Tiempo de cosecha.

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¡Herejía, disidencia, barbarie y sodomía!

La plaza rebosaba de feligreses esperando la ejecución.

¡Herejía! Exclamaba la plebe con furia y desprecio, el filo de la guillotina pendiente del gaznate del mal acólito. Sus pecados eran creer en la belleza y el amor. El tribunal le llamó loco, infame usurpador de ideas ajenas. A cuchillos debe morir, sentenciaban. Al garrote. Al tajo, siempre al tajo. Pero que nuestro verdugo sus manos deje limpias. Cae la guillotina y el cuello se bifurca. Sangre violeta y gris se derrama por la plaza. Y los feligreses, gritan entusiasmados. El hereje se aleja del mundo abrazado a su verdadero amor, pues ahora ya nadie les hará daño, ni ellos intención tienen de venganza.

Pero esperad, aún hay más.

¡Disidencia! Berreaban las muchachas con sus cofias revueltas y sus mejillas sonrosadas. Esta vez, sí, el tajo es la justicia divina. El verdugo se alza, imponente, con un hacha de doble filo y relamiéndose. Sus pecados no eran tales, pero sí su endofobia. ¡Comerciar con otras tribus! ¡Casarse con un hombre de distinta procedencia! ¿Es que acaso no debemos despellejarla por esta afrenta? Sus lágrimas caen en el barro, reza plegarias al cielo, pero nadie la escucha. Su cabeza cae en la cesta y ahora es libre de vagar por la tierra, sin fronteras.

¿Os parece suficiente?

¡Barbarie! Musculosos jornaleros escupían en su cara, mientras le arrastran por la plaza de camino a la horca. Era uno de los suyos, y ahora lo desprecian. Defendió a aquella mujer en la pescadería, ahora su cuello quebrará en consecuencia. ¿Quién era él para decidir lo que se hacía? Una vez, dicen las lenguas, regaló un pastel de manzana a un hambriento. Otra, dicen los ancianos lenguaraces, recuperó el bastón a uno de ellos. Como se atreve. Los jornaleros jalean al verdugo, que le pone el lazo. Adios, hideputa. Adios, bárbaro. Muere, cabronazo. Un fuerte clack, y el mundo es negro. O tal vez no del todo. Ahora camina sonriendo, y la gente le sonríe a su paso.

Y aún no he terminado, os queda lo mejor.

¡Sodomía! Abrazados, una mujer y un hombre suben juntos al estrado. Nadie grita esta vez, todos están callados y expectantes. ¡Sodomía! ¡Copularon y ella está en estado! Nadie grita. ¡Sodomía, ambos están casados! ¡Fornicio indebido! ¡Disidencia!

Nadie grita.

De sus espaldas unas alas nacen. Alas rojas, verdes y de fuego. Ahora todos gritan. Huye, marabunta. Huid.

Flechas brillantes siegan espaldas como cosecha. El verdugo sus ojos ha perdido con la luz y el tajo cae, donde su hacha gira y cercena. Adios, verdugo.

La pareja se levantó del suelo y, observando la masacre, lloraron largamente hasta el fin de los días.

Palabra de Y’Sehth, el libro Rojo y Verde.

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