Capítulo 2: Los consejos de Chica Punk

Chica Punk

 

– Lo que peor llevo sin duda son los momentos en los que me quedo solo en casa y me entra la ansiedad. Te juro que el otro día según se iba la chica que conocí en el Meadow’s empecé a hiperventilar y me tuve que meter ansiolíticos por un embudo.

– Ya. Tal vez deberías de comerte un filete o algo así, algo que te de energía – respondió la Chica Punk – Visita a un nutricionista. Haz ejercicio. Deja el tabaco – dijo mientras cogía el porro que tenía enganchado en la oreja y se lo encendía – Alternativas Víctor, cualquier cosa que no sea meterte esa mierda encima.

Estábamos sentados en el bordillo de detrás del bar. Chica Punk siempre insistía en que sin su dosis de THC mañanero ella no rendía, y teniendo en cuenta que era la cocinera, creedme que de sus manos dependía que la carne estuviese cruda o quemada, y cuando le daba el bajón era capaz de ponerse a llorar encima de la sopa. Eso era mejor que cuando le daba la neura y se dedicaba a restregarse por el coño la ensalada o los espaghetti, venganza velada a todas las mujeres que según ella tanto daño le hacían.

– Una vez estuve con una tal Miriam, ¿sabes? Tal vez te acuerdes de ella, la ojitos azules de labios carnosos que tanto os ponía cachondos – asentí – Pues la muy pirada se empeñaba en que cuando terminábamos de follar lo mejor era meterse una raya para que la sensación post-orgasmo se prolongase durante horas. Tardé un tiempo en comprender que estaba enganchada hasta los huesos, que no era capaz de dar dos docenas de pasos sin que sus ojos bizqueasen a causa de la cantidad de polvo que llevaba en el organismo.

– ¿Y todo esto tiene una moraleja, o me lo parece a mí?

Chica Punk clavó sus ojos verdes en los míos.

– ¿Sabes que tú eres la versión femenina de Miriam? Delgadito, ojos azules, rubio casi platino. Si tuvieras coño tardaría entre cero y nada en meter mi lengua entre tus piernas.

– El día que te laves los dientes te juro que me la arranco y te permito que me hagas lo que quieras. Mientras tanto, suelta la moraleja de una puta vez.

Chica Punk me golpeó en el brazo. Dolió.

– No hay moraleja, pasmao. Te digo todo esto porque me enteré de lo tuyo con la heroína según te pegaste el primer pinchazo en el culo. Y si yo, que no fui capaz de darme cuenta de que estaba liada con una cocainómana compulsiva, capté tu problema a la primera, imagina los demás. Has tenido tanta suerte de que Lesmes no te haya pegado la patada que me sorprendería que no estuviese enamorado de ti en secreto.

Me encogí de hombros y me quedé callado. Observando a la gente pasar me di cuenta de lo raro que era que fuesen todos en manga corta. Estábamos en Noviembre, por el amor de Buda. Chica Punk siguió mi mirada con sus ojos y sonrió, mostrando todas sus caries.

– Te leo el pensamiento chato. No desvíes el tema. Suéltalo.

– A veces creo que he llegado a este mundo para resbalar por él. Todo me la pela, Chica Punk. Desde mi enfermedad cardíaca hasta la muerte de mis padres o la vida de mi hermano. Llegué a Madrid con ganas de cambiar y lo único que he conseguido han sido decepciones. Tengo un curro de mierda, una casa ruinosa y más deudas con mi pasado de las que puedo gestionar. Y aun así, me da igual. Consigo lo que necesito y vivo con lo mínimo. Me dedico a ligar con camareras que me fían las copas y a gorronear tabaco de la máquina cuando Lesmes o Sonia no miran. Como del cazo a diario, pero en mi casa todo me caduca. Escribo mierdas surrealistas. No por el placer de escribirlas, si no por leerlas en voz alta y por reírme de lo ridículo que suenan.

– Yo he leído alguna de esas “mierdas”. Son buenas.

– Ya, pues sean buenas o no, se van a quedar pa’ vestir santos. Me la sudan, Chica Punk, me la sudan de tal manera que si hoy hubiese un incendio (que entre tú y yo, es cuestión de tiempo que ocurra) me acostaría sobre ese papel quemado y dormiría como un bendito. Hay cosas que no cambian. Puede que me haya desenganchado al caballo, pero no he dejado de deslizarme de puntillas sobre este planeta. Ni le importo a nadie, ni nadie me importa.

– Yo si te importo.

– Pero porque tú eres mi amiga. Que seas mi amiga no cambia las cosas, no daría mi riñón por ti si con ello pudieses sobrevivir un día más.

Chica Punk le dio la última calada a su porro y se levantó. Yo hice lo propio con mi cigarro. Me puso la mano en el hombro mientras nos encaminábamos hacia la puerta.

– Lo que no sabes aun es que si que lo harías Víctor. Se que llevas un par de minutos esperando mi consejo diario, pero esta vez te quedarás sin él. Creo que ya has avanzado lo suficiente.

– ¿Que quieres decir?

Chica Punk soltó una risotada maliciosa.

– Por favor. ¿”Si ardiera mi casa, no me importaría”? Mira Víctor, hace un par de meses estabas realmente jodido. Ahora solo te autocompadeces – Se ató el delantal y se lavó las manos – Sal de mi cocina o te quemo los pelos de los huevos con el mechero.

Lo mejor que puedo decir sobre lo que sucedió a continuación es que no me sorprendió demasiado. Por lo visto, me había dejado el gas encendido. Una explosión del carajo.

Mi casa había ardido en llamas. Y la verdad es que me afectó. Mucho.

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