Toxinas.

Toxinas

 

La Aconitum, vulgarmente conocida como Capucha de monje, es una planta bastante curiosa. Familia de los ranúculos, florece en los jardines de Reino Unido, bajo el cuidado de numerosas familias. Es hermosa, de un vivo color violeta, y sus flores tienen la forma de un capuchón cerrado, de ahí el coloquialismo.

La Aconitum también tiene otros nombres. Hay quien la llama Casco del Diablo y Reina de los venenos.

Se dice que las hojas y raices de la Aconitum segregan una toxina tan fuerte y letal que es capaz de realentizar el corazón de un hombre hasta detenerlo por completo. Cosa curiosa, pues muchos amantes de la botánica gustan de tenerlas en el jardín a pesar de su peligroso toque. Hay algunos que incluso las confundieron como hojas de lechuga y las echaron en sus ensaladas, inconscientes del peligro que cometían. Muchos sobrevivieron, pues los vómitos y la diarrea prematura que provocan sus primeros efectos dan lugar a la limpieza de la sangre y el organismo.

Pero otros no lo hacen.

El joven Dean, conocido como Little D. en su pueblo natal cerca de Southampton, Inglaterra, recogió una vez un ramo de estas maravillosas flores para agasajar a su amada.

Ella, una niña mimada que provenía de una familia extremadamente acaudalada, jugaba con Little D. y con su alocado corazón. Gustaba de hacerle pasear como un perrillo por delante de sus amigas, pues Little D., aunque inocente, era bien parecido y un galán de los que escaseaban por aquellos tiempos. Ellas se morían de envidia al ver a su amiga con tan apuesto jovenzuelo y le preguntaban a Daisy, que así se llamaba la muchacha, como había conseguido una pesca tan suculenta. Ella reía y se retroalimentaba de vanidad, dejando que sus compañeras del té pensasen que eran una pareja, un proyecto de boda en ciernes.

Luego, tras los largos paseos, Daisy provocaba el rubor en las mejillas de Little D. con algún comentario subido de tono para acto seguido escabullirse al interior de su mansión, donde practicaba el sexo con Jon Trace, el profesor de música de la escuela. Otras veces le tocaba el turno a Robert McGee, el piragüista de Oxford. Otros tantos pasaban por la alcoba de Daisy, dejándola satisfecha y contenta. Mantenía al enamoradizo Little D. como tapadera ante la alta sociedad inglesa, pero no sentía nada por él. Su corazón era una piedra, inexpugnable. No se le podía reprochar tal cosa, pero a Little D. se le acababa la paciencia y un día, en un impulso, compró un gran anillo en la joyería de la calle Berkeley y, tras el consentimiento orgulloso de su padre, se inclinó ante Daisy con el anillo en una mano y las flores en la otra.

Daisy notó por primera vez en su vida que su corazón se ablandaba. Esa coraza de piedra se resquebrajó por fin y vio en los ojos de Little D. el amor. Ese amor profundo y real que pocas veces sucede y sobre el que todo el mundo escribe. Se abalanzó sobre Dean y le plantó un beso en los labios, seguido de un susurrante “si quiero” al oido.

Habrían sido los momentos más felices de la vida de Little D., pero no llegó a oirlos. Se deslizó como un títere sin cuerdas entre los brazos de Daisy y cayó al suelo, los ojos inertes y el corazón silencioso. Su mano, que había apretado las flores hasta dejar las marcas de los tallos clavadas en la palma, se abrió por última vez, dejando caer el ramillete de Aconitum al suelo, donde empezaron a resquebrajarse y a marchitar.

Poco se habla de ello desde entonces. Unos dicen que Little D. sabía lo de los amantes de Daisy, y que su corazón, puro y amable, no había podido aguantarlo más. Otros rumoreaban que la muchacha era una bruja, que había roto el corazón de Dean para reemplazar un pedazo del mismo por el suyo, con el fin de conseguir mayor longevidad. Este rumor quedó silenciado tras el suicidio de la niña, al precipitarse por un acantilado dos días después de la muerte del chico.

La mayoría de las personas dicen que fueron las flores, las Aconitum, las que mataron a Little D. y envenenaron su organismo hasta el último de sus rincones.

Pero yo se que no fue así.

Hace poco, o relativamente poco, viajé a Southampton para comprobar con mis propios ojos la casa que relatan las leyendas. La casa de la familia de Daisy.

Estaba abandonada y mugrienta. Sus cristaleras rotas por ladrillazos y pedradas de los chavales que pasaban con las bicicletas por su lado. Graffitis decoraban las paredes interiores y exteriores y por todos lados se veían indigentes que buscaban sus aledaños como refugio, quemando bidones de queroseno para tener luz y calor por las noches.

Me adentré en su interior esquivando yonkis, putas y degenerados. En el sótano, donde debería de haber un armario, ahora se abría ante mis ojos la entrada profanada a la cripta familiar. Ese lugar estaba desierto, tal vez debido a los efluvios pestilentes de humedad y huesos podridos que emanaban de las tumbas abiertas.

Me acerqué y ví a Little D. sentado en la cripta de Daisy. Estaba delgado y harapiento, y su forma translúcida me permitía ver a través de él. Era el fantasma menos intimidante que me había encontrado jamás.

Si le extrañó mi presencia en ese lugar, no lo demostró. Tampoco lo hizo al saber que podía verle. Me contó con voz trémula que no había podido dejar de odiar a Daisy por todo lo que le hizo, y que tampoco había sido capaz de dejar de amarla. Una contradicción que yo conocía muy bien.

Le hablé del árbol de mis sueños, de las raices que de él me había librado en su día. De que ser un muerto en un plano de vivos era incompatible y que poco a poco su mente se marchitaría, dando lugar a un cascarón vacío e incorpóreo. Nada de ello pareció afectarle, ni le hizo reaccionar de ningún modo… hasta que le mostré el anillo. Su anillo. El anillo de Daisy.

Le dije que la había visto, en el acantilado. Llevaba años lanzándose una y otra vez al vacío, sintiendo como el impacto rompía todos sus huesos una y otra vez. Era su penitencia, y no cesaría en su empeño hasta reparar lo sucedido, hasta dejar de sentirse culpable. Conseguí tranquilizarla y calmar sus pesares. No necesitaba volver a la vida, solo quería que el hombre que la amó con tanta fuerza la perdonase. Quería ser libre, pasar al otro lado.

Little D. lloró. Lloró por primera vez en su muerte y dejó que Daisy se marchara. No había sido su corazón roto lo que le había matado. Tampoco el veneno de las Aconitum, que no habrían podido actuar tan rápido y de forma tan letal. Y Daisy, obviamente, no era una bruja, pues tales cosas solo existen en las historias y solo las creen los necios y los locos.

Su muerte había sido provocada por una pastilla de cianuro que había mantenido en sus dientes desde que había entrado en la mansión. Little D., desesperado, decidió que si ella no aceptaba su propuesta, mordería la pastilla y se suicidaría allí mismo, pues su vida lejos de su lado se le antojaba imposible y un sin fin de sufrimiento. No contaba, claro está, con el efusivo beso de la muchacha que, dada su experiencia previa, solía dar a sus amantes habituales. Dean masticó por accidente. Y murió por accidente.

Me resultó bastante divertido en su momento. Ahora me dan ganas de llorar al recordarlo.

Little D. y Daisy se encontraron por fin al otro lado, pero no siguieron juntos. Cada uno se marchó por su camino. Supongo que era lo más lógico, pues al final, las peores experiencias son las que cuentan y ni el amor, aunque en este caso fuera puro y honesto en su final, pudo mantenerles unidos.

La Capucha de monje letal es una de las plantas más venenosas del mundo. Se han documentado muchos casos de envenenamiento por sus pétalos y raices, e incluso ha segado vidas de incautos con afán de vestir sus jardines con la belleza de sus pétalos. Es una muerte fea, horrible, cruel.

Pero una cosa es cierta…

Prefiero sentir el veneno de la Aconitum paralizando mi cuerpo que volver a sentir en el corazón las toxinas de ese sentimiento al que llaman amor.

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