Elegía.

Elegía.

 

Supe que se había marchado incluso antes de abrir la puerta.

Flotaba en el ambiente su olor, ese olor tan peculiar que solo desprendía ella. La casa estaba en ruinas, el yeso se desprendía del techo y los rincones estaban quemados y mugrientos. La fuente de agua que habíamos restaurado estaba ahora quebrada, sus figuras descabezadas y los pilones cubiertos de herrumbe.

Su hechizo se había ido con ella. Ahora de nuestro palacio solo quedaban los restos y las arañas.

Paseé por los corredores con lentitud, observándolo todo como en un sueño, aun sin creer que aquel estercolero fuera el mismo lugar en el que ella y yo habíamos sido felices, administrando el fuego que iba creciendo lentamente en mi interior. La había visto pasearse con aquél poeta. Los había visto besándose y acariciándose. Sabía la verdad.

Ella también la vio en mis ojos en el pasado. Mis movimientos febriles frente a la máquina de escribir. Mi manera de ignorarla y de convertirla en una extraña para mí. Nuestras discusiones en frente de la chimenea, la crispación, sus celos, mi absentismo.

Nadie que nos hubiese visto hubiera imaginado otro resultado.

Su poeta era atractivo. O eso les parecía a todas las mujeres. Recitaba palabras bellas en verso libre, simplezas mundanas para mentes planas. Hijo de la gran puta. Un escritorzuelo del tres al cuarto que necesitaba plagiar el manido concepto del amor gongorino para sacar de su floja sesera una frase blandurria y falaz, tópica y repulsivamente melosa. Era un poeta de esos que te hablan de sentimientos metiéndose en el cuerpo popper y antidepresivos, de los que te follan mirando a la pared mientras lloran por el amor perdido. Un hipócrita de la palabra escrita, un fraude desorejado con ínfulas de puta de arrabal.

Un mierdas. Eso es lo que era.

Por su culpa tuve que exiliarme. Pero me adelantaría a los acontecimientos. Y huelga decir que su imagen jamás pesó en mis pesadillas.

Tomé de la repisa de nuestra preciada chimenea, ahora solo polvo y esquirlas de mármol, nuestra foto. Rasgada, claro. Mi imagen estaba borrosa y arañada y la suya había desaparecido por completo. El fuego no dejó de crecer en mi interior.

Me tumbé en nuestra cama, donde tantas veces habíamos hecho el amor. Una carta de despedida me esperaba bajo el esqueleto de mi almohada. Tan solo decía mi nombre. Nada más. El resto eran borrones y lágrimas.

Cerré los ojos y me dispuse a soñar.

Vi aquél árbol alzarse ante mí. Era distinto al roble en el que me tumbaba con ella. Sus raices eran grises y el tronco se abría, mostrando un témpano de hielo encajonado y derritiéndose con lentitud. Me acerqué con miedo, dándome cuenta que a mi alrededor el claro se iba encogiendo, provocándome punzadas de miedo y claustrofobia. Las ramas del árbol estaban peladas y marchitas, sin vida. Tuve que esquivar las más bajas y una de ellas al rozarme me provocó un corte. Dolía.

Me acerqué al témpano de hielo y oteé en su interior. Algo, o alguien estaba ahí dentro, fosilizado como un mamut en un glaciar. Me acerqué un poco más, intentando reconocerlo. Fue un error.

Una mano que no había visto me agarró repentinamente del cuello. Unos ojos rojos, brillantes en el interior del hielo me miraron. Sangraban por las cuencas y su sonrisa me heló el alma.

-Te veo – Susurró el ser.

Logré zafarme de su presa y corrí hacia el bosque, tropezando numerosas veces con las ramas y las hierbas que por mi paso se cruzaban. No paré de correr hasta que estuve a punto de caer por un acantilado que daba al mar más oscuro que jamás había visto.

Te he visto – dijo una voz a mi espalda – Ya nunca jamás podrás esconderte.

Era él. El poeta. Se alzaba a 3 metros de mí, deformado por el horror de mi pesadilla, con la mano alzada y su sonrisa maníaca esgrimida como un cuchillo sangrante.

No lo dudé. Antes de que sus dedos me rozasen de nuevo, me arrojé al vacío.

Me desperté bañado en sudor y gritando como jamás lo había hecho en mi vida. Arrojé por las paredes todo lo que me iba encontrando. La mesa, los barrotes rotos de la cama, el armario, un despertador antiguo. Cuando no me quedaba nada que lanzar me rompí la mano golpeando la pared, que se hundió bajo mis acometidas febriles. Presa del odio, con el fuego liberado y consumiendo mi mente hasta convertirla en cenizas ardientes, rebusqué por el caótico suelo una caja de plástico que guardaba mi pistola.

Calibré con las dos manos su peso e introduje un cargador lleno en ella.

Luego me puse el abrigo y escondí la pistola en su interior.

Me miré en un trozo de espejo que había en el recibidor. Mis ojos ya no eran del mismo color del mar en calma. Ahora eran cuencas vacías, sin vida.

Había llegado la hora de hacer que el poeta escribiese su última elegía.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s