Señales de tinta.

tinta

La primera vez que estuvimos desnudos frente a frente no sospechábamos que sería el primero de los muchos polvos que ibamos a echar.

Para mí fue placentero. Que cojones, fue la hostia. Para tí… bueno, me conformo con saber que te esforzaste en no llamarme paleto tras mis múltiples intentos de sacarte un gemido sincero.

Desde entonces, por razones que no vienen al caso (porque estamos hablando de sexo), hemos repetido la escena infinidad de veces. Probamos posturas estrafalarias, nos soltamos con trucos nuevos, quitándonos tabúes y haciendo a veces el gilipollas y muriéndonos de risa delante del espejo del baño cuando intentamos, a pesar de la diferencia de altura y nuestra escasa coordinación mano ojo, practicar ese truco circense a cuyo contorsionismo no somos capaces de acercarnos. Con no descalabrarnos nos vale, supongo.

Pero lo mejor de todo es que he aprendido a recorrer tu cuerpo. Y has sido tú quien me ha enseñado, guiándome con la tinta que recubre tu piel.

Comencé con el corazón de tu hombro derecho, que he machacado a mordiscos siempre que me dejas desde entonces. Fue mi primer maestro, el que me hizo darme cuenta del camino que se abría ante mí.

Supe que te estremecías de placer al encontrar ese símbolo que sabe Buda que significa en tu nuca. Ya sabes que no puedo evitar pulsar tu botón. Me llamas inmaduro, y sé que lo soy, pero siempre me reiré cuando me apartas de un manotazo por ponerte la piel de gallina. Aunque estemos en la cocina y mi única intención sea juguetear un rato, y no bajarte las bragas para dejarnos luego con el calentón.

La poesía que posees en tu otro hombro no tiene nada de erótico. O puede que sí. Algún día tendrás que explicármelo o no sabré si mis erecciones al respecto tienen fundamento.

Tu costado ya es harina de otro costal.

En tu culo las estrellas y en tu tobillo las nubes. Que casualidad… las dos partes de tu cuerpo en las que siempre me centro.

Y por último, cabalgué sobre tu delfin en camino del objetivo real. El resto eran distracciones. Excepto la imaginación. La imaginación me dio la idea de como comerte el coño hasta que tus convulsiones hagan que un día me descalabres con las rodillas. Tranquila, dudo que me hagas daño, porque después pienso tumbarme encima tuya y de ahí al cielo hay un jodido paso. Descanse en paz.

Con un mapa tan bueno en tu cuerpo, solo necesito que sepas que quiero follar contigo todos los putos días que me quedan de vida y, al último, que volvamos a revivir el primero.

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