ESDT: Obertura.

Epílogo

 

¿Habéis oído alguna vez hablar del fantasma de Urgel?

Supongo que no. Es una leyenda urbana muy poco conocida, pero que una vez la escuchas o la lees, se queda clavada en tu memoria para siempre. Al menos eso dicen.

Yo la escuché por primera vez hace muchos años. Me encontraba inmerso en una espiral de drogas, mala vida y autodestrucción. Intentaba hundirme en la miseria más absoluta, regodeándome en mis penas y en mis malas decisiones. Había tomado un camino sombrío, un camino de no retorno con cientos de bifurcaciones que desembocaban en el mismo final… la muerte prematura. Fue durante aquella época cuando conocí a Mara, un ángel caído del cielo que me recordó que no todo el que deambula está perdido y que fuese lo que fuese lo que me afligía siempre podía ir a mejor.

Ella me contó la historia del fantasma de Urgel y al verme reflejada en ella, salí de ese pozo de inmundicia en el que me había metido y renací. Me hice más fuerte que nunca. Ni la presencia cercana de la parca consiguió detenerme.

Es curioso que recuerde esto ahora. Han pasado muchos años de aquello y nunca le he dedicado más tiempo del que se merece. Pero Mara, como siempre, ha husmeado en mis cosas y ha decidido que mi historia es algo que merece la pena contarse. Dice que si no lo hago yo lo acabará haciendo ella y eso me entristecería mucho. Tiene una prosa deplorable y un sentido del gusto aún peor. Es una de las razones por las que nos complementamos tan bien, supongo. Ella pone la inteligencia y yo la habilidad. A decir verdad, ella pone muchas cosas más, pero sabe que este prólogo, esta obertura, es lo único en lo que le voy a dejar meter mano esta vez y por mucho que me insista, no verá el final del trabajo antes que nadie.

Quiero que quede claro que no soy escritor. En mi juventud me entretenía escribiendo historias en las que borrachos y yonkis encontraban la redención. Realismo barato y simplón que ni los editores más optimistas habrían tomado en consideración. Pero esta es mi historia, y si tengo que plasmarla en papel, me veo obligado a definirme como un autor. Mediocre, si, pero un autor al fin y al cabo.
Es la primera vez que hablo de mi historia y aunque siempre la he ocultado, muchos la conocen sin saberlo. Enemigos con el corazón de piedra y fuego en la mirada. Amigos y familiares ilusionados y esperanzados. Desconocidos sin rostro y que lo han visto todo desde bastidores, inmóviles, buscando el momento exacto para hacerse notar y dar esa palmada en la mesa que nos haga fijarnos en ellos y dibujar, por primera vez, un esbozo de su alma en la nuestra.
El Sendero de Ceniza, así titulado, fue mi primer y último camino de no retorno. Cuando me di cuenta de que estaba en él, me resistí a cruzarlo muchas veces, pero pronto comprendí que no había salida posible. Su fuerza me arrastró hasta el final. Y por esa razón me encuentro ahora escribiendo estas palabras. No se que habrá sido de aquél antiguo yo que dejé atrás… pero quiero pensar que, en otro universo, en otra vida, él logró distanciarse del destino que le había sido fijado. Quiero pensar que todo lo que hacemos tiene un significado y que podemos, en mayor o menor medida, elegir que hacer con las decisiones que hemos tomado.

Necesito creer en ese silencio que queda cuando el tiempo, duro e indestructible, se agota de manera definitiva.

Dicen que todas las historias tienen un principio, una situación ideal desde la que se puede partir para comenzar la narración. Puede comenzar con un cruce de miradas, con una sonrisa robada, con un silencio doliente ante el ataud de un conocido… cualquier tipo de inicio es bueno mientras se tenga clara la razón por la que escribirla o contarla.

En mi caso, yo no puedo estar tan seguro. Supongo que podría empezar cuando la muerte de mis padres nos dejó a mi hermano y a mí huérfanos y solos en una España que estaba en pleno apogeo cultural y económico.
Podría empezar, tal vez, cuando finalmente a los 18 años de edad, tras muchas penurias y malas relaciones con mis tíos, decidí largarme de esa casa para no volver jamás, rumbo a un Madrid que se me antojaba frío, oscuro y gigantesco.

Pero me estaría equivocando. Mi infancia y mi adolescencia fueron un infierno para mí y para los que me rodeaban. No son el contrapunto que estoy buscando, así que lo mejor será que empiece por el preciso instante en el que fui consciente de que me estaba muriendo y por aquella mañana de otoño de 1998, donde todo cambió para mí.

 

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Interludio: El silencio del tiempo.

SDT

Hace ya un tiempo que no subo relatos al blog con continuidad, y no ha sido fácil ofrecerme a mí mismo una excusa convincente. Digamos que una serie de acontecimientos de fuerza mayor me han quitado las ganas de publicar lo que ya tenía planeado y me he visto obligado a borrar gran parte de lo que ya tenía escrito.

Eso no quita que no vaya a comenzar con una nueva tanda de relatos un tanto distintos a lo que estoy acostumbrado a escribir. Digamos que es más bien una novela corta publicada por fascículos.

Se titula “El silencio del tiempo” y lleva escrita ya muchos años. No me atrevía a sacarla del cajón por miedo a releer a aquél Kike de hace tiempo y reírme de su falta de talento, madurez, práctica o visión.

Pero esta mierda es buena. Es MUY buena. Al menos en mi opinión, y eso que suelo ser extremadamente crítico con todo lo que hago. He modificado bastantes partes que no consideraba correctas, he trabajado en el argumento base y le he dado lustre. Esta novela corta, que tantos quebraderos de cabeza me ha dado, es mi primera obra completa. La primera obra que muestro al público.

Espero que os guste. Espero que os motive. Y por encima de todo, espero que sepáis apreciarla como se merece, tanto en lo bueno como en lo malo.

Permitidme transportaros pues al Madrid de finales del siglo XX. A una época que recuerdo con polvo, herrumbe y soledad. Los vientos que llegaban de los cuatro puntos cardinales confluían en aquella casa oscura y ruinosa, y los pulmones de nuestro protagonista, hasta ahora marchitos, comenzaban a funcionar de nuevo…

Os presento a Víctor. Disfrutad.

Al nicho.

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Lo que más me molestó sin duda de haber muerto un martes fue que aquella noche había partido del Madrid. Era muy frustrante para uno verse ahí tirado en el suelo, apestando a tabaco y a sudor, sin poder mover la cabeza, las manos, los pies, con la tele apagada, esperando tal vez que alguien entrase por la puerta y recogiese mi cadáver para llevarlo a incinerar o algo así.

Pero claro, vivía solo. Y estaba en el paro. Quien me iba a echar en falta en esta era digital, donde si no respondes los Whatsapp es porque o te has echado novia o porque estás jugando una partida de Fortnite acompañado de patatas de bolsa y Redbull de Mercadona.

Estuve ahí más de 3 días hasta que a mi colega Franchu se le ocurrió pensar que tal vez “me habría pasado algo”. Será gilipollas. Y encima tras conseguir echar la puerta de mi piso abajo el estruendo atrajo a todos esos vecinos cotillas que tanto me habían dado por saco durante todo este año. Que si la música estaba muy alta, que si las mujeres que me traía a casa fingían los orgasmos demasiado alto, que si les había vomitado en el felpudo, que si había secuestrado a su perro para hacerlo pasar por el mío con la excusa de echar un polvo…

Vamos, que cuando vieron mi cadáver en el suelo alguien sacó una botella de champán y los vecinos empezaron a vitorear y a bailar. Incluso alguno, seguramente el rencoroso de Jose Luís, se sacó la chorra y me meó encima. Que grosería, que falta de educación.

Franchu, que aunque sea lerdo es un buen colega, sacó el bate de las represalias y la vara de la persuasión de mi armario privado y se lió a cates con el vecindario, que salieron en estampida de mi casa y se bajaron al bar de la esquina a continuar con la fiesta. Cojones, aquello parecía una final de Champions. Coches pitando al pasar, bengalas, petardos, bubucelas… hasta orgías desenfrenadas. Podía olerlo.

Franchu abrió una cerveza y miró mi cuerpo en descomposición.

– Joder Donald, en menudo lío te has metido. Y ahora como le cuento yo esto a tus padres.

Me levantó con esfuerzo y me puso en el sofá, a su lado.

– Venga, vamos a ver el partido del otro día. No veas lo que te perdiste chico, que despliegue, que maravilla.

Mis padres tampoco es que se lo tomasen tan mal, la verdad. Lloraron un poco al principio, pero al ver que eran los titulares de mi seguro de vida y los herederos de todas mis posesiones terrenales se les pasó. Un hombre joven y sano, y parcialmente multimillonario gracias a los Bitcoins… pues oye, se lo iban a pasar de puta madre. A mi costa. CON MIS BITCOINS.

Tendría que haberlos enterrado en mi isla privada del Caribe, junto con el cadáver de Aviici. Un consejo gratis, amigos: no mezcléis tabletas de Milka con popper.

Tras unas horas me llevaron a la morgue y me dejaron en pelotas ante el bisturí y las manos expertas de una preciosa muchachita de ojos verdes y claro… entre el frío, las atenciones y la falta de riego sanguíneo se me puso el fiambre como el zapato de un payaso. La chiquilla empezó a pegar berridos e hizo que media España se enterase de que yo era el único ser del planeta clínicamente muerto que era capaz de tener erecciones espontáneas. Pusieron a un forzudo enfermero a hacer flexiones delante mía y bueno… uno no es de piedra.

Total, que si formol, conservantes, colorantes, saborizantes, cloro, yodo, magnesio, manganeso, litio, éxtasis, MDMA, patatas Risi. Un batiburrillo de drogas, compuestos químicos y bollería industrial hicieron de mi cuerpo una especie de baluarte. A los 8 días de haber muerto por fin era capaz de reaccionar a estímulos primarios, como la luz y las patadas en los testículos. Al mes, ya era capaz de hablar y de respirar, aunque solo por la boca y un agujero que me había salido en el sobaco. Por lo visto ya no iba a ser capaz de regenerar mis tejidos básicos.

Al año ya era un ser humano normal y corriente. Podía ir a correr, al cine, tenía citas y me funcionaba todo a la perfección. La única diferencia es que era un cadáver. En la revista Time me habían hecho un reportaje cuyo título rezaba: “El muerto inmortal”. Queda cojonudo, ¿no os parece?.

Ahora mis accionistas e inversores se empeñan en que tengo que crearme una marca, un “branding”. Yo creo que con escribir este artículo para mis fans tengo más que suficiente. Además, hace un par de días me compré 4 equipos de la Premier inglesa y estoy jugando a ser Dios con la clonación humana en mi isla del Caribe. Por lo pronto ya tengo 4 Aviicis nuevos tocando la canción de Evanescence en bucle. Y un Elvis. Y a Margaret Thatcher como esclava sexual.

Quien sabe, puede que en un par de días me de por iniciar una guerra.

Estad atentos.

Estoy bien pero mal.

Bien pero mal

 

Hola.

Hoy estoy mal, pero bien.

No por los gases, ni por la lotería.

No ha sido por la sangre en las encías ni por mi almorrana curada.

Un poco por el tiempo lluvioso y el atasco en el centro.

Pero no por tu llamada y tu silencio.

Mucho por la derrota de mi equipo y la victoria de mi otro equipo.

Pero nada por mi padre y mucho por mi madre.

Lo compensa mi hermana, pero no mi hermano.

Si por el curro y la monotonía.

Si por el frío y las facturas.

Si por el cigarro tras el café y lo que viene tras la combinación de ambos.

Y aunque parezca mentira, poco por España y por Espiña.

 

Hoy ha sido un día raro, como todos los días, pero al menos tengo claro que estando mal y bien me declaro culpable de anarquía interna y de provocar disturbios en mi cerebro. Que me juzguen las neuronas y me enchironen unos días para que se me quite la puta tontería. Pero por Buda, que siga lloviendo un poco que tengo las palmas de las manos secas y eso para las pajas es una mierda.

Y que otra cosa va a hacer un hombre encarcelado.

A la puta calle.

A la puta calle

 

Aviso de deshaucio.

“A la putísima calle” rezaba el cartel escrito con letra prepúber que colgaba de la puerta de mi ya antigua casa. Un sinfin de objetos desperdigados poblaban el recibidor de la escalera donde la Sra. López solía mirar con lascivia por la mirilla. No a mí, al vecino del B, un culturista negro fílosofo homosexual llamado Mike. Digo todo esto no por etiquetarle, sino por remarcar sus rasgos. Me gusta remarcar los rasgos de las personas. Es muy divertido.

Me quedé unos momentos pasmado. Mi intención era dejar las bolsas de la compra en la cocina y sentarme a fumar un canuto mientras veía Los Simpson. Un cambio muy molesto en mi rutina, para variar.

Recogí las cosas del recibidor y las fuí bajando a mi Seat Córdoba del 85. El proceso era muy frustrante, pues mi coche tenía cierto rodaje y las puertas traseras no llegaban a cerrar del todo. Los gitanos del barrio se pusieron las botas. Esperaban agazapados tras un contenedor amarillo y según iba dejando las cosas en mi coche, ellos las recogían y se las llevaban al mercadillo. Juraría que el otro día compré unos calzoncillos con mis iniciales grabadas en la etiqueta.

Total, que al final del proceso, sólo me quedaron un bate de baseball, unos CD’s de Radio Futura y ropa variada. También descubrí con deleite que los pachachos me habían dejado los tuppers y un refresco de cola light, que ingerí con voracidad. Solo se me ocurría un lugar al que ir, así que metí primera y me dirigí hacia el bar de mi colega Pep.

Tras la primera caña empecé a sentir el mono y me puse a liar un porrete justo al lado de dos guardias civiles de paisano que tomaban el brandy y discutían de fútbol. Uno de ellos era mi tío Jose Antonio, que me dio dos collejas y me quito la maría, advirtiéndome de que como volviese a verme dándole al asunto me iba a arrancar la picha con unas tenazas al rojo vivo. Cuando salieron por la puerta me desenganché otra onza que llevaba escondida en las rastas y fumé con calma, sintiendo un efecto relajante en mi organismo que provocó que me tirase un par de cuescos.

-Pues aquí no te puedes quedar Víctor – me dijo Pep cuando volví de cagar – La última vez mi padre casi me mata por el estropicio que dejasteis tu chavala y tú.

Por lo visto, Irina y yo íbamos tan colocados aquél día que se nos olvidó apagar el microondas. El estallido casi me hace perder una oreja. Las palomitas ennegrecidas volaban por los aires y media cocina ardía en llamas.

-Tío, casi se me incendia el pelo aquél día – respondí – Intenté llamar a los bomberos, pero por lo visto el Telepi tiene una terminación muy parecida.

-Ya, ya, ya me has contado mil veces esa mierda. Escucha, ve para casa de Irina. Fijo que ella te acoge unos días. A su novio no le importará.

-A él no creo, pero a Irina… Es que si me presento ahí lo mismo empieza a lanzarme cosas, como la última vez. La cerámica hace daño macho, me estuvo sangrando la ceja unos cuantos días.

Al final acabé haciéndole caso. Total, no me importaba acercarme un momento a ver que tal iban las cosas por casa de mi ex-novia. Además, Jesús era un buen colega, un tío legal. Me abrió la puerta encantado con mi visita. Me dijo que por supuesto que podía quedarme unos días, que aquella era su casa y que allí mandaba él. No lo dijo muy alto, porque la vecina era una cotilla y si le escuchaba diciendo alguna cosa mala sobre Irina luego la otra le iría con el cuento y se la iba a cargar.

Nos echamos unas plays regadas con una cerveza fría. Me gustaba aquella casa, había vivido allí unos cuantos años de mi vida y aún la sentía mía. Que cojones, ERA mía. Una herencia por parte de un tío abuelo que por lo visto me adoraba, aunque mis ojos no tenían recuerdos de haberle visto jamás. Estaba decorada con un exquisito gusto femenino. Noté que mi ex no estaba en casa, por lo que Jesús me permitió encenderme una L especialmente cargada. Incluso fumó el también, con regocijo, como saboreando la libertad con caladas profundas y sabrosas.

-¿No está la jefa o qué colega? – Le pregunté conociendo la respuesta de antemano. La hierba siempre me hace ser preguntón.

-Se ha ido a nosequé de pilates, que su monitora tenía que darle clases particulares porque falla con la respiración al hacer algunos movimientos.

Me empecé a descojonar de risa, en parte por la hierba, en parte por la ironía del asunto.

-¿De que te ríes? – preguntó con recelo.

-Nada, una tontería, ¿recuerdas cuando empezasteis a follar y tal? Resulta que a mí me solía decir que se iba a clases particulares de zumba con su monitora. Y resultó que su “monitora” eras tú, y que la zumba era que te la estabas zumbando. Nada, los viejos tiempos, que siempre me hacen sonreir…

Jesús empezó a ponerse rojo como un tomate. No. Se estaba poniendo del color de la sangre arterial. Tartamudeó un poco y se puso en pie como mareado.

-Jetsu, niño, te está sentando mal la hierba – le dije al ver su cara desencajada – fuma más para regular el PH, que como te de un jari ahora voy a tener que llevarte a cuestas a la cama y pesas un huevo – le ofrecí el porro.

Le dio una calada intensa, dura.

-Estás de coña, ¿verdad Víctor? Dime que no me la está pegando con otro. Dime que mi mujer no me está siendo infiel.

-¿Y yo que se compi? Además, que lenguaje es ese… “tú mujer”. Que posesivo eres tío. Relájate… ¿No dices que está en clase de pilates? – no entendía a que venía su nerviosismo tan repentino.

Jesús empezó a farfullar incoherencias y a andar de un lado a otro por el salón. Aproveché ese momento para enganchar el mando de la tele y ponerme un capítulo de los Simpson en la Fox. De puta madre, el de cuando Homer entra en una secta. Capitulazo.

Oí de fondo el ruido de las llaves y Jetsu fue como una exhalación hacia la entrada. La estampa era la siguiente: ellos se gritaban cosas, él le llamaba a ella “puta” y ella a él “impotente de mierda”.

-Bajad el volúmen, por favor, que no oigo la tele – les pedí amablemente cuando pasaron por delante mío.

Irina pareció reparar en mí por primera vez. Abrió los ojos de manera monstruosa, como si no se creyese lo que estaba viendo.

-¿¡Y ESTE PEDAZO DE ANORMAL QUE COJONES ESTÁ HACIENDO EN MI CASA!?

-¡Ah, que ahora es TÚ casa, no NUESTRA casa! – espetó Jetsu remarcando las palabras.

Mi mirada iba de un lado a otro mientras se gritaban y se insultaban. Al rato me aburrí y giré el cuello para poder ver bien la tele de nuevo. Jeje, Homer acababa de vender su alma por un dónut. Genial.

Aun así, al cabo de un rato me dí cuenta de que el ambiente negativo que se estaba creando a mi alrededor me estaba cortando el buen rollo y decidí salir de ahí.

-Chicos, creo que me voy al bar de Pep, aquí hay demasiada turbación y como me salga de la pompa lo mismo me pongo a buscar curro. Y Buda no quiere que eso pase, me estresan los procesos de selección.

Me ignoraron por completo, así que recogí mis cosas y salí por la puerta. Lo último que ví fue como la rodilla de Irina impactaba en los testículos de Jetsu, que lloriqueaba en el suelo llamando a su madre. Pobrecico, eso debía de doler bastante.

Al verme llegar, Pep me puso otra cerveza. Con la tontería me estaba agarrando una moña importante.

-Pero a ver, ¿por qué el viejo Santos te ha dejado de patitas en la calle? Si ese hombre es más bueno que el pan, precisamente te lo recomendé porque es casi imposible enfadarle. Solo con que le pagases la cuota mensual te dejaba hacer lo que quisieses en el piso. – me preguntó mi amigo.

Era un enigma, la verdad. No sabía exactamente cual era su problema conmigo.

-Bueno, creo que le molestó que cultivase mis plantas en su garaje. Un vecino llamó a la policía y cuando subieron a mi casa y me preguntaron que de quien era esa propiedad, yo le dije que era de él, así que se pasó un par de meses en el calabozo. Ahora está con la condicional por tráfico de drogas. Salió en el periódico y todo.

Pepe negaba con la cabeza mientras le pasaba el trapo a la barra.

-Ya, pero no creo que fuera suficiente. Haz memoria.

-Ah, también recuerdo que me acosté con su sobrina. Y con su nieta. Y si mi memoria no me falla, creo que fue la misma noche. Con las dos a la vez. Tenía la cámara web encendida porque había estado jugando al World Of Warcraft con los colegas. Lo grabaron y fue tendencia en Xvideos durante un par de semanas. Yo siempre pienso que no hay publicidad mala, pero el señor Santos no opinaba lo mismo. Y Fiona me decía siempre que quería ser una estrella del pop. Ahora creo que no dejan de llamarla para audiciones.

-Sí, me acuerdo de eso. No me cuadra que el viejo Santos perdiese los nervios por aquello tampoco. Su mujer era una hippy neoliberal y aceptaba el poliamor y las orgías públicas ¿Tal vez algo relacionado con su gata?

-Pues ahora que lo dices… – Pep palideció – Creo que hice que a su gata se le fuera la chapa. Un malentendido sin importancia. Me la encontré por la escalera y pensé que el bicho tendría hambre. Había preparado unos brownies riquísimos, de esos que tanto os gustan. La veía alterada y a mí siempre me dicen que relajan un montón, así que dos pájaros de un tiro, ¿no? El problema es que empezó a tambalearse y a mordisquear mi alfombra, como si estuviera ida. Me hizo bastante gracia al principio, pero tras un par de horas empecé a cansarme de mirarla y la subí con su dueño. Si es cierto que se enfadó, pero ya sabes que a mí esas cosas me la suelen sudar bastante y le recomendé darle unas friegas de ácido para levantarle el ánimo.

-Ya, si ya te conozco Víctor. Todos te conocemos. Y sinceramente, creo que ya va siendo hora de que dejes esa mierda. Te está comiendo el tarro por completo – Pep me dejó pensando en esas palabras y se fue a atender a sus clientes con un mosqueo tremendo.

¿Que culpa tenía yo de tener ataraxia? Me levanté y me fuí sin pagar, dándole vueltas al asunto. ¿Donde podía dormir esa noche?

Llamé a casa de mis padres de madrugada. Mi madre, una mujer de armas tomar y muy mala uva, me golpeó con la sartén en la cabeza. Mi padre tuvo que calmarla y tras unos minutos todos estábamos sentados en la mesa comiendo huevos fritos.

-¿Entonces te quedas Víctor? – me preguntó mi hermano Javier, recien licenciado en astronomía. Se que esto no tiene nada que ver con la historia, pero me gusta decirle a todo el mundo que tengo un hermano astrónomo. Queda guay. Y la palabra es muy jugosa. A-S-T-R-O-N-O-M-O.

-Eso creo. Al menos hasta que encuentre otro nicho en el que tumbarme a la bartola. Ya sabeis que me gusta tomarme las cosas con calma.

-Cariño, ya sabes que esta casa siempre está abierta para tí – dijo mi madre muy bajito – pero tal vez deberías replantearte lo de tu nomadismo sedentario. Aunque solo fuera durante unos días. ¿Sigue la oferta en pie Manolo? – le preguntó a mi padre – ¿Sería posible hacer un apaño en el hospital?

-Nuestro neurocirujano es un soplapollas de manual y un necio petulante – a mi padre le encantaba intercalar vulgaridades con palabros cultos – si todavía crees que puedes extraer un tumor cerebral sin que se te caiga el puto escarpelo al suelo, el trabajo es tuyo querido vástago.

Me acosté aquella noche pensando en el día de locos que había pasado. Sin duda, la hierba me había venido bien para olvidar la muerte de mi mujer. Pero ya era hora de pasar página.

Me desperté al día siguiente y meé con entusiasmo en la ducha. Luego, tras varios minutos de reflexión, me encendí mi último canuto y arrojé el sobrande de marihuana por el retrete. Se atascó. La mierda nos llegaba hasta los tobillos y tuvo que venir el fontanero, pero mis padres estaban orgullosos de mí. Mi madre hasta lloró un poquito.

Me miré al espejo y cogí la maquinilla de afeitar. Era hora de empezar una nueva vida.

 

 

 

 

 

Conexión neuronal intravenosa.

Neuronas

 

¡Que dislate!

Un hombre y una mujer frente a frente, feos como ellos solos, se dan la brasa el uno al otro sintiendo que sus palabras son más importantes que la de nuestro señor Buda.

¡Que prodigio!

Ella erre que erre con el sistema educativo. Que si patatín, que si patatán. Que le gusta lo que se hace pero. Que los niños son bien pero. Que la Cospe tiene un meneo pero. Una y otra vez, sin parar. Que pesada, copón del cielo. Y más tonta que un bocao en la polla. En Ávila, de donde viene, le darían el nóbel, pero en Madrid no es más que una paleta desganada y desdentada con ínfulas de purista medioambiental. Y encima ha abrazado el veganismo, tócate los huevos Jose María.

¡Que calamidad!

Él erre que erre con la inmigración. Cuñadismo del barato y olor a Barón Dandy en  sobacos peludos y fofos. Que él no es racista pero. Que Errejón no le da asco pero. Una y otra vez, sin parar. Que pesado, la virgen santísima. Y más tonto que cagar tumbado. Y mira que el tipejo se sacó una carrera, pero claro, de letras. Y encima viviendo de la beneficencia por noseque leches de un accidente falseado. Todo el día de vermús y de banderillas. Y el niki con la banderita, como no.

¡Que despiste!

Se ponen de acuerdo para insultar a la sociedad de hoy en día. Es como si dos globos entrasen en fricción produciendo un sonido chirriante. ¿Que hay que faltarle al hummus? Pues se le falta al hummus. ¿Que hay que faltarle al PP? Pues al PP. ¿Ahora toca Cataluña? Uf, pues ahí los daños colaterales llegan a Euskadi, Galicia, Murcia y al peñón de perejil. ¿Una de bravas, Manolo? ¡Marchando jefe!

¡Que gozo!

Juntan sus lenguas en un apasionado beso. Los comensales que les rodean vomitan al unísono. Homosexuales a la hoguera, berrea. Transexuales al paredón, rebuzna. Lesbianas a la cocina y El Fary en el cassete del buga del asqueroso orangután que saca el brazo por la ventanilla mientras el torito guapo retumba por la calle Alcalá. Ella moja las enaguas. Menudo polvazo le espera. Sin goma, claro. Que si no Buda baja y le pega con el palo de las represalias.

¡Que agonía!

Su desnudez es como pintar La rendición de Breda pero al revés y con severo retraso mental. Con Franco se vivía mejor, visto lo visto. Ella se queda en camisón y el en mangas de camisa. Al jaleo. 3 embestidas, una faria y si te he visto no me acuerdo. Bombo al canto y bastardo al mundo. Si es que no se puede ser más cafre. Eso sí, el chaval sale peludo como el padre y… peludo, como la madre. Eso sí, socialista. Que disgusto. Hostias como panes con el cinturón y al cuarto de los ratones, que de Zipi y Zape salieron las mejores guías educativas.

¡Que potencia!

Pues el chiquillo acaba dirigiendo el país y todo. Que lección de humildad más severa. Con los valores del padre y los valores de la madre, nos ha jodío mayo con las flores. Se pincha droga porro en el brazo y llama a Teleputas cada semana. Albert Pla es su referente cultural. Tiene todo tipo de fobias contra los judíos, moros, blancos, negros, azules y extremeños. Y una tranca de 28 cm. maomeno. A más de una ha dejado paralítica. Lee a Miguel Serrano y sueña con videoclips de afrotrap.

¡Que pena, que necesidad habrá de seguir con esta farsa! ¡Todos sabéis que ese chiquillo soy yo!

Baldío y herrumbe.

Baldío

 

Jeringas de yonkis adornan el suelo del gran baldío del sur de mi barrio.

Frontera con una antigua zona de violadores, degenerados y delincuentes, se alza una catedral de podedumbre y flores marchitas a las cuales ya nadie quiere acercarse.

Hormigón desmembrado, líquen corrupto y musgo putrefacto, aderezados con barras de hierro y vigas antiguas, oxidadas, naranjas. Supuran veneno y toxinas que esparcen por el viento y agreden los pulmones y sentidos de todo aquél que se acerque. Mutan y revierten la naturaleza haciendo que se deshaga en briznas de ceniza y mugre, pintando las paredes de los pequeños adosados otrora habitados por familias y ahora tapiados con tablones de madera gastada.

Un lince agoniza sobre la charca pestilente del arroyo. Su piel, cálida y suave al nacer, ahora es áspera y enfermiza. Ronchas de sangre coagulada, conjuntivitis y legañas purulentas adornan su antaño hermoso rostro. Pobre animal. Una pesadilla alada, un ser sacado de los rincones más oscuros de la mente de Lovecraft acaba con su sufrimiento acuchillando su cuello y trincando con las garras su cadáver. No brota la sangre, solidificada por la peste.

Un chaval juega al pilla-pilla con su hermana. Todo es inocencia en sus miradas. Un soplo de aire fresco en el yermo desolado. La niña cae y se clava un cristal. Dos días después estará muerta.

Y yo lo observo todo desde mi atalaya, guardando silencio.

Purgaré mis pecados en soledad, pero nunca cruzaré esa frontera.