Capítulo 3: Bebiendo vino.

Vino

En honor a la verdad, tampoco se estaba tan mal durmiendo sobre unos cartones. Que mi casa no estuviese asegurada no me impidió recibir una indemnización bastante cuantiosa por los “objetos de valor” que había perdido. Que coincidiese un escape de gas por la defectuosa instalación de mi antiguo edificio, con mi despiste a la hora de apagar el fuego del hornillo de café fue un golpe de suerte. El perito que vino a revisar el estropicio parecía consternado por mi falta de efectos personales, puede que sintiese hasta lástima por mí. O simplemente era un inútil redomado. El caso es que obvió mi falta de sentido común y los evidentes indicios de que todo aquello había sido, al menos en parte, culpa mía y la cuenta se saldó con unos cuantos ceros a la derecha de un 3. En forma de cheque.

Me encapriché con una máquina de escribir que había visto en una tienda del Rastro y me mudé con mi flamante Olivetti abollada a un piso de la Ronda de Atocha. Era pequeño y feo, pero menos oscuro y deprimente que el anterior, y tenía unas estupendas vistas a una buhardilla donde una rubia imponente tomaba el sol en topless.

Justo con esa rubia estaba aquel día sobre el cartón que había puesto en medio del salón de mi casa. Hacía las veces de cama, alfombra, picadero y, si venía muy cocido, de váter.

La rubia se llamaba Absenta. Decía llamarse Absenta. En su honor había pillado una botella tocaya, pero ambos sabíamos que si nos metíamos entre pecho y espalda más de 2 chupitos de ese brebaje infernal acabaríamos con la noche antes de lo previsto, así que descorchamos un vino polvoriento que el antiguo inquilino de la casa se había dejado en la despensa. Absenta intentó tirarse el rollo con los matices que detectaba con cada sorbo que le metía a la botella, momento que aproveché para dejar de prestarle atención a sus palabras y empezar a valorar su escote.

Es curioso, ¿no creéis? Había visto los pechos de esta monada día tras día moverse como girasoles apuntando al sol a través de la ventana de mi dormitorio y ahora me fascinaba como su escote se contraía y se expandía con movimientos leves. Tras una respiración, tras un encogimiento de hombros, durante un desperezamiento leve. Todo mi mundo se centraba en sus tetas, a pesar de que el único misterio que me quedaba por desentrañar de su cuerpo era su coño. Y deduje que tampoco sería gran cosa.

Suena feo esto que he escrito. Lo se. Siempre he sido así, no lo puedo evitar. A pesar de mis múltiples defectos mentales, de mi escaso atractivo en lo económico y en lo personal, tenía una capacidad, llamadlo un don, para tratar con las mujeres.

Era un chaval atractivo. Rubio, ojos azules, complexión delgada pero atlética, una sonrisa radiante y engatusadora… lo tenía todo para convertirme en puto de lujo, si me esforzase mínimamente por moldear mi cuerpo para ello. Mi hermano siempre decía que todas las amigas de su clase soñaban con que yo les rompiese el himen, o con algo aun más bestia. Con algunas lo hice, con otras no, aunque os aseguro que todas aseguraban ser vírgenes.

Todo tiene sus desventajas, claro. Para empezar, había sido portador de unas cuantas venéreas. La primera con 13 años, justo el día que conocí por primera vez el sexo. Estaba aún en Cáceres, en casa de mi novia del instituto, Fátima, cuando su madre entró por la puerta de su cuarto y nos pilló medio desnudos. Fátima estaba avergonzada y empezó a disculparse exageradamente mientras se vestía como podía, mirando al suelo y roja como un tomate. Pero yo no. Yo me quedé ahí plantado, en la cama, descamisado y con los calzoncillos a medio quitar, mientras miraba a la madre de mi novia con intensidad. A ella no pareció importarle, así que esa misma noche me acerqué a su casa y echamos un polvo en la cocina mientras su marido y su hija dormían placidamente.

Tuve gonorrea. Un infierno de pinchazos, escozor y malnutrición. Los siguientes meses seguí follando con la madre de mi chica, con mi chica y, en una ocasión, con el padre de mi chica. Fue como si toda la familia me perteneciese, o más bien, como si yo perteneciese a esa familia. Me sentía como su puta. Y no me importaba demasiado.

Estoy divagando. Es posible que muchos crean que todo esto es una fanfarronada, y en realidad lo es. Mis métodos no son infalibles y siempre había quien me rechazaba. Pero Absenta no lo hizo, y por eso estaba sentada en una habitación vacía, con una máquina de escribir como único objeto de valor apoyada en un rincón, rodeada de papeles guarreados con tinta offset. Una estantería con libros completaba la estampa. Nada más. Solo Absenta, los cartones y el vino.

– Tu casa huele raro – dijo Absenta mientras miraba al infinito.

– Eso lo dices porque aun no has visto lo mejor.

Ella sonrió. Tenía los dientes torcidos.

– Desnúdate – me dijo con voz autoritaria.

Follamos de diversas maneras. Contra la pared, contra el desagüe, contra la otra pared, contra la puerta. Solo me negué a follar contra la máquina de escribir.

Absenta abrió su botella tocaya y bebió un largo trago. Su suerpo desnudo temblaba todavía. Le ofrecí un cigarro, que ella rechazó, y empezó a vestirse. Me dijo que volvería a verme un día de estos, me dio una palmada en el trasero y dejó sobre el cartón un billete de 5.000 pesetas, que guardé en una caja de zapatos que había en el armario de mi cuarto. Recogí los condones y me senté en el suelo con la máquina de escribir entre las pierna. Puse un papel y mis manos empezaron a moverse sobre las teclas.

La historia de aquel día trataba sobre un chico que jugaba al escondite, pero al que siempre atrapaban el primero. Se reían de él, y él lloraba. Hasta que un día, decidió que buscaría el mejor escondrijo del mundo. Se enterró en un hoyo, y nadie volvió a encontrarlo jamás.

Luego lloré. Hacía años que no lloraba. Me sentó bien.

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