Capítulo 1: Dicotomía.

DICOTOMIA

 

18 de Noviembre de 1998.

Respirar.

En eso se centraba mi mente.

“Tranquilo Víctor” pensaba “Respira. Puedes hacerlo. Respira despacio”.

Un fuerte dolor en el pecho me había tirado al suelo por enésima vez aquella semana. La luz de la madrugada se filtraba por los resquicios de la persiana, dándole a la oscuridad del salón un aura de misterio y decadencia. Los escasos muebles que lo decoraban estaban amarillentos y rasgados, como los de una casa encantada. La mesa cojeaba y se mecía acompañando los espasmos que producía mi cuerpo, extendido de cualquier manera en el centro de la habitación.

Pobre imbécil. Ahí le tenéis, desmadejado como una marioneta sin hilos, sin nadie a su lado para poder llamar a una ambulancia. Mirad como se agarra el pecho, como frunce los labios intentando aguantar el grito que pugna por salir. Ese tipejo delgaducho y de tez enfermiza que olía a tabaco y a sudor y que apenas había cumplido la veintena. Mirad como intenta levantarse. Como lo consigue, tras mucho esfuerzo, como la tortuga bicentenaria que ha caído de espaldas.

Y lo más patético de todo es que mi primer pensamiento nada más levantarme fue que mi cigarro había rodado sofá abajo y que tendría que moverlo para recuperarlo. El humo que aún pendía en el aire y que se fundía con los escasos rayos de luz que penetraban llenaba la estancia. Una alfombra de ceniza recubría la mesa y parte del suelo por el que me revolcaba buscando, impávido ante el dolor sordo que aún me aguijoneaba, ese cigarrillo a medio fumar.

  • Eureka – exclamé cuando mis dedos rozaron la colilla.

Yonki de mierda. La heroína había hecho tanta mella en mi organismo que la satisfacción de fumarse medio pitillo era casi un regalo de un Dios pagano. Me levanté con una sonrisa maníaca en los labios y me dirigí rápidamente a mi habitación. Ajusté la máquina de escribir y mis dedos comenzaron a bailar sobre las teclas.

Mi historia hablaba de un cigarrillo misterioso que se había escapado de la cajetilla para vivir aventuras, como hizo su padre antes que él, y el padre de su padre antes que él. El cigarro cruzaba montañas, se enfrentaba a peligros y rescataba a hermosas princesas de las garras de chicles de menta, pipas y parches de nicotina. Una carcajada febril brotó de mi garganta mientras escribía. El cigarro, tras muchos años de recorrer el mundo, volvía a su hogar, donde su dueño lo recibía con los brazos abiertos, lo abría y lo mezclaba con hachís. Era una buena historia. Merecía un final feliz. Tras teclear durante 3 horas, me estiré sobre la silla y me quedé pensativo. Una vaga sensación de ansia me reclamaba.

  • Joder, lo que daría por un chute… – murmuré.

Pero llevaba ya casi un año desenganchado y ese pensamiento se desvaneció al instante. Iba a llegar tarde al trabajo y tenía que pegarme una ducha.

La verdad es que lo del dolor en el pecho no era tan habitual, pero esas últimas semanas se había agravado. Empezaba con una sensación extraña, como si mi corazón se encasquillase, como si empezase a latir con esfuerzo tras haberse encontrado un quiste en el camino que le impidiese contraerse. Tras unos segundos, empezaba la opresión. Una opresión lenta pero inexorable, que me producía fuertes pitidos en el oído derecho y me daba náuseas. Mi mano izquierda iba sistematicamente hacia el pectoral izquierdo y el dolor me asaltaba, nublando la mente y los sentidos. Me solía dejar caer sobre el sofá o cualquier superficie de mediana altura que tuviese cerca, pero esa mañana no me había dado tiempo a llegar y me había desplomado de cualquier manera en medio de la habitación.

Por lo general, el dolor se iba a los pocos segundos, pero seguía siendo extremadamente jodido y complicado de sobrellevar. Imaginad que un martillo pilón os aplasta el pecho y que empieza a taladrar. Más o menos esa era mi sensación. Sabía que tenía un pie en la tumba, pero no quería ir al médico. Total, que novedades me iba a dar. ¿Que mi cardiopatía se estaba agravando? ¿Que los medicamentos no hacían el efecto deseado? ¿Que lo mejor era que dejase el tabaco y que me tomase un descanso? .

Aquél medicucho se pensaba que yo era un adicto al trabajo o algo parecido. Se nota que no me conocía. Si pusieran mi cara en el diccionario al lado de la palabra “escaqueo” nadie se lo reprocharía a la RAE. Y yo menos que nadie.

Y por otra parte, nada es más fuerte que el poder del orgullo masculino. Creía que mi hombría y virilidad inherentes me acabarían proporcionando esas salud de hierro que tanto deseaba. Descuidaba hasta los hábitos más básicos excepto del de la higiene, pero era joven. ¿Que podía salir mal? Total, lo peor sería morirse y eso hasta el momento no se me había dado demasiado bien. La muerte me esquivaba como el resto de las mujeres, que tras fijarse bien en mí y en el zulo que tenía como casa, afrontaban el trámite del sexo con rapidez y salían pitando sin dar explicaciones. No podía culparlas, yo habría hecho lo mismo.

Me metí debajo de la ducha y disfruté de unos cuantos segundos de paz y tranquilidad mientras el agua fría que caía del grifo me recomponía por dentro. Miré mi reloj de pulsera, uno de los pocos recuerdos que tenía de mi padre.

  • Mierda.

Eran las seis de la tarde pasadas y yo tenía que entrar al trabajo a las cinco. Salí corriendo de casa como alma que lleva al diablo.

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