Vacío.

3

 

Un cadáver marchito colgaba del tocón del viejo sauce. Ramas y raices se enroscaban en el cuerpo, apretando y rasgando su escasa y podrida carne.

Yo estaba delante de él, observando. A pesar de su avanzado estado de descomposición, ya casi hueso y piel momificada, era evidente que se trataba de mi yo futuro.

No era la primera vez que entraba en aquella pesadilla. Circulaba por los rincones más sucios de mi subconsciente y de vez en cuando se me aparecía por las noches. Caía en el sendero onírico, caminaba por la espesa maleza y siempre acababa en ese claro. Normalmente desaparecía tras unos momentos de mirar el sauce, pero aquella vez era distinto.

-Supe que eras tú, lo supe desde el principio. – Le dije a mi propio cadáver.

-Pero no querías creerlo – susurró una voz detrás de mí – Te negaste a mirar a la realidad a los ojos y ahora vas a pagar por ello.

Me di la vuelta. Era ella. Siempre era ella, acechando en la oscuridad, haciéndome sufrir de las maneras más inimaginables. Era mala para mí, y yo lo sabía. Por eso no quería separarme de su lado.

-No fue un error – expliqué mirando la estaca que llevaba en la mano derecha – No lo fue. Te quise como eras, intenté arreglarlo todo pero tú… tú ya no me querías. Tú decidiste dejarme ir. No pretendas culparme.

Se abalanzó sobre mí y, rápida como el rayo, me clavó la estaca en el centro del pecho, perforando esternón, pulmones y un trozo de corazón. El impacto del golpe me lanzó sobre el sauce, chocando con mi antiguo cadáver, que se deshizo en mil volutas de humo. Tosí. No sentía dolor. Ya no. Sangre negra y espesa se acumulaba en el negro agujero que me había dejado la estaca.

-Como puedes ver… ya no puedes hacerme daño. Al menos no de esa manera. – Sonreí – Gracias por enseñarme esta lección. Será lo último que aprenda de tí.

-¿Acaso crees que me importa? – se dio la vuelta – Sólo quería comprobar si era cierto que podías sobrevivir a algo así. Ahora que lo sé, no me interesas más. Mi siguiente presa seguramente sea más suculenta.

La perdí de vista cuando salió del claro. Las ramas del tocón empezaban a rozarme las manos y sus raices se enroscaban suavemente por mis tobillos. Las acaricié como a viejas amigas que hace siglos que no ves.

-Creo que ha llegado el momento de descansar. Nos lo merecemos, ¿verdad?

Desperté de la pesadilla mucho antes del amanecer. Me dolía el pecho y las lágrimas abrasaban mis mejillas. Cogí el móvil y el estómago me dio un vuelco al comprobar que no tenía ningún mensaje. Ninguna llamada. Nada.

Me metí en la ducha y dejé que el agua tibia me reconfortase. Lloré de nuevo, pero casi sin ganas, simplemente como reflejo de autocompasión. Que triste era, que pena daba. Ya no era capaz de sentir nada. Me sentía patético y sucio.

Un reflejo blanco iluminó el espejo del baño. Fue un instante. Un destello apenas visible. Pero lo noté.

Me miré el agujero del pecho. Sonreí. A simple vista nadie lo habría notado, pero yo sabía que, en el fondo, algo empezaba a brotar.

A la noche siguiente, la pesadilla había cambiado. Y las raices, antes inamovibles, habían aflojado su presa por primera vez en lo que a mí me pareció una eternidad.

No puedo decir que me hiciese feliz el cambio.

Pero el tiempo se encargará de esa eventualidad.

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