Al nicho.

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Lo que más me molestó sin duda de haber muerto un martes fue que aquella noche había partido del Madrid. Era muy frustrante para uno verse ahí tirado en el suelo, apestando a tabaco y a sudor, sin poder mover la cabeza, las manos, los pies, con la tele apagada, esperando tal vez que alguien entrase por la puerta y recogiese mi cadáver para llevarlo a incinerar o algo así.

Pero claro, vivía solo. Y estaba en el paro. Quien me iba a echar en falta en esta era digital, donde si no respondes los Whatsapp es porque o te has echado novia o porque estás jugando una partida de Fortnite acompañado de patatas de bolsa y Redbull de Mercadona.

Estuve ahí más de 3 días hasta que a mi colega Franchu se le ocurrió pensar que tal vez “me habría pasado algo”. Será gilipollas. Y encima tras conseguir echar la puerta de mi piso abajo el estruendo atrajo a todos esos vecinos cotillas que tanto me habían dado por saco durante todo este año. Que si la música estaba muy alta, que si las mujeres que me traía a casa fingían los orgasmos demasiado alto, que si les había vomitado en el felpudo, que si había secuestrado a su perro para hacerlo pasar por el mío con la excusa de echar un polvo…

Vamos, que cuando vieron mi cadáver en el suelo alguien sacó una botella de champán y los vecinos empezaron a vitorear y a bailar. Incluso alguno, seguramente el rencoroso de Jose Luís, se sacó la chorra y me meó encima. Que grosería, que falta de educación.

Franchu, que aunque sea lerdo es un buen colega, sacó el bate de las represalias y la vara de la persuasión de mi armario privado y se lió a cates con el vecindario, que salieron en estampida de mi casa y se bajaron al bar de la esquina a continuar con la fiesta. Cojones, aquello parecía una final de Champions. Coches pitando al pasar, bengalas, petardos, bubucelas… hasta orgías desenfrenadas. Podía olerlo.

Franchu abrió una cerveza y miró mi cuerpo en descomposición.

– Joder Donald, en menudo lío te has metido. Y ahora como le cuento yo esto a tus padres.

Me levantó con esfuerzo y me puso en el sofá, a su lado.

– Venga, vamos a ver el partido del otro día. No veas lo que te perdiste chico, que despliegue, que maravilla.

Mis padres tampoco es que se lo tomasen tan mal, la verdad. Lloraron un poco al principio, pero al ver que eran los titulares de mi seguro de vida y los herederos de todas mis posesiones terrenales se les pasó. Un hombre joven y sano, y parcialmente multimillonario gracias a los Bitcoins… pues oye, se lo iban a pasar de puta madre. A mi costa. CON MIS BITCOINS.

Tendría que haberlos enterrado en mi isla privada del Caribe, junto con el cadáver de Aviici. Un consejo gratis, amigos: no mezcléis tabletas de Milka con popper.

Tras unas horas me llevaron a la morgue y me dejaron en pelotas ante el bisturí y las manos expertas de una preciosa muchachita de ojos verdes y claro… entre el frío, las atenciones y la falta de riego sanguíneo se me puso el fiambre como el zapato de un payaso. La chiquilla empezó a pegar berridos e hizo que media España se enterase de que yo era el único ser del planeta clínicamente muerto que era capaz de tener erecciones espontáneas. Pusieron a un forzudo enfermero a hacer flexiones delante mía y bueno… uno no es de piedra.

Total, que si formol, conservantes, colorantes, saborizantes, cloro, yodo, magnesio, manganeso, litio, éxtasis, MDMA, patatas Risi. Un batiburrillo de drogas, compuestos químicos y bollería industrial hicieron de mi cuerpo una especie de baluarte. A los 8 días de haber muerto por fin era capaz de reaccionar a estímulos primarios, como la luz y las patadas en los testículos. Al mes, ya era capaz de hablar y de respirar, aunque solo por la boca y un agujero que me había salido en el sobaco. Por lo visto ya no iba a ser capaz de regenerar mis tejidos básicos.

Al año ya era un ser humano normal y corriente. Podía ir a correr, al cine, tenía citas y me funcionaba todo a la perfección. La única diferencia es que era un cadáver. En la revista Time me habían hecho un reportaje cuyo título rezaba: “El muerto inmortal”. Queda cojonudo, ¿no os parece?.

Ahora mis accionistas e inversores se empeñan en que tengo que crearme una marca, un “branding”. Yo creo que con escribir este artículo para mis fans tengo más que suficiente. Además, hace un par de días me compré 4 equipos de la Premier inglesa y estoy jugando a ser Dios con la clonación humana en mi isla del Caribe. Por lo pronto ya tengo 4 Aviicis nuevos tocando la canción de Evanescence en bucle. Y un Elvis. Y a Margaret Thatcher como esclava sexual.

Quien sabe, puede que en un par de días me de por iniciar una guerra.

Estad atentos.

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