Cobarde.

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Hoy hablaré con ese señor sentado a medio vagón de distancia de mí.

Es un señor normal y corriente. No llamaría mucho la atención de nadie. Viste una camisa blanca y marrón, conjuntada con unos pantalones beige y zapatos negros. Tiene un gran bigote blanco, a juego con su pelo (o lo que queda de él).

Enfundada al hombro lleva una cartera de cuero. Probablemente en ella lleve sus llaves, su monedero, sus pastillas para sabe Buda qué… sus objetos personales, vaya.

Es un señor normal. Es viejo, claro. Le echo unos 80 años, así a ojo. No creo que tenga muchos más, pero tampoco muchos menos. Me alucina el pensar que, si el tabaco y mi falta de sueño me lo permiten, algún día llegaré a esa edad. Tendré a mis espaldas cientos de experiencias y cientos de recuerdos. Pero… ¿de qué me van a servir?

Se aferra a la barra metálica que delimita el final de los asientos. Lo imito. No sé si sentiremos lo mismo. Probablemente no, ya que yo tengo mi mente centrada en el frío que transmite el metal. A la vez, me pregunto en lo que estará pensando. Mira al suelo, sus ojos bailan de un lado a otro, con tranquilidad. El clásico lenguaje corporal del que se abstrae dentro de sí mismo cuando el entorno y lo ajeno le es completamente indiferente.

Ahora me mira y nota que le estoy observando, para a continuación desviar su atención a la ventana que tiene delante. Me pregunto si le extrañará que un chico joven esté más atento a él que a cualquiera de las mujeres que, teniendo el cuenta el calor que hace, exhiben sus carnes por todos lados.

Me pregunto si este hombre se habrá parado a pensar alguna vez si su mera presencia es capaz de producir inquietud en alguien. Si con su simple imagen, por muy común que sea, provoque en mi interior una especie de pena, miedo y ternura.

Me encantaría charlar con él. Preguntarle qué se siente al saber que dentro de muy pocos años morirá y se acabará todo.

Pero soy un cobarde. Tal vez sea porque aún soy joven. O tal vez sea porque al verle intentar subir las escaleras del metro mi estómago ha amenazado con dar un vuelco, impidiéndome reunir el valor necesario como para molestar a alguien que ya tiene bastante con haber llegado a esa edad.

Cuando llegue a casa probablemente me tumbe a la bartola en mi sofá.

Eso, por supuesto, me hace sentir como un miserable.

Un día más.

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