Nubes.

Nubes

 

Volví a verla una vez más.

Paseaba por Londres, de camino a casa de mi luthier, que acababa de poner a punto mi guitarra y de paso iba a invitarme a unas cervezas. Era un día claro, azul, completamente atípico en el otoño inglés, que acostumbra a ser gris y desapacible.

La gente se tomaba este fenómeno como un gesto de buena voluntad de los dioses, y salía a la calle en familia, tomando el sol cada vez que asomaba entre las blancas nubes del cielo. Los veía felices, tranquilos, contrastando con la huraña actitud que acostumbraban a tener normalmente. Me paré a comprar el periódico y una cajetilla de Camel, que iba a acabar arruinándome si seguía con ese ritmo de encender los cigarros con las colillas encendidas de los anteriores.

El Támesis brillaba y cientos de jóvenes se reunían a sus orillas, cámaras listas para sus selfies. Veía parejas felices caminando del brazo y una sonrisa bobuna me brotó sin darme cuenta de ello. Daba gusto salir así a la calle.

Torcí por Baker Street y me introduje en el portal de Sam, que me esperaba con cerveza fría y varias anécdotas delirantes sobre su familia política. Sarah, su mujer, le quitaba hierro a sus payasadas y le daba en el hombro golpecitos de reproche. Me preguntaron por mi próxima novela y no supe que responderles. Aún estaba en fase de incubación; le faltaba algo; no estaba lista; no tenía ese toque habitual.

Llegué a mi casa medio borracho y con la guitarra dando tumbos en mi espalda. Mucha correspondencia, algunos fans y editores ansiosos por hacerse con mis servicios. Facturas, publicidad y folletos del asiático Mr. Wu. Una por una fueron desfilando a la basura. Me preparé un café, encendí otro cigarrillo y me apoyé en el balcón, disfrutando de la escasa fuerza del sol londinense. Fue entonces cuando la ví.

Parecía perdida, mirando ora el móvil ora a su alrededor como una posesa, buscando algo o a alguien. Mi corazón, curtido en mil batallas, se paró un instante, creyendo que o eran mis recuerdos que habían vuelto desde las sombras a joderme definitivamente o que ella, tan oportuna como siempre, se encontraba en el momento adecuado en el lugar adecuado.

Sabía que nuestros ojos se iban a cruzar. Vivía en un primero y ella estaba justo en frente de mis ventanales. Saboreé el cigarrillo con lentitud, con paciencia. Cuando por fin chocaron nuestras miradas, su móvil se fue al suelo. Me reí.

Fuimos a una cafetería en Covent Garden. Me contó que había estado casada con el poeta muchos años, hasta que se dio cuenta de que era como vivir con un desconocido y de que la relación no podía ir a más. Me dijo que había conseguido aquel trabajo soñado por el que tanto había luchado, y que era feliz. Viajaba mucho. Había conocido Florida, Hawaii, Tegucigalpa, Kenya, Las Azores. Vivió en Chile, en Uruguay, en Nueva York…

Ahora venía a Londres por negocios y había quedado con un autor prometedor, pero por lo visto había faltado a la cita.

Miró mi rostro en silencio durante un rato. Se sorprendió y comentó que como era posible que siguiese pareciendo tan joven, que no había cambiado nada en todos esos años. Entre risas, dijo que le presentase al diablo con el que había hecho el pacto e intentó tocar mi barba con la mano. Le paré en seco. La risa se ahogó en su garganta, haciendo el ruido del hielo al resquebrajarse.

Había oido hablar de mí en la prensa. Sabía que estaba muy solicitado, que se me habían concedido premios que nunca había ido a recoger, que me habían intentado contratar editoriales de todo el mundo, que por la calle me reconocían y me admiraban. Sabían lo que era capaz de hacer y, a pesar de no saber ni como era ni que escondía mi mente, necesitaban leerme. Y lo hacían febrilmente, de forma enfermiza. Con un comportamiento casi drogodependiente.

Pero a ella no le había gustado nada mi obra. Decía que mis historias no eran… “reales”. No era yo. Era como si alguien estuviese cogiendo mi mano y me forzase a escribir mierda insulsa y cutre, comercial. Que le gustaba más mi otro yo, el yo silencioso. El yo divertido y cruel, sátiro y gentil.

Abrí los ojos. La analicé, sentada delante de mí. Era mayor. Los años habían pasado factura en sus facciones. Era la mujer más bella que había visto jamás. Su sonrisa seguía ahí, intacta, como si el tiempo hubiese sido incapaz de hacer que se marchitase. Sus ojos me miraban de la misma manera que siempre. Su corazón latía apresuradamente, maquinando ensoñaciones que a mí se me antojaban adolescentes y pueriles. La ví, entera, tal y como era. La mujer que me había matado. La mujer que me asesinó a sangre fría.

Pagué la cuenta, me levanté con lentitud y apartando la silla le dejé con la palabra en la boca. Me persiguió fuera y me pidió explicaciones. No tuve que dárselas. Vio en mis ojos la respuesta, una respuesta que me gustaría haberle dado cuando se largó y rompió el hechizo de nuestro palacio.

Una pequeña parte de mí, un poso del cadáver que enterré en aquel jardín olvidado, quiso maldecirla, quiso insultarla y odiarla. Otra parte, bastante más grande, quiso abrazarla, besarla. Hacerle el amor allí mismo, llevarla en brazos a mi apartamento y pasar desnudos 23 días y 23 noches, hablando, follando, riendo, bebiendo, fumando, escribiendo, comiendo, mirándonos. Quise no volver a estar solo, quise no separarme de ella nunca más. Mi brazo, inerte hasta el momento, hizo un amago de acariciar su mejilla…

Pero no pude. Un cascarón de piedra se resquebraja y se erosiona con el viento y el agua. Pero el mío estaba hecho de adamantio. Y no había fuga posible. Mi creador había trabajado bien.

Me marché, haciendo caso omiso de sus lágrimas. Caminé por Londres mirando al cielo, sin prestar atención de los viadantes que me increpaban al chocar con ellos. Me fuí elevando lentamente, caminando por el aire hasta llegar a rozar las nubes con los dedos. Me senté en la más blanca de todas ellas y saqué mi inseparable libreta del bolsillo. Prendí un cigarro, pulsé el bolígrafo y en la primera página en blanco que encontré en el cuaderno, empecé a escribir.

Soñé por primera vez aquella noche tras años de tinieblas e insonmio. Era la primera vez que veía el claro vacío y luminoso, sin sombras ni ojos rojos en la oscuridad. Del gran árbol, a veces un roble, a veces un sauce, a veces una secuoya, sólo quedaba el tocón. Un bebé lloraba en su base, agitándose descontrolado, hambriento.

Lo cogí en brazos y canté con mi cascada voz una nana que me recordaba a mi madre. Sus lamentos fueron parando poco a poco y se dejó llevar por mi melodía, fundiéndose conmigo, saliendo de la pesadilla.

Un sendero luminoso se abría ante nosotros y empezamos a recorrerlo. Allí estaba ella, con sus ojos, con su cuerpazo, con su ingenio, con su encanto.

Pero la ignoré de nuevo, y marché hacia el futuro sin mirar atrás.

 

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