Baldío y herrumbe.

Baldío

 

Jeringas de yonkis adornan el suelo del gran baldío del sur de mi barrio.

Frontera con una antigua zona de violadores, degenerados y delincuentes, se alza una catedral de podedumbre y flores marchitas a las cuales ya nadie quiere acercarse.

Hormigón desmembrado, líquen corrupto y musgo putrefacto, aderezados con barras de hierro y vigas antiguas, oxidadas, naranjas. Supuran veneno y toxinas que esparcen por el viento y agreden los pulmones y sentidos de todo aquél que se acerque. Mutan y revierten la naturaleza haciendo que se deshaga en briznas de ceniza y mugre, pintando las paredes de los pequeños adosados otrora habitados por familias y ahora tapiados con tablones de madera gastada.

Un lince agoniza sobre la charca pestilente del arroyo. Su piel, cálida y suave al nacer, ahora es áspera y enfermiza. Ronchas de sangre coagulada, conjuntivitis y legañas purulentas adornan su antaño hermoso rostro. Pobre animal. Una pesadilla alada, un ser sacado de los rincones más oscuros de la mente de Lovecraft acaba con su sufrimiento acuchillando su cuello y trincando con las garras su cadáver. No brota la sangre, solidificada por la peste.

Un chaval juega al pilla-pilla con su hermana. Todo es inocencia en sus miradas. Un soplo de aire fresco en el yermo desolado. La niña cae y se clava un cristal. Dos días después estará muerta.

Y yo lo observo todo desde mi atalaya, guardando silencio.

Purgaré mis pecados en soledad, pero nunca cruzaré esa frontera.

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