El espeluznante ser del almacén.

el-espeluznante

Lo de trabajar como dependiente en una gran firma de moda tiene sus ventajas. Es cómodo, fácil y con altas expectativas de ascenso. Puedes salir a fumarte el cigarrito de rigor cada hora y te hacen descuentos para los bocatas en el bar de la esquina.

Yo trabajé para una de esas firmas en una pequeña tienda situada en un gran centro comercial. Me sentía como pez en el agua. Después de todo, los creadores me dotaron de joven con una labia colosal y una presencia hercúlea que desde siempre me habían proporcionado trabajos de cara al público.

Vendía la ropa con una sonrisa y con una amabilidad no del todo fingida. Reponía, limpiaba los estantes, hacía la caja, cerraba y abría la tienda, atendía a los clientes, charlaba con los habituales con desparpajo… en definitiva, disfrutaba de mis 8 horas diarias allí. Era mi pequeño paraiso.

Un buen día, tras abrir la tienda y empezar con mis tareas mañaneras, escuché un ruido extraño que provenía del almacén. Ya se nos habían colado ratones en una ocasión, así que empuñé la escoba como arma y con paso marcial me dirigí hacia la puerta que custodiaba las cientos de cajas de ropa, complementos y chucherías varias.

La luz del almacén no funcionaba. Esto me extrañó, pues habían cambiado las bombillas una semana atrás y ese lugar apenas se utilizaba una o dos veces al día. Me deslicé entre los estrechos pasillos que dejaban las cajas, buscando el origen del ruido. Giré la esquina y, repentinamente, una mano blancuzca y asquerosa me dio un manotazo en la cara, pringándome con una sustancia espesa y templada, posiblemente semen o algo peor.

Pegué un berrido y me lié a escobazos con el Ser, que se revolvió en su rincón y se protegió con una bandeja de porcelana cuyo origen aún hoy me es incierto.

Agarré de lo que parecían ser los pelos al Ser y empecé a arrastrarlo hacia la puerta, jurando y perjurando a voz en grito que o se iba por las buenas o se iría por las malas. El Ser mientras tanto se agarraba a las estanterías y cajas gruñendo y escupiendo, insultando a mi señora madre y a toda su progenie. La viscosidad del Ser acabó ganando la partida y se me escurrió de entre las manos para volver a su esquina, donde rebuscó en un hatillo de mendigo y sacó una granada de mano.

La explosión, como podeis imaginar, fue bastante floja. Tanto el Ser como yo salimos ilesos, pero la ropa de las cajas contiguas se chamuscó un poco. El señor González, dueño del franquiciado, nos echó una bronca de aupa y nos prometió que como no pagáramos los gastos con horas extra, acabaríamos en la calle recogiendo cagarrutas de perro. Yo conocía el temperamento de mi jefe y supe que no era una broma.

Ahí fue cuando empezó mi suplicio. El Ser, al que el señor González hizo un contrato temporal de Obra y Servicio, me rompió todos los esquemas y toda la rutina de trabajo que tantos años había empleado. Para empezar, todo lo que intenté enseñarle sobre los pequeños tecnicismos del cobro y la reposición le entraban por la oreja y le salían por el orificio reproductor número dos. Se pasaba el día tirado a la bartola, tumbado encima de las sudaderas buenas y rebuznando como un poseido cada vez que un cliente entraba en la tienda.

Yo trataba de atender con la misma eficiencia con la que me caracterizaba, pero las muecas del Ser me ponían nervioso y siempre acababa dándome de palos con él ante espanto de la gente que entraba en el establecimiento.

Pero la gota que colmó el vaso fue cuando el señor González, harto de nuestras discusiones y peleas, dijo que iba a despedir a uno de los dos.

Evidentemente me tuve que buscar un trabajo nuevo. El Ser, cuya presencia sólo era tolerable con una mascarilla y guantes de lana de acero, vendía ropa a punta pala. Era impresionante verle en acción. Con sus ruidos gulturales, incitaba a la gente a probarse la ropa pringosa que él les ofrecía colgando de una de sus extremidades. Tuve que rendirme ante su capacidad y acepté el finiquito con resignación y pena. El Ser, mientras tanto, se restregaba de forma frenética contra el escaparate, haciendo que un grupo de monjas se escandalizase y, tras pensarlo unos segundos, entrase rápidamente en la tienda.

 

Han pasado ya unos años de esto, claro. Hace un par de días me encontré al Ser por la calle. Iba cogido del tentáculo de una mujer muy simpática y arrastraban un cochecito de bebé. Nos pusimos al día y recordamos anécdotas de todo lo que nos pasó. El niño no es que sea muy guapo, pero bueno… seguro que tendrá el encanto del padre. A él le va muy bien, ahora es el dueño del negocio y tiene un par de tiendas más en la calle paralela. Le he prometido que me pasaré a verle en unos días.

Me alegra ver que hemos madurado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s