Vestigios: La idea.

idea

Se levantó de su escritorio tras varias horas de trabajo. El humo de los cigarros, mezclado con el olor a café y sudor, se desvanecía en el ambiente dejando nubes de desesperanza. Un día más sin lograr avanzar en la novela.

Cogió su chaqueta y salió por la puerta de su casa. El día era frío y arrojaba sobre su rostro ráfagas de viento helado. Las sintió como un reproche, un lamento del viento a su vulgaridad y a su desidia, que lo carcomía por dentro. Todas las personas que se cruzaba, hombres y mujeres sin rostro definido tras los cristales empañados en los que se convertían sus ojos cada paso que daba, lo miraban con reproche. Sus muecas sarcásticas le dinamitaban en el estómago. Le daban miedo, y aceleró el paso por la Gran Vía de Madrid sin deternerse un instante.

Se sentó en su banco favorito, cerca de la Plaza Mayor, lejos de todo ser viviente excepto un gorrión que, sin pensarlo dos veces, se encaramó a su lado, en un alarde de valor. Sus ojos se cruzaron y el escritor vio en ellos la misma acusación y el mismo desprecio. Era como mirarse en un espejo.

Corrió. Los segundos se transformaban en horas mientras la riada de gente sin nombre, sin rumbo, se apartaba de sus apresuradas zancadas, dejando espacio libre a su mediocridad. Le fallaba la respiración. “No puedo hacerlo” pensaba, esquivando todo tipo de materia uniforme que se materializaba como por casualidad en su camino. Nubes de fuego se cruzaban en su trayectoria. Las eludía con presteza. No le quedaban fuerzas.

Se desplomó en una callejuela oscura, con un terrible dolor abdominal. Jadeaba, haciendo esfuerzos por recomponer los zarcillos de su memoria. ¿Cuanto tiempo llevaba corriendo? ¿Y de que huía?

“De tí mismo” dijo una vocecilla en su cabeza.

El escritor se levantó asustado.

– ¡¿Quién anda ahí?! – Gritó a la negrura mientras se frotaba las costillas. Con un torpe movimiento desenfundó el arma que le pendía de la sobaquera – ¡No se acerque… estoy armado! – Su voz resonó con tono histérico.

“Los fantasmas de la mente son inmunes a la violencia, amigo mío” – Respondió la voz – “A menos que decidas acabar con ellos introduciendo ese artefacto en tu boca y apretando el gatillo”.

Asustado, se dejó caer contra la pared, deslizándose lentamente hasta tocar el suelo. Su paranoia era tal que ahora oía voces.

– Qué cojones me está pasando… – Se lamentó en voz baja.

“Te lo puedo explicar. Sólo tienes que lanzar ese arma lejos de tí. Será mejor evitar tentaciones”.

– ¡¡Cállate!! – Gritó el escritor desesperado. El eco le devolvió el grito con mayor intensidad y notó el inconfundible toque de locura, ese brote que llevaba años esperando pero que aún no había llegado. Sabía que era su última oportunidad, su gran momento de lucidez. No habría tiempo para más. Se acercó la pistola a la sien y accionó el tambor. Los latidos de su corazón jamás habían sido tan fuertes, como si el mismo órgano temiese por su existencia y previese que sólo le quedaban unos segundos hasta pararse definitivamente.

“Un loco jamás admite su enagenación” – Apuntó la voz –  “Si lo haces, no habrá vuelta atrás. Llevas toda la vida persiguiendo una idea, así que no la abandones tan a la ligera. Tu cobardía sólo empeorará las cosas”.

– ¿Y tú que sabes? ¿Eres acaso la voz de mi conciencia? ¿Un augurio de mi subconsciente? – Un temblor involuntario le movía el arma por su cabeza – ¿No eres acaso la propia demostración de que ya no hay esperanza para mí?

“Yo soy la idea que estás buscando. Soy la idea que te atrapa por las noches y no te deja dormir. Soy la idea que perdiste y recuperaste cada vez que te sentabas frente a la máquina de escribir. Soy la idea con la que naciste y la idea con la que morirás. Soy esa idea. La que ha pasado por la mente de hombres más brillantes que tú, la que ha seducido a mujeres, la que ha parado guerras, la que deshace fronteras. Mi libertad está ligada a tu ser y a tu talento. Soy la idea que te ha hecho plantearte el suicidio y la locura. Soy la idea que te destruirá y la idea que te llevará hasta donde tú quieras llegar”.

El escritor bajó el arma con un movimiento seco y se levantó con esfuerzo. Su mente se había bloqueado. Sólo había sitio para un único propósito. La pistola quedó abandonada a su suerte en el callejón, esperando a su siguiente dueño.

Llegó a casa al amanecer. Sin quitarse la chaqueta, se sentó en su escritorio. Sus manos estaban manchadas de barro y suciedad. Las teclas se encogían ante su furia. No levantó la vista hasta que el sol lo deslumbró por la ventana, momento en el que supo que su tarea había terminado por ese día. Se desperezó sonriente y se tiró a la cama, agotado. Su contacto nunca había sido tan cómodo, tan cálido. Se permitió un último vistazo al cuarto en el que se encontraba. Jamás le había resultado tan acogedor.

Y soñó con el futuro, abrazado a su idea.

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