El obsequio.

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El sr. Fontache era un hombre muy ocupado.

Seguía un ritual muy distinguido. Salía todos los días de casa a las 06:05, tras haber desayunado una tostada y haber ingerido el primer café del día. Luego, tras coger su flamante BMW y moverse hacia la panadería de la esquina para recibir su ensaimada del mediodía, conducía hasta su trabajo en una gran empresa cuyo nombre se me antoja impronunciable. Hacía sus labores sin prestar atención a nadie, pues, como ya he mencionado, era un hombre extremadamente ocupado.

Volvía a su domicilio la 01:00, justo cuando el enorme reloj de la estantería de su salón daba una única y contundente campanada. Se lavaba los dientes, se acostaba y volvía a repetir el mismo ciclo.

Todo esto, claro, de lunes a viernes.

Los fines de semana, el sr. Fontache se dedicaba a cuerpo y alma a su gran pasión: la preparación de tartas de manzana.

Tenía en el patio trasero un gigantesco jardín, en el que decenas de manzanos daban fruto de una manera exhuberante y dudosamente biológica. El sr. Fontache hacía la recolecta los sábados por la mañana, preparaba las tartas los sábados por la tarde, horneaba las tartas el domingo por la mañana y las engullía el domingo por la tarde.

Y al lunes, vuelta a empezar.

Cualquiera diría que este bucle sin fin tenía un tinte enfermizo. Puede que fuera cierto. Tal vez por eso no podía ser eterno. Una mañana de un lunes, al abrir la puerta de su casa para ir a su coche, el sr. Fontache se encontró a los pies del felpudo un obsequio.

Aquello era muy irregular, debió de pensar el sr. Fontache. El obsequio era rectangular y de tamaño medio, como una caja de zapatos. Estaba envuelto en un papel rojo chillón, culminado con un gran lazo rosa. Nuestro protagonista se quedó congelado en la puerta, sin saber que hacer. A los dos minutos, una gota de sudor empezó a resbalarle por la frente. Miró a su reloj y comprobó que ya eran las 06:06. Una mácula en su rutina. Se agachó, recogió el paquete y lo colocó encima de la mesa del salón. Tras unos instantes más observándolo, se caló el sombrero en la cabeza y salió al trabajo. Eran entonces las 06:07.

Y así, amigos míos, fue como el sr. Fontache comenzó la peor semana de su vida. Aquella ligera pausa en su horario perfectamente establecido hizo que el resto de su mundo se trastocara. Cuando llegó a la panadería, resultaba que había otro cilente delante y tuvo que esperar a que le atendiesen, cosa que no le había pasado nunca. Que incorrección, parecía estar pensando.

Por aquellos segundos cruciales, se metió de lleno en el atasco de las 06:38, hora a la que todos sabían que Martin UnaMano sacaba a pasear a su perro, provocando en el paso de cebra un bloqueo contundente. La bestia, que se resistía a abandonar el mundo de los vivos a pesar de contar ya con la friolera de 28 años, hacía de vientre en el mismo punto todos los días, entre la franja blanca y la franja negra. El sr. Fontache chasqueó la lengua, visiblemente incómodo ante tal visicitud.

En el trabajo, tuvo que entretenerse con algunos compañeros que, habiendo llegado antes que él por primera vez, le saludaban y preguntaban por su fin de semana, impidiendo que se recluyese en su despacho. Llevaba entonces 17 minutos de retraso con respecto a su horario habitual, lo que hizo que se quedase aquella noche hasta más tarde.

Llegó a casa agotado tras las largas emociones del día. El obsequio seguía allí, en la mesa, esperando a ser abierto o arrojado por la ventana. El sr. Fontache lo ignoró y, por primera vez en su vida, se arrojó en la cama sin desvestirse ni asearse. Todo esto ha sido ligeramente molesto, se decía a las puertas del sueño.

El resto de la semana es imaginable. El sr. Fontache se quedó dormido el martes y llegó tarde al trabajo. Se acostaba a horas intempestivas, se equivocaba de ruta al desplazarse por la ciudad, compraba croissants en vez de ensaimadas y gruñía al hablar con sus compañeros, rociándolos de baba y provocando en ellos risas y chanza. Un día apareció en el trabajo sin más prendas que una corbata, que llevaba anudada en los testículos y le daba al asunto el aspecto de una morcilla de Burgos. El viernes su jefe, un hombre corpulento y bigotudo llamado Anselmo le ofreció un puesto de directivo tras su aumento de rendimiento en esos últimos 4 días y le dijo, palabras textuales, que “no había conocido jamás a un trabajador tan eficiente y cachondo como él”.

Ese mismo día, según llegó a casa, el sr. Fontache estalló. No le gustaban los cambios, y todo lo acontecido era culpa de ese dichoso obsequio que le había robado la rutina. Se arrojó sobre la mesa y abrió el paquete. Dentro, un colosal objeto de forma fálica recubría casi por completo el fondo de la caja.

“Para la srta. Pepperoni” rezaba una nota alojada en su interior.

La srta. Pepperoni, por lo visto, vivía a tan solo unas manzanas de allí. El sr. Fontache se acercó a su casa y llamó al timbre, con el gigantesco vibrador en la mano. Echaba chispas por los ojos y pensaba recriminar a la mujer que allí vivía que su vida, antes perfecta, ahora estaba arruinada.

Pero una vez más, el sr. Fontache recibió una sorpresa. Esta vez, en forma de Cupido.

Se casaron un año después, en la iglesia de San Rito. Se rumorea por el barrio que el monstruoso pene de goma ocupa un lugar de honor en el salón, guardado en una vitrina. Habladurías de envidiosos y gente de mala baba.

Y no es sólo porque sean el matrimonio perfecto, no. Es porque saben que, sea el día que sea, la srta., ahora sra. Pepperoni, estará probando las mejores tartas de manzana a este lado del Mississipi.

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