Voces al otro lado.

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Oigo voces más allá de mi pequeña celda.

Gente riéndose, creo.

Los conozco a todos y a cada uno de ellos. Noto sus miradas de desprecio, por mucho que se esfuercen en ocultarlas. Noto los giros internos de sus pensamientos y sé lo que piensan de ese pobre fracasado que se agazapa en un rincón. Son como pequeñas astillas de asco y desdén que se clavan en mi piel haciéndola sangrar una y otra vez. Pero no voy a gritar de dolor. Nunca lo hago. No les daré esa satisfacción.

Salgo del cuartucho y me mezclo con el gentío. Sonrisas falsas por doquier y acercamientos sigilosos sobre las presas mas endebles. Ellos creen que tienen el control porque saben que pueden hacer daño con ese burdo baile de máscaras que hace tiempo crearon. Sus gestos parecen desenfadados, pero calculan al milímetro cada uno de ellos para agradar, rechazar o agredir.

Son como putas ovejas balando incesablemente el mismo cántico humillante. Se dan palmadas en la espalda y se piensan que están resguardados los unos con los otros. Pero nada más lejos de la realidad. Ninguno de ellos daría un duro por el prójimo si en ello tuvieran que sacrificar lo más mínimo.

Parásitos endebles y lamentables…

Me desplazo como una sombra. Les odio internamente y me dan ganas de vomitar. Pero quiero ser como ellos. Odio ser una individualidad en un mar de colectividad. Me aborrezco a mí mismo por haberme convertido en ese ser independiente que ellos tanto ansían y creen ser. Pero no puedo confiar. No puedo dejarme llevar por la calidez de la manada. No quiero ni pensar en las consecuencias que eso tendría.

Aunque lograse hacerme pasar por uno más, mis propios gestos me traicionarían. A los pocos segundos me tacharían como lo que soy, un deshecho social que se desliza por los suburbios de la autocompasión y cuyos problemas son tan nimios que a nadie les importa una mierda. Al instante saldrían al paso con una parodia bien orquestada sobre mi vida y me olvidarían como si no fuese más que una pequeña mota de polvo que se ha posado en sus pecheras. A no ser, claro, que necesitasen algo de mí. En ese caso, harían como que escuchan mi triste diatriba y ofrecerían gestos de consuelo completamente robotizados y alguna que otra patética intentona de solución.

Monto en cólera. Araño las puertas y las ventanas. Siento que la asfixia se apodera de mí al no poder salir de esa sala, donde el rebaño bien juntito berrea y cocea. Golpeo una mesa y la derrumbo con un gesto seco. Me arranco la camisa y aullo. Mi voz se oye por encima del balido, pero nadie la escucha. Nadie la atiende. No soy parte de la manada. No tengo nada que ofrecer.

Corro hacia mi celda de nuevo y cierro los barrotes con llave. La tiro bien lejos de mi alcance. No quiero volver a salir, no quiero volver a tener la tentación.

Abro la cajetilla de tabaco y me enciendo un cigarro. Ensordezco las voces tapándome los oidos y tarareando aquella antigua canción cuyo significado hace mucho olvidé, pero que sigo recordando.

Y me aislo. Otra vez.

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