El curioso caso de la chica que se enroscaba en mi brazo.

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Os voy a contar una pequeña anécdota.

Hace unos años, estuve saliendo con una chica. Os parecerá extraño, pero no recuerdo su color de pelo. Tampoco recuerdo sus ojos, ni si tenía una bonita sonrisa. Tampoco recuerdo sus tetas ni su culo. Ni si su vientre estaba plano o no.

Recuerdo que siempre, todas las noches, cuando nos acostábamos (ya fuese en su casa o en la mía) tenía la peculiaridad de enroscarse siempre en mi brazo.

A vosotros obviamente no os parecerá raro, pero a mí me desconcertaba profundamente.

A veces, cuando terminábamos de follar, exhaustos, ella se quedaba dormida. Pues bien, hiciese calor o frío, estuvíesemos desnudos o vestidos, sudados o resecos, tapados o sin tapar, ella se enroscaba en mi brazo.

Daba igual mi postura. Podía estar boca abajo, boca arriba, hacia el lado ofreciendo el culo o la bragueta, en posición de avestruz, en posición fetal… lo mismo daba. Ella se enroscaba en mi brazo y allí se quedaba.

A veces tardaba un poco en hacerlo, sí. Más de una vez me dormía el primero y ella podía estar en la otra punta de la cama. Pero al despertar, lo primero que notaba era el brazo dormido y lo primero que veía era a ella enroscada en él.

Y no es que siempre fuese tras una agradable sesión de sexo. Ni mucho menos. En no pocas ocasiones discutíamos y nos lanzábamos puyas hirientes y malintencionadas. Nos acostábamos bastante cabreados el uno con el otro y sin mirarnos. Daba lo mismo, por supuesto. Ella se enroscaba en mi brazo.

Pero es que hasta cuando no dormíamos en la misma cama se repetía la misma historia. Una vez fuimos al pueblo donde vivían sus padres. Muy conservadores, nos alojábamos en cuartos distintos por esa estupidez llamada decoro. Y sí, lo que estais pensando sucedió. Cuando mi suegra vino a despertarme por la mañana, meneó la cabeza al ver a su hija enroscada en mi brazo.

Por fin llegó el día en el que la curiosidad me superó. Le pregunté por aquella manía suya con todo el tacto posible. Si bien es cierto que no parece un tema de conversación espinoso, por aquella época no sabía a que atenerme ni por donde me podría salir una chica tan dada a la habilidad para el enrosque.

  • ¿Y donde iba a enroscarme yo si no? – me respondió con naturalidad.

La verdad es que su respuesta me dejó de piedra.

  • ¿En una pierna, quizás? O en el torso. El torso es un gran sitio donde enroscarse. Amplio, cómodo y con vistas a la barbilla. – alegué.

Ella negó con la cabeza.

  • Tu brazo es el mejor sitio para enroscarse. Es largo, delgado y accesible. Desde él puedo apoyar la cabeza entre el hueco que forman tu hombro y tu mandíbula. Me permite darte besos en la barba y acariciarte el costado. Es la posición perfecta para que me abraces en modo cuchara, o para que ponga mis piernas sobre las tuyas. Y me da accesibilidad a tus puntos clave cuando estoy mimosa, triste o cachonda. No existe un lugar mejor, créeme.

Tales argumentos me dejaron fuera de juego. Sin más preguntas por mi parte, nos metimos en la cama.

Aquella noche fue la última noche que pasé con esta chica. Y aun así, ambos nos dormimos con ella enroscada en mi brazo.

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