Cenizas.

Cenizas

 

No era el peor sitio en el que me despertaba. Al menos no en ese último mes.

El césped estaba frío y húmedo por la lluvia, que aún arreciaba y me calaba hasta los huesos. Temblaba y me sentía sucio y desorientado. Un fuerte dolor de cabeza, fruto de la resaca y de una herida en la sién (probablemente producida por un botellazo) me daba mareos y al incorporarme sentí como el mundo se agitaba, dándome arcadas y ganas de tumbarme de nuevo. Pero tenía que resguardarme.

Cogí el autobús que me llevaría a mi casa. Todo el mundo me miraba con recelo, o eso me pareció a mí. Una señora sentada a mi lado agarraba el bolso con fuerza, mirando de reojo mi aspecto sucio y desharrapado. Una barba densa y despeluchada me cubría el rostro, donde mi nariz enrojecida y mis ojos inyectados en sangre completaban las pinceladas de un tapiz francamente desagradable.

Prefiero no hablar de mi olor corporal.

Me bajé del bus temblando de frío y meándome como un perro disciplinado cuyos dueños han encerrado en casa. Ignoré las decenas de cartas que se agolpaban en mi buzón y abrí la puerta de mi casa. El rellano olía a humedad, entremezclado con ese tufo que solo las casas de los fumadores empedernidos que jamás abren las ventanas pueden tener. Meé sobre la pileta de la cocina, pues llegar al baño con mis tambaleos febriles se me antojó harto difícil. No me quedaba azúcar, pues hacía diez u once días que ni pasaba por casa, por lo que me tuve conformar con un café amargo y sucio que, a pesar de lo que se pueda imaginar, me supo a gloria. Encendí un cigarro y me senté en el sofá del salón, dispuesto a dormir un par de horas más. Pero sin el alcohol inhibiendo mis pensamientos, me fue imposible.

Era la primera vez que estaba sobrio en muchos días. Repentinamente me dí cuenta de que estaba mojado, incómodo. A un borracho que vive en la calle no le importan tales visicitudes, las considera un mal menor en comparación con el pozo de mierda en el que está metido. Pero en ese momento, mi cerebro me enviaba estímulos acuciantes y no podía sino estar de acuerdo con él. Me desvestí, abrí el grifo del agua caliente y me dispuse a desincrustarme la roña.

El primer contacto con el agua ardiente fue como resucitar. Miré mis manos, mi abdomen, mis genitales, mis pies. Incluso alcancé a vislumbrar mi cara en el reflejo de la mampara. Buda… ¿que cojones me ha pasado? ¿que he estado haciendo con mi vida? ¿en que me he convertido?

No podía aguantarlo. Los recuerdos. Little D esfumándose en el aire… Regynald llorando desconsolado en frente del memorial de las torres gemelas. Irina, la anciana rusa de Kiev, tratando de descolgarse de la horca. Sus ojos translúcidos al mirarme y sonreir por fin al darse cuenta de que su hija seguía viva.

Ella, marchándose. Dejándome solo.

Golpeé los azulejos con el puño. Me dolió. Sangré cuando al segundo golpe uno que estaba ligeramente resquebrajado me rozó el nudillo anular. Mierda. Tengo que salir de aquí. Aporreé las mamparas gritando como un loco y pidiendo ayuda, hasta que finalmente resbalé y caí de culo. Encogido, lloré como un bebé mientras el agua y el vapor me cubrían por completo. Solté el veneno. Me liberé de esa tensión que llevaba meses, años aguantando.

Salí de la ducha despierto y lúcido. Las imágenes que mis ojos fotografiaban me parecían más reales que nunca. Me enrollé la toalla a la cintura y cogí la máquina de afeitar. Era hora de trasquilar a la oveja.

Limpio, aseado, caliente. Me faltaba comer algo para asentarme del todo. Cogí unos cuantos billetes de 20 euros que tenía en el cajón de la mesilla de noche y compré varias toneladas de comida. Probablemente se me pusiera mala en unos días, pero no me importaba. De camino a casa cargado de bolsas pasé por un turco de aspecto antihigiénico y me compré un dúrum de forma y tamaño obscenos. He comido cosas deliciosas desde entonces e infinitamente más nutritivas, pero creo que aquella masa de carne y verduras sigue siendo a día de hoy el recuerdo culinario más bello que persiste en mi memoria.

Encendí otro cigarro, satisfecho y pleno. Era el décimo que me fumaba aquél día. El cenicero estaba a rebosar, pero sólo quité las colillas, dejando la ceniza acumularse en él. Lo volqué sobre la mesa y empecé a trabajar.

Mis manos se movían con lentitud y paciencia, dándole forma a algo. Estaba bloqueado y completamente concentrado en ese proceso, haciendo con la ceniza una figura humanoide. Tallé con un cuchillo los detalles faciales y corporales, dándole a la figura un aspecto muy semejante al mío. Lo dejé reposar al lado del calefactor para que se asentase y se ensamblase.

Luego, cuando ya anochecía, comencé a enseñarle a hablar y a moverse. Era complicado, pues carecía de cerebro y músculos, pero tras varios días conseguí mantener con él una conversación racional.

Pasaron los meses, y el gólem de ceniza creció hasta alcanzar mi tamaño. Y entonces fue cuando por fin me hizo la pregunta que llevaba esperando desde el día en el que lo creé.

-¿Cual es mi proposito? ¿Que hago aquí?

-Tú eres una recreación de mi subconsciente. Eres mi renacimiento. Eres lo que yo soy ahora, mi punto de partida.

Entonces empecé a desgarrarme la piel. Era como quitarle a un bollo el envase que lo recubre, indoloro y sencillo. Cada trozo que me arrancaba lo colocaba en las partes donde la ceniza daba forma a mi cuerpo. Encajaban todas en su sitio y se completaban, se unían, no dejaban grieta. El gólem observó todo el proceso en silencio, expectante.

Por fin, al llegar a mis ojos, la última parte de mi cuerpo que aún no formaba parte del suyo, le avisé de los riesgos que suponían ser yo.

-No existe la felicidad en mi interior. Me fue negada en su día, o más bien me la negué yo. Tienes la oportunidad de empezar de nuevo, de restaurarme. De ser valiente, de recobrar el control. Escribe. Escribe sobre mí, sobre nosotros. Haz de este momento el último recuerdo de mi existencia y comienza a relatar la tuya.

Me separé del hombrecillo que se hacía pasar por mí. Me había transferido su piel, pero no su corazón. Lo agarré con las manos y comprobé que, efectivamente, su oscuridad ya no tenía solución. Parecía débil y marchito, sus cenizas ya apagadas. No había un odio que las reavivase ni un amor que las acumulase. Yo había sido su última obra, su último deseo. Pero ahora era él. Y él ya no era nadie.

Lé cogí en brazos y, en la oscuridad de la noche, lo enterré separado de su corazón. Grabé en su lápida el epitafio que el quería. No puedo contar cual fue, pues sólo nos pertenece a nosotros. Velé por él toda la noche, mientras sentía que según su llama se apagaba, la mía se encendía. Sentí dicha y tristeza. Tenía sueño por primera vez, pero estaba más despierto que nunca. La brisa del viento y el roce del chispeo que deja la tormenta al alejarse. Sentí vida. Lloré un poco por ese pobre diablo que tanto había sufrido al haber tenido que hacerse pasar por mí. Pero no había cabida para los remordimientos. Todavía no.

El sol ya estaba en el cielo cuando abandoné el sepulcro. Pisaba los charcos mientras me dirigía a casa, como un chiquillo.

Una sonrisa me cruzaba el rostro, correspondida por la gente que me miraba al pasar. Encendí un cigarro. Había llegado la hora de escribir de nuevo.

 

 

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