en chirona por guardar un arma en casa y amenazar a un taxista con ella. Confiaba pues en su silencio, un silencio comprado con una amenaza igualmente silenciosa.

Me guardé la pistola en los pantalones y me dirigí hacia dentro del hospital a dar los datos de Sara a la enfermera, que se había quedado observando la escena, silenciosa.

Horas más tarde me permitieron verla. Estaba pálida, delgada y sus ojeras marcaban su dulce rostro con una expresión mortecina.

  • Te quiero, Víctor – me susurró con voz débil al sentir mi mano sobre la suya.
  • Y yo a ti, pequeña. – le respondí con lágrimas en los ojos – Y yo a ti.

 

 

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