Molondra.

molondra

Un día me puse de perfil y me miré al espejo.

¿Sabéis que vi?

Mi cabeza flotando.

Exacto. Mi cabeza flotaba a metro ochenta del suelo.

Y menuda cabeza señores. Menuda almendra suculenta para la ardilla de turno. Que gozo, que esplendor.

Como cabeza, la vida te da ciertas ventajas. Pagas la mitad en el autobús, la gente se asusta al verte pasar y tienes la calle libre para flotar con libertad, puedes entrar en el cine colándote por una ventana y, si por algún casual tienes filias extrañas, en internet puedes encontrar todo tipo de satisfacciones.

Mi experiencia como cabeza, sin embargo, es un poco traumática.

Me encontraba yo en esa tesitura, tras haber comprobado que mi melón era lo único que me quedaba y me puse a pensar en soluciones para recuperar mi cuerpo. ¿Qué va a hacer una cabeza, me dije, si no es pensar?.

Salí volando por la ventana tras haberla abierto a cabezazos. Porque no es fácil abrir las ventanas sin manos, ¿lo sabíais?. Y mucho menos sin piés.

Me deslicé por mi barrio preguntándole a los autóctonos si por algún casual habían visto a mi cuerpo correteando por ahí. Pero nadie sabía nada. Le tuve que aflojar unos 200 machacantes al portero del prostíbulo de la esquina para que recordase que sí, que había visto un cuerpo correteando por ahí como pollo sin cabeza. Le dije que se podía meter las gracietas por el culo y de una patada me lanzó volando al parque del otro lado de la carretera.

Sangrando por la nariz y sin manera posible de parar la hemorragia, corrí… bueno, floté hasta el ambulatorio. Que espanto lo que allí aconteció. Me usaron como conejillo de Indias para saber si los globos aerostáticos tenían la misma densidad que mi amada testa y me inyectaron sabe Dios que mierdas por la oreja. Dejé de sangrar al instante, pero el colocón de anfetas que llevaba encima me hacía chocarme con todas y cada una de las farolas que los desalmados del ayuntamiento de Madrid van dejando por ahí sin ningún tipo de criterio.

En esas estaba cuando por fin lo ví al otro lado de la calle. Era un cuerpo sin cabeza, de eso no había ninguna duda. Me acerqué a toda leche, pero mis ojos, aún desenfocados por la presencia de los psicotrópicos, me hacían trastabillar y equivocarme de dirección.

La persecución duró horas. El cuerpo saltaba los muros con elegancia felina y yo me tenía que conformar con usar mi lengua como pico de alpinista. No teneis ni idea de la cantidad de mierda que tienen las paredes de vuestras casas. Por fin lo alcancé cuando se disponía a saltar de bloque en bloque. Con un placaje de mollera lo derribé al suelo e intenté colocarme en el cuello para dar fin a esa atolondrada y estúpida situación, pero por lo visto no encajaba.

– ¡Pero que cojones te pasa! – exclamó el cuerpo.

Por lo visto, su usuario no es que no tuviese cabeza… es que la tenía pequeña. Muy pequeña. Me disculpé con mis mejores palabras, pero el señor no atendía a razones y, de nuevo, recibí una gloriosa patada que me envió de vuelta a mi casa.

Horas más tarde, cuando por fin conseguí quitarme todos los cristales de la frente, se me ocurrió una idea. Me acerqué al espejo y me puse de frente. Mi cuerpo había estado ahí siempre, solo que al ponerme de perfil, había dejado de verlo.

Esa noche me comí dos cocidos, una empanada gallega del tamaño de una rueda de camión y doce petisuis.

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