Esmegma.

Esmegma

 

Ya desde que era un niño, probablemente desde el primer día que salió del chochamen de su madrastra, Mustio Aguafiestington era un tipejo bastante repugnante.

No era baladí tamaña afirmación. El chavalote era feo como un demonio, desagradable a la vista, el gusto, el tacto y olía a rayos. Los demás bebés de la sala se apartaban y se revolvían en sus cunas, seguramente pidiendo su cabeza y exigiendo un aparheid prematuro para nuestro joven protagonista.

Mustio Aguafiestington creció en el lecho de una familia pudiente y moliente, que se dedicaba a fornicar sin ton ni son por los rincones más bizarros de la casa. La Sra. Aguafiestington tenía un armario del dolor en el que metía a su marido horas y horas. Y en el que le metía a su marido durante horas y horas objetos de dudosa procedencia y mortífero aspecto por su, lejanamente virginal, agujero sagrado. A veces, los padres del zagal se dedicaban a la caza mayor y, montados en un alce disecado (llamado, obviamente, Rudolph el Semental) que presidía la parte alta del salón del té, practicaban el medievo ataviados como marqueses victorianos, pelucas y enaguas incluidas.

Tal dislate de casposeo e irreverencia mellaron la mente ya de por sí frágil del pequeño Mustio, que no tuvo más remedio que huir de la mansión en horas de sodomía y buscarse la vida por las calles de su barrio. Conoció entonces a un procurador del que emanaba un tufillo rancio sentado en un banco del parque con una botella de vino peleón en una mano y la minga en la otra. Hicieron buenas migas, y desde entonces el señor Romualdo Vallehermoso del Castillo, que así se llamaba el figura, se presentaba vestido de colegial en casa de los desviados sres. Aguafiestington, dándole a Mustio la oportunidad de conocer mundo sin experimentar traumas paternofiliales.

Ya de adolescente, formó parte una pandilla de vándalos conocida como “Las pescadillas”. Fumaban cigarros y las muchachas hacían cola para verles jugar al baseball con los buzones de la urbanización. A todos menos a Aguafiestington, claro. Su acné prematuro (recordemos que le salió a los 4 años de vida) tenía ya la consistencia y el color de una almendra garrapiñada. Tampoco ayudaba su halitosis ni su actitud, pues disfrutaba enormemente de limpiase las babas en los jerseys de las jovenzuelas del instituto y en explotar sus granos para hacer tiro al blanco con la pizarra mientras la señorita Rottermeyer daba su clase de poesía erótica.

Digamos que, a pesar de sus poco agraciadas características físicas y de su ligera tricomía, Mustio tuvo una infancia feliz una vez se hubo librado de la razón de su bizqueo en el ojo izquierdo.

Graduose cum laude en el Haigh Escuul of Machachuches, alabado fuere por la masa y a Jarvard de cabeza. El polluelo de la dinastía de los Aguafiestington estudió medicina, derecho y finanzas. Fueron los mejores años de la vida de Mustio, que entró en una hermandad preparada especialmente para los que han nacido para gobernar el planeta. Los Masones, que así se llamaba el club, regurgitaban cerveza barata, recitaban cual poesía las instrucciones de las estanterías IKEA y se masturbaban a la par con el retrato de la reina Victoria de Inglaterra, que según Casposus Pedorren, el líder de la hermanadad, “tenía un cutis envidiable y unos mogambos importantes”.

Conoció el amor a traves de Penny ButterJelly, su primera y única novia. Era una vivaracha muchacha, inteligente y culta, nombrada 4 años consecutivos “Miss Mollejas” en el estado de Alabama y seguidora de los Red Sox, cosa que a Mustio le hacía empalmarse hasta rozar el campanario con la punta. La primera noche que estuvieron juntos, tras los tres gatillazos y las 5 eyaculaciones precoces, el recien desvirgado Aguafiestington le pidió matrimonio, a lo que ella aceptó viendo lo abultado de su entrepierna y lo abultado de su cartera.

Se casaron en la iglesia St. Patrick para creyentes sin fe, donde Mustio y Penny pasaron a ser conocidos como “The Aguafiestingtons” (Los Aguafiestington en catalán, por si hay alguno que haya pillado el plan Bolonia al entrar en la universidad y no tenga ni puta idea de que cojones estoy hablando). Él, médico de famosos y jurista pornostar y ella, emprasaria de repollos y presidenta del departamento nacional de Buen Gusto y Siglas Para la Ampliación del LGTBIZGQTSN.

Tuvieron dos hijos unos años más tarde, llamados Antonio José Aranda y María Dolores de Cospedal. Ambos heredaron la belleza de la madre y el olor corporal del padre, lo que les convirtió en el blanco de las burlas más terribles de los niños y el acoso sexual más extremo de los pontífices que por allí se paseaban.

Mustio veía a sus hijos crecer sanos, a su mujer mantenerse en forma y a sus padres de camino a una clínica de desintoxicación y tuvo que contener las lágrimas.

Ojalá no tuviese la lepra, debió de pensar en ese momento.

Te queremos, Mustio Aguafiestington.

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