ESDT: Obertura.

Epílogo

 

¿Habéis oído alguna vez hablar del fantasma de Urgel?

Supongo que no. Es una leyenda urbana muy poco conocida, pero que una vez la escuchas o la lees, se queda clavada en tu memoria para siempre. Al menos eso dicen.

Yo la escuché por primera vez hace muchos años. Me encontraba inmerso en una espiral de drogas, mala vida y autodestrucción. Intentaba hundirme en la miseria más absoluta, regodeándome en mis penas y en mis malas decisiones. Había tomado un camino sombrío, un camino de no retorno con cientos de bifurcaciones que desembocaban en el mismo final… la muerte prematura. Fue durante aquella época cuando conocí a Mara, un ángel caído del cielo que me recordó que no todo el que deambula está perdido y que fuese lo que fuese lo que me afligía siempre podía ir a mejor.

Ella me contó la historia del fantasma de Urgel y al verme reflejada en ella, salí de ese pozo de inmundicia en el que me había metido y renací. Me hice más fuerte que nunca. Ni la presencia cercana de la parca consiguió detenerme.

Es curioso que recuerde esto ahora. Han pasado muchos años de aquello y nunca le he dedicado más tiempo del que se merece. Pero Mara, como siempre, ha husmeado en mis cosas y ha decidido que mi historia es algo que merece la pena contarse. Dice que si no lo hago yo lo acabará haciendo ella y eso me entristecería mucho. Tiene una prosa deplorable y un sentido del gusto aún peor. Es una de las razones por las que nos complementamos tan bien, supongo. Ella pone la inteligencia y yo la habilidad. A decir verdad, ella pone muchas cosas más, pero sabe que este prólogo, esta obertura, es lo único en lo que le voy a dejar meter mano esta vez y por mucho que me insista, no verá el final del trabajo antes que nadie.

Quiero que quede claro que no soy escritor. En mi juventud me entretenía escribiendo historias en las que borrachos y yonkis encontraban la redención. Realismo barato y simplón que ni los editores más optimistas habrían tomado en consideración. Pero esta es mi historia, y si tengo que plasmarla en papel, me veo obligado a definirme como un autor. Mediocre, si, pero un autor al fin y al cabo.
Es la primera vez que hablo de mi historia y aunque siempre la he ocultado, muchos la conocen sin saberlo. Enemigos con el corazón de piedra y fuego en la mirada. Amigos y familiares ilusionados y esperanzados. Desconocidos sin rostro y que lo han visto todo desde bastidores, inmóviles, buscando el momento exacto para hacerse notar y dar esa palmada en la mesa que nos haga fijarnos en ellos y dibujar, por primera vez, un esbozo de su alma en la nuestra.
El Sendero de Ceniza, así titulado, fue mi primer y último camino de no retorno. Cuando me di cuenta de que estaba en él, me resistí a cruzarlo muchas veces, pero pronto comprendí que no había salida posible. Su fuerza me arrastró hasta el final. Y por esa razón me encuentro ahora escribiendo estas palabras. No se que habrá sido de aquél antiguo yo que dejé atrás… pero quiero pensar que, en otro universo, en otra vida, él logró distanciarse del destino que le había sido fijado. Quiero pensar que todo lo que hacemos tiene un significado y que podemos, en mayor o menor medida, elegir que hacer con las decisiones que hemos tomado.

Necesito creer en ese silencio que queda cuando el tiempo, duro e indestructible, se agota de manera definitiva.

Dicen que todas las historias tienen un principio, una situación ideal desde la que se puede partir para comenzar la narración. Puede comenzar con un cruce de miradas, con una sonrisa robada, con un silencio doliente ante el ataud de un conocido… cualquier tipo de inicio es bueno mientras se tenga clara la razón por la que escribirla o contarla.

En mi caso, yo no puedo estar tan seguro. Supongo que podría empezar cuando la muerte de mis padres nos dejó a mi hermano y a mí huérfanos y solos en una España que estaba en pleno apogeo cultural y económico.
Podría empezar, tal vez, cuando finalmente a los 18 años de edad, tras muchas penurias y malas relaciones con mis tíos, decidí largarme de esa casa para no volver jamás, rumbo a un Madrid que se me antojaba frío, oscuro y gigantesco.

Pero me estaría equivocando. Mi infancia y mi adolescencia fueron un infierno para mí y para los que me rodeaban. No son el contrapunto que estoy buscando, así que lo mejor será que empiece por el preciso instante en el que fui consciente de que me estaba muriendo y por aquella mañana de otoño de 1998, donde todo cambió para mí.

 

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