A la puta calle.

A la puta calle

 

Aviso de deshaucio.

“A la putísima calle” rezaba el cartel escrito con letra prepúber que colgaba de la puerta de mi ya antigua casa. Un sinfin de objetos desperdigados poblaban el recibidor de la escalera donde la Sra. López solía mirar con lascivia por la mirilla. No a mí, al vecino del B, un culturista negro fílosofo homosexual llamado Mike. Digo todo esto no por etiquetarle, sino por remarcar sus rasgos. Me gusta remarcar los rasgos de las personas. Es muy divertido.

Me quedé unos momentos pasmado. Mi intención era dejar las bolsas de la compra en la cocina y sentarme a fumar un canuto mientras veía Los Simpson. Un cambio muy molesto en mi rutina, para variar.

Recogí las cosas del recibidor y las fuí bajando a mi Seat Córdoba del 85. El proceso era muy frustrante, pues mi coche tenía cierto rodaje y las puertas traseras no llegaban a cerrar del todo. Los gitanos del barrio se pusieron las botas. Esperaban agazapados tras un contenedor amarillo y según iba dejando las cosas en mi coche, ellos las recogían y se las llevaban al mercadillo. Juraría que el otro día compré unos calzoncillos con mis iniciales grabadas en la etiqueta.

Total, que al final del proceso, sólo me quedaron un bate de baseball, unos CD’s de Radio Futura y ropa variada. También descubrí con deleite que los pachachos me habían dejado los tuppers y un refresco de cola light, que ingerí con voracidad. Solo se me ocurría un lugar al que ir, así que metí primera y me dirigí hacia el bar de mi colega Pep.

Tras la primera caña empecé a sentir el mono y me puse a liar un porrete justo al lado de dos guardias civiles de paisano que tomaban el brandy y discutían de fútbol. Uno de ellos era mi tío Jose Antonio, que me dio dos collejas y me quito la maría, advirtiéndome de que como volviese a verme dándole al asunto me iba a arrancar la picha con unas tenazas al rojo vivo. Cuando salieron por la puerta me desenganché otra onza que llevaba escondida en las rastas y fumé con calma, sintiendo un efecto relajante en mi organismo que provocó que me tirase un par de cuescos.

-Pues aquí no te puedes quedar Víctor – me dijo Pep cuando volví de cagar – La última vez mi padre casi me mata por el estropicio que dejasteis tu chavala y tú.

Por lo visto, Irina y yo íbamos tan colocados aquél día que se nos olvidó apagar el microondas. El estallido casi me hace perder una oreja. Las palomitas ennegrecidas volaban por los aires y media cocina ardía en llamas.

-Tío, casi se me incendia el pelo aquél día – respondí – Intenté llamar a los bomberos, pero por lo visto el Telepi tiene una terminación muy parecida.

-Ya, ya, ya me has contado mil veces esa mierda. Escucha, ve para casa de Irina. Fijo que ella te acoge unos días. A su novio no le importará.

-A él no creo, pero a Irina… Es que si me presento ahí lo mismo empieza a lanzarme cosas, como la última vez. La cerámica hace daño macho, me estuvo sangrando la ceja unos cuantos días.

Al final acabé haciéndole caso. Total, no me importaba acercarme un momento a ver que tal iban las cosas por casa de mi ex-novia. Además, Jesús era un buen colega, un tío legal. Me abrió la puerta encantado con mi visita. Me dijo que por supuesto que podía quedarme unos días, que aquella era su casa y que allí mandaba él. No lo dijo muy alto, porque la vecina era una cotilla y si le escuchaba diciendo alguna cosa mala sobre Irina luego la otra le iría con el cuento y se la iba a cargar.

Nos echamos unas plays regadas con una cerveza fría. Me gustaba aquella casa, había vivido allí unos cuantos años de mi vida y aún la sentía mía. Que cojones, ERA mía. Una herencia por parte de un tío abuelo que por lo visto me adoraba, aunque mis ojos no tenían recuerdos de haberle visto jamás. Estaba decorada con un exquisito gusto femenino. Noté que mi ex no estaba en casa, por lo que Jesús me permitió encenderme una L especialmente cargada. Incluso fumó el también, con regocijo, como saboreando la libertad con caladas profundas y sabrosas.

-¿No está la jefa o qué colega? – Le pregunté conociendo la respuesta de antemano. La hierba siempre me hace ser preguntón.

-Se ha ido a nosequé de pilates, que su monitora tenía que darle clases particulares porque falla con la respiración al hacer algunos movimientos.

Me empecé a descojonar de risa, en parte por la hierba, en parte por la ironía del asunto.

-¿De que te ríes? – preguntó con recelo.

-Nada, una tontería, ¿recuerdas cuando empezasteis a follar y tal? Resulta que a mí me solía decir que se iba a clases particulares de zumba con su monitora. Y resultó que su “monitora” eras tú, y que la zumba era que te la estabas zumbando. Nada, los viejos tiempos, que siempre me hacen sonreir…

Jesús empezó a ponerse rojo como un tomate. No. Se estaba poniendo del color de la sangre arterial. Tartamudeó un poco y se puso en pie como mareado.

-Jetsu, niño, te está sentando mal la hierba – le dije al ver su cara desencajada – fuma más para regular el PH, que como te de un jari ahora voy a tener que llevarte a cuestas a la cama y pesas un huevo – le ofrecí el porro.

Le dio una calada intensa, dura.

-Estás de coña, ¿verdad Víctor? Dime que no me la está pegando con otro. Dime que mi mujer no me está siendo infiel.

-¿Y yo que se compi? Además, que lenguaje es ese… “tú mujer”. Que posesivo eres tío. Relájate… ¿No dices que está en clase de pilates? – no entendía a que venía su nerviosismo tan repentino.

Jesús empezó a farfullar incoherencias y a andar de un lado a otro por el salón. Aproveché ese momento para enganchar el mando de la tele y ponerme un capítulo de los Simpson en la Fox. De puta madre, el de cuando Homer entra en una secta. Capitulazo.

Oí de fondo el ruido de las llaves y Jetsu fue como una exhalación hacia la entrada. La estampa era la siguiente: ellos se gritaban cosas, él le llamaba a ella “puta” y ella a él “impotente de mierda”.

-Bajad el volúmen, por favor, que no oigo la tele – les pedí amablemente cuando pasaron por delante mío.

Irina pareció reparar en mí por primera vez. Abrió los ojos de manera monstruosa, como si no se creyese lo que estaba viendo.

-¿¡Y ESTE PEDAZO DE ANORMAL QUE COJONES ESTÁ HACIENDO EN MI CASA!?

-¡Ah, que ahora es TÚ casa, no NUESTRA casa! – espetó Jetsu remarcando las palabras.

Mi mirada iba de un lado a otro mientras se gritaban y se insultaban. Al rato me aburrí y giré el cuello para poder ver bien la tele de nuevo. Jeje, Homer acababa de vender su alma por un dónut. Genial.

Aun así, al cabo de un rato me dí cuenta de que el ambiente negativo que se estaba creando a mi alrededor me estaba cortando el buen rollo y decidí salir de ahí.

-Chicos, creo que me voy al bar de Pep, aquí hay demasiada turbación y como me salga de la pompa lo mismo me pongo a buscar curro. Y Buda no quiere que eso pase, me estresan los procesos de selección.

Me ignoraron por completo, así que recogí mis cosas y salí por la puerta. Lo último que ví fue como la rodilla de Irina impactaba en los testículos de Jetsu, que lloriqueaba en el suelo llamando a su madre. Pobrecico, eso debía de doler bastante.

Al verme llegar, Pep me puso otra cerveza. Con la tontería me estaba agarrando una moña importante.

-Pero a ver, ¿por qué el viejo Santos te ha dejado de patitas en la calle? Si ese hombre es más bueno que el pan, precisamente te lo recomendé porque es casi imposible enfadarle. Solo con que le pagases la cuota mensual te dejaba hacer lo que quisieses en el piso. – me preguntó mi amigo.

Era un enigma, la verdad. No sabía exactamente cual era su problema conmigo.

-Bueno, creo que le molestó que cultivase mis plantas en su garaje. Un vecino llamó a la policía y cuando subieron a mi casa y me preguntaron que de quien era esa propiedad, yo le dije que era de él, así que se pasó un par de meses en el calabozo. Ahora está con la condicional por tráfico de drogas. Salió en el periódico y todo.

Pepe negaba con la cabeza mientras le pasaba el trapo a la barra.

-Ya, pero no creo que fuera suficiente. Haz memoria.

-Ah, también recuerdo que me acosté con su sobrina. Y con su nieta. Y si mi memoria no me falla, creo que fue la misma noche. Con las dos a la vez. Tenía la cámara web encendida porque había estado jugando al World Of Warcraft con los colegas. Lo grabaron y fue tendencia en Xvideos durante un par de semanas. Yo siempre pienso que no hay publicidad mala, pero el señor Santos no opinaba lo mismo. Y Fiona me decía siempre que quería ser una estrella del pop. Ahora creo que no dejan de llamarla para audiciones.

-Sí, me acuerdo de eso. No me cuadra que el viejo Santos perdiese los nervios por aquello tampoco. Su mujer era una hippy neoliberal y aceptaba el poliamor y las orgías públicas ¿Tal vez algo relacionado con su gata?

-Pues ahora que lo dices… – Pep palideció – Creo que hice que a su gata se le fuera la chapa. Un malentendido sin importancia. Me la encontré por la escalera y pensé que el bicho tendría hambre. Había preparado unos brownies riquísimos, de esos que tanto os gustan. La veía alterada y a mí siempre me dicen que relajan un montón, así que dos pájaros de un tiro, ¿no? El problema es que empezó a tambalearse y a mordisquear mi alfombra, como si estuviera ida. Me hizo bastante gracia al principio, pero tras un par de horas empecé a cansarme de mirarla y la subí con su dueño. Si es cierto que se enfadó, pero ya sabes que a mí esas cosas me la suelen sudar bastante y le recomendé darle unas friegas de ácido para levantarle el ánimo.

-Ya, si ya te conozco Víctor. Todos te conocemos. Y sinceramente, creo que ya va siendo hora de que dejes esa mierda. Te está comiendo el tarro por completo – Pep me dejó pensando en esas palabras y se fue a atender a sus clientes con un mosqueo tremendo.

¿Que culpa tenía yo de tener ataraxia? Me levanté y me fuí sin pagar, dándole vueltas al asunto. ¿Donde podía dormir esa noche?

Llamé a casa de mis padres de madrugada. Mi madre, una mujer de armas tomar y muy mala uva, me golpeó con la sartén en la cabeza. Mi padre tuvo que calmarla y tras unos minutos todos estábamos sentados en la mesa comiendo huevos fritos.

-¿Entonces te quedas Víctor? – me preguntó mi hermano Javier, recien licenciado en astronomía. Se que esto no tiene nada que ver con la historia, pero me gusta decirle a todo el mundo que tengo un hermano astrónomo. Queda guay. Y la palabra es muy jugosa. A-S-T-R-O-N-O-M-O.

-Eso creo. Al menos hasta que encuentre otro nicho en el que tumbarme a la bartola. Ya sabeis que me gusta tomarme las cosas con calma.

-Cariño, ya sabes que esta casa siempre está abierta para tí – dijo mi madre muy bajito – pero tal vez deberías replantearte lo de tu nomadismo sedentario. Aunque solo fuera durante unos días. ¿Sigue la oferta en pie Manolo? – le preguntó a mi padre – ¿Sería posible hacer un apaño en el hospital?

-Nuestro neurocirujano es un soplapollas de manual y un necio petulante – a mi padre le encantaba intercalar vulgaridades con palabros cultos – si todavía crees que puedes extraer un tumor cerebral sin que se te caiga el puto escarpelo al suelo, el trabajo es tuyo querido vástago.

Me acosté aquella noche pensando en el día de locos que había pasado. Sin duda, la hierba me había venido bien para olvidar la muerte de mi mujer. Pero ya era hora de pasar página.

Me desperté al día siguiente y meé con entusiasmo en la ducha. Luego, tras varios minutos de reflexión, me encendí mi último canuto y arrojé el sobrande de marihuana por el retrete. Se atascó. La mierda nos llegaba hasta los tobillos y tuvo que venir el fontanero, pero mis padres estaban orgullosos de mí. Mi madre hasta lloró un poquito.

Me miré al espejo y cogí la maquinilla de afeitar. Era hora de empezar una nueva vida.

 

 

 

 

 

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