Drive

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Me dolía el pecho, la espalda y tenía mareos. Eran las 20:58 de un martes y lo que más me apetecía en ese momento era ponerme un poco de música y encenderme el primer cigarro del día, pero había cosas que hacer.

Me levanté de la cama y me dirigí al baño rascándome los huevos con la mano izquierda y tapándome el bostezo de turno con la derecha. Como me dolía el cuerpo, joder. Cualquiera diría que la imagen que reflejaba el espejo era la de un viejo octogenario que llevaba una mala vida de putas, alcohol y tranquilizantes de farmacia. Pero no. El reflejo mostraba unos ojos rojos de dormir mal y a deshoras, enmarcado por un rostro pálido y con barba de varias semanas mal recortada. Un rostro joven, a pesar de ello.

“Que asco”, pensé. Demasiado prozac, demasiado prozac…

Meé sin apuntar demasiado, como siempre. Mi váter se caracterizaba por tener más de amarillento que de blanco y sin duda aquél día hacía honor a sus razones. Mi pie derecho se había quedado pegado a una sustancia de textura indeterminada que había en el suelo. Podía ser semen, vaselina, crack… no iba a comprobarlo, no estaba de humor. Me metí en la ducha de golpe y cerré los ojos. El mejor momento del día, sin duda. Paja, lavado rectal y sobacal y al coche. Del coche al puto funeral. Otro funeral más. “A ver cuando cojones es el mío”.

Lloros, desconsuelo y para el coche otra vez.  A cumplir el otro objetivo del día.

Llegué a casa al borde de un ataque de ansiedad varias horas después. Necesitaba estar escondido, oculto. Cerré la única persiana que se había quedado abierta de toda mi casa y me refugié en un rincón del salón.

“Ahora a esperar a que se haga de día”.

Al día siguiente habría otro funeral seguro, pero no estaba seguro de a quien me tocaría enterrar. En el fondo me daba igual mientras hubiese un sobre con dinero después.

Probé otra vez a ponerme la pistola en la boca. Otra vez más fuí incapaz de apretar el gatillo.

“Bah, de que me va a servir”. Arrojé el arma al suelo y me acurruqué en la esquina. Me gustaría decir que no logré conciliar el sueño, pero con la primera luz del alba, como siempre, me dormí como un bebé.

Dos días después estaría muerto por fin. Pero no se lo digais a nadie.

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