Línea 10.

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Las líneas que marcan las palmas de mis manos se parecen, curiosamente, a los retazos de viento que me recorren el cuerpo.

Desnudo estoy, en este extraño claro donde la hierba se mece tranquila y los árboles susurran mi nombre. El sol ya hace acto de presencia, rompiendo con la física y saliendo por el norte, entretejiendo hilos de luz con mis pestañas que a su calor se estremecen y encienden y apagan mis ojos.

Un canto lejano me hace desear unirme, pero ni mi voz ni mi temple están por la labor, así que me tiendo en el mullido suelo con intención de fundirme con el entorno y ser uno más del pequeño ciclo que anida en el paraje. Me conmueve la idea, aunque sea banal, de sentirme por primera vez pequeño de verdad y olvidarme del ego que hizo que descarriara una vez mi vida.

Las hojas de las flores sobre las que estoy tendido me revelan un secreto que antaño creí un rumor, y me levanto con presteza con intención de buscar su guarida. La guarida del león de Nemea que mis pensamientos turba y me hace divagar por senderos desconocidos hacia la barbarie y la locura.

Exclamo. No es tal el león, si no una máquina de hacer dinero que traslada miles de millones de francos suizos hacia mi cuenta bancaria. Trato de frenarla, me despellejo los nudillos pero débil es mi acometida y me veo de nuevo trajeado y comiendo con caballeros orientales de procedencia norteamericana y un tufillo a naftalina que me tira para atrás.

Y caigo.

Caigo.

Aterrizo sobre los brazos de la madre que hace siglos perdí en la guerra contra el cáncer. Bondadosa, amable y cálida, me mece sobre su pecho y me arrulla durante unos instantes. Vuelvo a sentirme pequeño, una vez más… hasta que lo inesperado se revela, pues en garras de una furcia pintarrajeada como un Picasso estoy. Pago, pues, y me voy.

Cojo el tranvía que cruza mi infancia con mi vejez. Estoy solo en el vagón desde el principio hasta el final, y empieza a nevar en mi asiento. Suerte, pienso, de tener a mano un paragüero sin paraguas, que me encasqueto en la cabeza con presteza y sin dudar. Dentro, un pequeño duende me arroja cuchillos ante una enardecida masa de televidentes lobotomizados. Sangro, pues, y recibo los aplausos con una reverencia de orejas.

Llegaré tarde a la hora del té, por lo que me recojo y salgo de la caja de galletas. Que dolor en la mollera.

Una señora me está golpeando con su bastón en la cabeza y unos críos se descojonan de mí. La razón: me he dormido en el metro y me he caido sobre sus tetas.

– ¡Sinvergüenza, acosador, sátiro, mongolo! – rebuzna con alevosía mientras la multitud nos observa en silencio sepulcral.

Mi amigo Jaime, sentado a mi lado, me mira como si fuera un bicho raro y me saca a rastras del tren, que continúa su camino por las vías.

– Si es que no se te puede sacar de casa macho, eres un anticuado de cojones.

– ¿Que quieres decir? – le pregunto confundido mientras me froto las sienes. Que dolor de cabeza, la virgen.

– ¿Es que no te has enterado de lo que han dicho hoy en Twitter? Ya es oficial.

– ¿Eh?

Me mira con desprecio y, por encima del hombro, me espeta:

– La imaginación está pasada de moda.

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