Realismo incipiente: El Diablo.

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Mi mayor afición hace unos años era repantingarme en mi habitación con algún tema de Fucked Up de fondo y mirando al infinito. Daba caladas a mi cigarro al ritmo frenético del hardcore canadiense y me imaginaba que estaba en una playa desierta y paradisíaca mientras una cyborg femenina me ponía aceite de coco en las pelotas.

No me juzguen. Tenía 19 años y toda la vida por delante. Un chico de esa edad tiende a fantasear con todo tipo de situaciones surrealistas.

Un día, estando en mi cama en posición fetal mientras leía un cómic, se me apareció el Diablo.

Era obvio que era el Diablo, por supuesto. No lo dudé ni un segundo, ya que no era la primera vez que me encontraba con él. Se parecía a Paul McCartney pero bastante más estropeado de lo habitual, lo que ya es decir. Vestía con ropa de corte victoriano y de su cuello pendía un gran reloj de arena. Pero lo más destacable eran los cuernos de tamaño industrial que le crecían tras las orejas y rozaban el techo. Y el rabo puntiagudo, claro está. ¿Qué pensarían ustedes si el Diablo se les apareciese sin un rabo acabado en punta de flecha? Seguro que se descojonarían.

– Disculpe, pero entrar sin llamar es una grosería – le señalé al Diablo mientras entrecerraba el cómic y me incorporaba.

El Diablo se disculpó abochornado. Me preguntó si sabía las razones de su visita y si no me la habían notificado.

– Por supuesto que me la han notificado. La jefatura del Infierno es extremadamente eficiente a la hora de enviar faxes. Pero una cosa es estar prevenido y otra muy distinta es que se aparezca sin llamar a la puerta. Son normas de cortesía básica.

El Diablo volvió a disculparse y me pidió mi opinión sobre la idea propuesta que me habían hecho llegar.

– La considero un insulto a la inteligencia. No creo que montar un campo de golf en el descampado del 3º círculo del Infierno sea un negocio rentable. Los campos de golf necesitan de riego y cuidado constante, y allí, entre fuego y llamas y sufrimiento eterno… no sé, tal vez debería de replantearse tal pretensión. Al menos de momento.

El Diablo asintió y se acarició la barbita de chivo, pensativo. Me explicó que, tras largas negociaciones con los burócratas del Cielo, no había conseguido el tratado de exportación de luz y agua del mundo terrenal. Empezó entonces a despotricar contra los miembros del Partido Angelical y a llamarles corruptos, estafadores y a insinuar que en las últimas elecciones había existido un pucherazo de manual.

– La política es así, amigo mío. Usted debería de saberlo bien. Si mal no recuerdo, cuando su padre (que en paz descanse) falleció en vez de abolir la dictadura por completo creó un régimen de chichinabo. Una dictablanda, dirían los iluminados de los libros de Historia de España. Ni deja de reprimir a las masas con sodomía y tortura psicológica ni quiere cerrar las puertas a las grandes empresas para que enriquezcan su ya de por sí alto nivel de vida. Eso, compañero, es bienquedismo. Y del cutre, además.

El Diablo se mostró debidamente ofendido. Me mostró una serie de gráficos en los que quedaba bien claro que había reducido las torturas en un 63% con respecto al año pasado. Había prohibido la cera caliente en los ojos, la mutilación gratuita, la ablación y las fiestas de Bertín Osborne. Si la casta divina no siguiese en el gobierno, la privatización de los sectores públicos ayudaría a todas las almas en pena inmigrantes a adaptarse a una nueva sociedad donde todos recibieran el mismo castigo. Se acabarían pues las torturas de lujo de los pudientes y todos se someterían al justo yugo que les correspondería. Después de todo, dijo poniendo su garra en el pecho y con voz solemne, un pecador es un pecador, tanto aquí como en la Conchinchina.

– La solución es sencilla, usted mismo la ha visualizado ya. En las puertas del Cielo hay una plaza bastante grande. Coja a unos cuantos simpatizantes, creen unas pancartas bien grandes y manifiéstense. Sus derechos son los mismos. Si quiere exportar agua y luz para un campo de golf, hágalo. Si quiere castigar con el mismo látigo a un violador que a un ladronzuelo, hágalo. Si quiere revocar la Ley del Espíritu Santo, hágalo. Después de todo, allí arriba son 4 gatos y usted tiene todo un ejército de almas en pena dispuestas a dejarse el culo por usted. Unifique ambos estados. Vaya a las urnas y exija un referéndum unionista. Le garantizo que entonces, y solo entonces, tendrá ese ansiado swing que le permitirá bajar su hándicap a 3.

Al Diablo le entusiasmó la idea y me estrechó la mano con gratitud. No me ofreció nada a cambio, ya que si no tendría que quedarse con mi alma, pero me prometió que cuando llegase el momento me ofrecería un buen puesto en el Congreso. Ministro, dijo, o algo mejor. ¿Tal vez subdelegado de defensa? Ya lo pensaría, que se estaba yendo por las ramas. Se despidió de mí con una reverencia y abrió una grieta volcánica en el suelo de mi habitación, por la que se metió con un movimiento serpenteante.

–¡Me cago en la puta, ¿otra vez?! – exclamé levantándome de la cama y pisoteando el suelo como un loco para cerrar la sima, perdiendo en el proceso las zapatillas debido a los esputos de lava hirviente que salían de ahí.

Me dirigí hacia la despensa a por la escoba y el recogedor farfullando insultos y maldiciendo. Las conversaciones con el Diablo siempre me dejaban mal sabor de boca y un tufillo a azufre que daba asco. Sin contar toda la mierda que quedaba desperdigada por mi cuarto.

– Lo peor de todo – murmuré para mí – es que si algo he aprendido de las diferencias políticas entre el Cielo y el Infierno es que por mucho que sus dirigentes intenten manejar el cotarro nunca van a estar todos contentos. Después de todo, ya seas un ángel asexuado o un pecador chamuscado, tu destino depende de lo que esos dos egocéntricos decidan.

Una vez limpiado el estropicio, me tumbé de nuevo en mi cama y abrí el cómic. A Mortadelo le acababan de chamuscar con un lanzallamas. A la siguiente viñeta, estaba como una rosa. Solté una risotada y pasé la página. Daba gusto tener por fin algo irreal con lo que distraerse.

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