Capítulo 4: Un cambio en la administración.

ADMINISTRACION

 

Que mi nuevo piso se hubiese convertido en el botellódromo de mi grupo de amigos me estaba empezando a cansar.

Para empezar, había comprado un par de sofás. Y cuando digo que había comprado, quiero decir que los había encontrado en la calle justo al lado de los contenedores. Que los gitanos no se los hubiesen llevado aun fue para mí como una señal divina, así que llamé a Carlos y le dije que si me ayudaba a subirlos al piso le invitaría a cerveza.

Carlos nunca decía que no a una cerveza. Hizo un par de llamacuelgas y en menos de 15 minutos teníamos un 8 pistas instalado en mi salón, junto con una mesa baja, los sofás y hasta una mininevera donde guardar los hielos para los cubatas. Sonaba de fondo Everlong, de los Foo Fighters, un grupo que a mi personalmente me sonaba de puta madre. Nos movíamos de forma espasmódica, haciendo estallar los botellines de cerveza que estaban tirados por el suelo. A Chica Punk se le fue la olla más de lo normal y empezó a gritar como una posesa por la ventana, consiguiendo que poco a poco fueran subiendo más personas a mi casa, acabando pronto con las reservas de whisky y ron que teníamos.

Cuando finalmente terminamos con la cerveza, nos fuimos a Malasaña a continuar con la juerga. El Rey Lagarto siempre estaba abierto para nosotros, y más cuando traíamos a una muchedumbre hasta las cejas de coca, alcohol y prozac.

-Mira quien te ha echado un ojo, Víctor – me dijo Buru según entramos al sitio.

Miré a mi alrededor y la vi. Estaba guapísima aquel día, con esos pantalones ceñidos que le hacían un culo respingón del que no podía apartar los ojos. Una camiseta verde de tirantes, el pelo recogido en una cola de caballo. Su sonrisa, ligeramente torcida, brillante por el efecto de las luces de neón. Todo aderezado con una mirada de loca. Me encantaba su mirada de loca. Hacía que mereciesen la pena las consecuencias posteriores.

-Ya veo, así que tú otra vez acosándome – me gritó al oído nada más llegué a su lado.

Puse la mano en su cintura. Su piel ardía.

-Me ha dicho Buru que no has parado de lanzarme miraditas desde que he entrado – le respondí a voces – ¿Te invito a una copa y me explicas la razón?

Ensanchó su sonrisa, asintiendo con la cabeza y plantándome un beso húmedo en la mejilla.

Bailamos mucho, hablamos de tonterías y acabamos besándonos en los sillones del final del garito. Yo estaba a punto de reventar y ella lo sabía, por la forma con la que jugaba son su lengua en mi boca.

-¿Terminamos la conversación en mi casa o tengo que arrastrarte hasta los baños? – conseguí articular en uno de esos descansos tan poco comunes que les dábamos a nuestros labios.

-Me parece a mí que ni lo uno ni lo otro, vas a tener que currártelo más si quieres follar esta noche.

Gruñí. Siempre me hacía lo mismo. Era mi talón de Aquiles, mi némesis.

-¿Que va a ser hoy? ¿Me desnudo y me subo a la barra? ¿Le doy dos hostias al puertas? ¿Te consigo ketamina?

-Nada de eso. Simplemente no me has puesto demasiado cachonda. Hoy me voy a follar a otro, creo. – Empezó a pasear su mirada por el local, aburrida.

-¿Cómo? – pregunté como un tonto, con incredulidad.

-Ya me has oído. Me aburres. – Se levantó y me dejó ahí plantado.

-Puta de mierda – mascullé entre dientes. Cogí mi chaqueta y salí del local. Necesitaba tomar un poco el aire.

Bajé hasta la plaza del 2 de Mayo, fumando un cigarro tras otro. Mi mente era un torbellino. Conocía a Sara desde hacía ya mucho tiempo, cuando nos la presentó un amigo en común. Desde el principio yo me había fijado mucho en ella. Sus gestos, su forma de vivir, su locura. Me atraía como si fuera una luz lejana y yo un mosquito sediento de sangre. Nos habíamos visto muchas veces desde entonces, casi siempre alcoholizados o colocados, y siempre acabábamos teniendo sexo sobre cualquier superficie medianamente estable. Por ella había abrazado la monogamia por primera vez en mi vida, aunque no habíamos pactado nada en absoluto. Nos iba bien. Estábamos hasta felices.

Pero ella era voluble. Igual que yo, en cierto sentido. Había empezado a hacer cosas raras. Me ponía retos o me ignoraba. A veces se paseaba por delante de mi cara con otros hombres, muchos de ellos conocidos míos. Se hacía la encontradiza conmigo, buscándome para luego hacerme gilipolleces como la que me había hecho aquella noche. Me tenía harto.

Me senté sobre un banco y me abrí una lata de cerveza que llevaba en la chaqueta. Estaba caliente. No me importó.

Al rato apareció Chino con su tropa de lameculos detrás, riéndole las gracias.

-Coño, el yonkigoló – exclamó al verme, haciendo un juego de palabras con mi antigua adicción y con mi antiguo trabajo – ¿que haces tan solo por este barrio? ¿no sabes que por aquí hay gente mala?

Me corrió una gota de sudor frío por la espalda. Aparté mi mirada de la suya. Sentía la violencia en el ambiente.

-No quiero problemas Chino – le dije mirando al suelo.

-Ya.

Vi llegar la hostia mucho antes de que sentirla. Me lanzó un guantazo con una de sus manazas, cubriéndome toda la cara y dejándome medio sordo con el impacto. Sabía lo que vendría a continuación, así que me hice un ovillo en el suelo y esperé a que el torrente de patadas disminuyese un poco.

Supongo que Chino pretendía escupirme. Fue un movimiento muy estúpido. Yo estaba solo y él rodeado de colegas. Sabía que si se cubría con ellos no habría peligro alguno. Pero exponerse de esa manera fue un grave error. Yo jamás lo habría cometido. Me levanté con una velocidad sobrehumana y le clavé mi navaja en el cuello. La sangre salió a borbotones. Sus ojos, normalmente entrecerrados y mates, estaban a punto de desencajarse y brillaban con pánico e incredulidad. Nadie se me acercó mientras me limpiaba la sangre de la cara y me marchaba hacia la puerta del Rey Lagarto. Nadie me paró. Nadie quiso mirarme a los ojos.

Y bailé. Seguí bailando hasta que volvimos a casa todos juntos, a seguir con la fiesta. Sara me había visto entrar, pero había ignorado por completo la sangre de mis manos y mi ropa. Para ella, solo era un juego. Una última y macabra partida en la que yo, sin darme cuenta, me había visto envuelto una vez más.

Al día siguiente le dije que la quería. Y empezamos a vivir juntos.

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