Sobre la banalidad de la risa.

Risa 2

 

Y si el timbal suena, su cuerpo vibra.

Destruye el pavimento, lo desgarra. Es mala, atroz e indeseable. Y su espíritu prevalece sobre todas las cosas, pues es la vanidad de su alma lo que acontece en su interior, nada más y nada menos.

Seres mundanos acechan, la apresan, los esquiva y se ríe a carcajadas tejiendo hechizos de deseo y odio. Provoca muertes, aullidos y serenatas frías barrocas lentas voraces de sangre inocente.

Gemidos en el Averno cuando desciende, y el Diablo la recibe, bailando travestido con un gato desollado en las manos. Y la mira con deseo. Ella le escupe. Hoy no es el día. Ni ningún otro. Débil. Lo expulsa de su reino, mira a sus vasallos con avaricia, se sienta en el trono de flores marchitas y brea.

Desde hoy, nada es importante. Ni la flecha clavada en su talón de Aquiles, ni el murmullo del viento que se filtra tras los helechos de su triste recuerdo.

Ella ya no responderá nunca más a su nombre. Y nadie la llamará por ningún otro.

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